PREDICAS PARA JOVENES

Aprendiendo a conocer a Dios Cada dia mas

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El amor en la iglesia

Publicado por fielcristiano en julio 8, 2009

El amor en la iglesia

Introducción

Se cuenta de una iglesia en Inglaterra, que tenía la misma costumbre que nosotros de no pasar la ofrenda durante el culto, sino colocar una cajita donde el que quisiera pudiera acercarse discretamente a depositar su donativo. En esa iglesia, en vez de tener un buzón de sugerencias, como tenemos nosotros detrás de esa puerta, olvidado por todo el mundo, lo que hacían era aprovechar la caja de las ofrendas para que los que quisieran pudiesen depositar también allí sus sugerencias. Un domingo, el pastor encontró en la caja una sugerencia para un sermón, de uno de los hermanos que estaba preocupado acerca de cómo sería la vida en el cielo. Siguió su consejo y como resultado el domingo siguiente el sermón se titulaba: “El reconocimiento de los amigos en el cielo”.

Pues bien, al siguiente domingo de nuevo encontró una nota en la caja de las ofrendas, aunque esta vez de otra persona, la nota decía: “Distinguido señor: le agradecería mucho si tuviera la bondad de predicar a su congregación sobre el tema “El reconocimiento de los amigos en la tierra”, puesto que hace seis meses que asisto al culto en esta iglesia y nadie me ha prestado atención todavía”.

Esta anécdota refleja una experiencia que, por desgracia, no es poco frecuente en muchas iglesias, y es posible nos haya ocurrido a nosotros, y no nos hayamos dado cuenta simplemente porque nadie nos ha dejado una nota en la caja de las ofrendas. Cuando esto pasa, puede ser síntoma de que está ocurriendo algo muy grave en esa congregación. Y digo “puede” porque, vaya, a la iglesia debemos venir pensando en dar y no tanto en recibir, pero si no se recibe nunca, si nunca te llega el amor de los hermanos, algo raro pasa. Por supuesto, cualquier iglesia sana, procura que las personas que llegan, sean creyentes de otras iglesias o simples visitantes, tengan una acogida afectuosa y se sientan bienvenidos en el culto del domingo. Esto es sano. Sin embargo, si nos contentásemos con esto, estaríamos contentándonos con bien poco. No es suficiente con una fachada de afecto, por caluroso y sincero que pueda resultar.

El pasaje que examinamos en esta mañana pone el listón de lo que debe ser la vida dentro de la comunidad cristiana más alto, muchísimo más alto, casi diría sobrenaturalmente alto. Y, sin embargo, lejos de desanimarnos, esto nos debería mover a prestar muchísima atención a las palabras de Jesús, entre otras cosas porque se trata nada más y nada menos que de su discurso de despedida. La enseñanza que él reservó para el momento más solemne e importante de su vida, justo antes de dirigirse a la cruz. Y tiene lógica que precisamente, en ese momento trascendental, reservara gran parte de su tiempo para hablarnos hasta en veinte ocasiones, del amor que debíamos tener los unos por los otros. Veamos que nos tiene que decir Jesús:

Análisis del pasaje

Como decíamos, se trata del gran discurso final de despedida de Jesús. Un momento de especial emoción y ternura que se ve claramente en el inicio del versículo 33:

Juan 13:33

33 Hijitos, aún estaré con vosotros un poco. Me buscaréis; pero como dije a los judíos, así os digo ahora a vosotros: A donde yo voy, vosotros no podéis ir.

Hijitos, dice Jesús. Este es el único lugar de los evangelios en que encontramos esta palabra. Jesús habla con muchísima ternura, como un padre que despidiéndose con pena de sus hijitos amados, porque sabe que le echarán de menos, ya que se dirige a un lugar al que, por ahora, no pueden acompañarle. Y esta ternura excepcional, despierta nuestra atención. ¿Qué quiere decirnos con tanto cariño?

Juan 13:34

34 Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros.

Notemos aquí algo que debe llamar nuestra atención: en primer lugar, la posición de las palabras mandamiento nuevo en la frase original es enfática, es decir, no están colocadas en el orden que sería normal en la estructura gramatical de una oración griega, que debe empezar por el verbo, sino desplazadas al principio, para que resulte evidente que se trata de algo muy importante. ¡Atención mandamiento nuevo es lo que os doy! Así que doble atención. Además, la palabra que se traduce mandamiento se utilizaba para las órdenes que daba un Rey. ¡Triple atención! No se trata de un sabio consejo o de una recomendación, sino de una auténtica orden por parte de Jesús. Es necesario pues entender bien qué desea de nosotros Jesús.

Empecemos por fijarnos en una palabra. Se nos dice que es un mandamiento nuevo. Sin embargo, sabemos que en Levítico se nos dice:

Levítico 19:18

18 No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo como a ti mismo…

¿Dónde está la novedad? Quizá podemos pensar que la novedad está en el carácter inclusivo del mandamiento de amar que nos da Cristo, ya que sabemos que se hacía una interpretación restrictiva del concepto de prójimo, para limitarlo a los judíos, y algunos incluso lo limitaban a los miembros de su grupo, como los esenios. No era una interpretación descabellada, ya que Levítico está hablando, como acabamos de leer, de los hijos de Israel. Pero Cristo había ampliado esta aplicación, y nos pide amar incluso a nuestros enemigos. ¿Puede ser esta entonces la novedad de la que nos habla Cristo?

Siendo este tipo de amor incluyente muy importante para un cristiano, si examinamos un poco más el texto veremos que Cristo no está hablando de eso. De hecho, Juan empieza el relato de este último discurso de Jesús a sus discípulos de una forma curiosa. Si prestamos un poco de atención, notaremos que Juan hace especial énfasis en el hecho de que Judas no se encontraba ya entre ellos. Para ello es bueno leer seguidos los versículos 30 y 31, sin la pausa artificial a la que nos induce el editor de la mayoría de las versiones de nuestras Biblias. Leamos pues:

Juan 13:30-31

30 Cuando él, pues, hubo tomado el bocado, luego salió; y era ya de noche. 31 Entonces, cuando hubo salido, dijo Jesús:…

Salió, hubo salido. Tal insistencia en el hecho de la ausencia de Judas, difícilmente puede ser casual. Estamos ante una clara insinuación de que el discurso que se va a desarrollar a continuación, tiene como destinatarios tan sólo a los discípulos, lo que se ve confirmado por el tenor del resto del discurso de Jesús hasta el capítulo 17. En este momento solemne el Señor está hablando de algo especial, que es el amor entre los miembros de la iglesia, pero que no es nuevo, ya que Israel tenía ese mandamiento.

¿Dónde está pues la novedad? Obviamente está en el elemento que Cristo destaca al ilustrar brevemente sus propias palabras:

Juan 13:34b

34…como yo os he amado, que también os améis unos a otros.

Es decir, lo realmente novedoso del mandamiento es el modelo que se toma para su aplicación práctica, es ese como yo os he amado. ¿Cómo nos ha amado Cristo? Normalmente tenemos una respuesta rápida a esto: hasta la muerte, con sacrificio de sí mismo. Es verdad, esto nos habla de la extensión del amor de Cristo. Y esta extensión, obviamente, contiene algo diferente a lo que había establecido el libro de Levítico. El amor que se pedía por el prójimo en el Antiguo Testamento tenía como objetivo, pero también como techo, el ser capaces de amar a los demás con la misma intensidad con la que uno se ama a sí mismo.

Pero cuando se trata aquí del mandamiento de amarnos los unos a los otros, la aspiración es muy superior, porque se trata de amar a los demás cristianos en mayor medida que a nosotros mismos, con sacrificio de nosotros mismos. Y esto es muy fuerte, es el mayor tipo de amor que se puede concebir. Jesús lo sabe, y por eso lo repite y lo deja muy claro:

Juan 15:12-13

12 Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado.13 Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos.

Ya sabemos dónde está el énfasis del mandamiento. Esta claro que para Jesús el amor que debe de existir entre los miembros de la comunidad cristiana no es un interés superficial, un sentimiento de afecto, o un amor difuso que no se muestra en nada sólido, sino que es nada más y nada menos que un voluntario sacrificio de ti mismo, de tu bienestar, de tus privilegios, con el propósito de servir y favorecer, con humildad, a los demás miembros de la iglesia, a imagen de Cristo. No es sólo un “qué majos sois, que os vaya muy bien, que Dios te bendiga”. Sino un “qué puedo hacer, cómo puedo servirte, qué necesitas, voy a buscar activamente la salud material y espiritual de mis hermanos en Cristo”. Es entregar nuestra vida.

Pero hay más, como decía, esta es quizá la respuesta rápida. Nos habla de hasta dónde debe llegar nuestra entrega, pero no lo es todo, hermanos. En Cristo vemos no sólo cuán alto está el listón, sino también la actitud con la que el propio Cristo afrontó ese desafío. Y eso es algo muy distinto, y de una importancia esencial. Lo primero nos habla del sacrificio de nuestra vida, pero lo segundo nos habla de nuestra actitud al entregarla. Y si no recuerda lo que dice Pablo:

1 Corintios 13:3

3 Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve.

Aquí tenemos una entrega que llega hasta el sacrificio de todos los bienes y aún de la propia vida, y sin embargo, falta el amor. ¿Cómo es posible? Parece incluso contradictorio con las palabras de Jesús acerca de que el mayor amor concebible es el de aquel que entrega la vida por otro. Pero esto es cierto, sin dejar de ser cierto lo que dice el Espíritu a través de Pablo. Porque en un lugar se nos habla de la extensión, y en otro de la actitud. Lo que le falta al sacrificio de 1 Corintios 13:3 es la actitud interna que refiere Pablo a continuación y que conocéis bien, y que podría describir el carácter de Cristo mientras entregaba su vida por nosotros:

1 Corintios 13:4-7

4 El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece;5 no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor;6 no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad.7 Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.

Esta actitud, unida a la extensión del sacrificio de Cristo por su iglesia, es lo que espera el Señor que ocurra entre nosotros en la congregación. Amor extremo en extensión, y extremo en actitud. Esto es impresionante. Vivir en una comunidad de amor así, sería vivir el cielo en la tierra. No sé tú, pero yo lo quiero. Es un mandamiento, vale, pero es tan fantástico, que se transforma en algo ilusionante, algo por lo que vale la pena luchar.

Lo lamento si esto es como una losa sobre ti, porque a mí esto me recuerda aquello de que sus mandamientos no son gravosos. No quiere decir que no me parezca difícil, pero es una meta tan grande, tan hermosa, que uno desea probar qué se siente al cruzarla. De hecho, es tan maravillosa que, nos dice el evangelio, que allí donde se pone en práctica, no cabe duda de que se está ante auténticos discípulos de Cristo, y yo creo que estas son las palabras que más deberíamos desear poder escuchar en esta vida: que uno es un discípulo de Cristo.

Juan 13:35

35 En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros.

Este es el sello del cristiano, en esto se hace evidente que uno está en una auténtica iglesia cristiana. La amistad amistad,  la cortesía, incluso el afecto, están bien para los miembros de un club de golf. Pero en la iglesia debe haber auténtica preocupación, servicio desinteresado, cuidado de las necesidades, sacrificio de uno mismo en beneficio del otro, y esto aderezado y servido con paciencia, con un soportarnos los unos a los otros en nuestros defectos, con humildad, con alegría sincera al ver que el hermano es bendecido, en fin, con una búsqueda del carácter de Cristo. No es coincidencia que esta enseñanza la pronunciase el Señor, justo después de que él, el rey del universo, se hubiese ceñido una toalla y hubiese lavado humildemente los pies a sus discípulos.

Así que incluso si eres rey de algún rincón del universo, de alguna galaxia lejana y por modestia no nos habías dicho nada, y más aún si eres como yo, sólo un pobre pecador rescatado del borde del infierno, pues más razón para que en la iglesia tengamos los unos con los otros esa actitud del que se despojó a sí mismo para tomar forma de siervo y venir a dar su vida por nosotros.

¡Qué increíble! Dios vino humilde a servirnos hasta la muerte, ¿y no haremos nosotros, que no somos nada, lo mismo por nuestros hermanos? Pero no lo hagáis porque os sentís en deuda con Dios, porque entonces no tendréis energías para dar este amor por los hermanos ni por diez minutos, así de malos somos. Pero mirad a los versículos 31 y 32:

Juan 13:31-32

31 Entonces, cuando hubo salido, dijo Jesús: Ahora es glorificado el Hijo del Hombre, y Dios es glorificado en él.32 Si Dios es glorificado en él, Dios también le glorificará en sí mismo, y en seguida le glorificará.

¿Cómo? O sea, ahora que uno del círculo íntimo de sus propios discípulos, que ha convivido tres años con él, está en ese momento poseído por Satanás y lo va a traicionar, y se dirige a entregarlo a las autoridades judías. Ahora que se avecina la prisión, el escarnio, la tortura, y la muerte mediante el método de ejecución reservado para los criminales más viles, la crucifixión, ¿ahora es glorificado el Hijo del hombre? Nada parece haber más lejano a una glorificación en términos humanos. La antitesis de la gloria. Pero sí, increíble pero cierto: ahora Jesús es glorificado, y no solamente Jesús, sino a través de él también Dios, que le va a glorificar con él en el cielo y encima nos dice que no tardará en hacerlo.

¿Os dais cuenta? El momento del sacrificio por amor a nosotros, el momento de la obediencia al mandamiento, es el momento de la gloria para Jesús, y es el momento en que Dios Padre es glorificado en Cristo, y es el camino que conduce a que Jesús sea recibido en triunfo y glorificado en el cielo.

¡Puedes gozarte porque este básicamente el mismo guión que tenemos que seguir nosotros! ¿El mandamiento nuevo que tenemos de parte de Cristo es difícil? Pues sí, lo es, pero es fantástico y es glorioso. Viene envuelto, rodeado, por sus promesas. Cada vez que obedecemos el mandamiento de amar, ha llegado la hora de nuestra gloria ¿Por qué? Porque estaremos dando la gloria a Dios, porque demostraremos que no hay nada mejor que hacer su voluntad, que no hay mayor tesoro para nosotros que el propio Dios, y gracias a eso algún día, en realidad también casi enseguida, recibiremos, como dice la Palabra, la corona incorruptible de gloria, la corona de vida que Dios ha prometido a los que le aman.

O sea que por esforzarnos en construir dentro de la iglesia, en esta hermandad, en esta familia, un anticipo de la vida en el reino de Dios, un anticipo del cielo, resulta que no sólo glorificamos a Dios, sino que lo disfrutamos nosotros en comunión fraternal, y además recibimos recompensa en gloria celestial. Esto es estupendo. Por algo dice el Señor que ponerse su yugo, equivale a descansar en él.

Así que nada de caras largas por tener que soportar a los hermanos pesados, y amarlos, ya sé que a veces es difícil, pero es tanto más el gozo que se nos promete, que leer estos textos me hace desear ponerme manos a la obra, y además hacerlo de forma mucho más consciente y gozosa que lo he hecho hasta ahora. Y espero que a ti te ocurra lo mismo.

Conclusión

De verdad que lo espero, lo espero de todo corazón, y en este punto no tengo más remedio, porque sino no sería fiel a la Palabra, que introducir una nota de gravedad. Espero que te entusiasme la idea de ponerte manos a la obra a intentar amar más y más como Cristo nos amó por una razón muy sencilla. Hemos leído que si haces así en esto conocerán todos que uno está ante un verdadero discípulo de Cristo. Todos, también tú mismo.

1 Juan 3:14, 20-21

14 Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos. El que no ama a su hermano, permanece en muerte.20 Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?21 Y nosotros tenemos este mandamiento de él: El que ama a Dios, ame también a su hermano.

Así que nuestro entusiasmo por ponernos manos a la obra a amar, es también un testimonio poderoso acerca de nuestra propia salvación. Y he querido calificar esto como una nota de gravedad, porque es algo serio, pero no diré que es una nota de tristeza, al contrario. Es un gozo examinar tu corazón y ver que hay un amor sobrenatural a los hermanos. Es un gozo comprobar que has pasado de muerte a vida.

Ya termino. Un teólogo de la iglesia antigua, Tertuliano, que nació hacia el año 160, escribió sobre la opinión que tenían los paganos acerca de los cristianos de su tiempo, y cuenta que decían asombrados: “Ved cómo se aman los unos a los otros,… incluso están dispuestos a morir los unos por los otros”[1]

Infelizmente, tan sólo unos doscientos años después, otro cristiano ilustre, Crisóstomo, que nació en el 347, declaraba: “incluso ahora, no hay nada que sea de tanto tropiezo para los paganos como el hecho de que no hay amor. [...] Nosotros, nosotros mismos somos la causa de que permanezcan en el error. Ellos hace tiempo que condenaron sus propias doctrinas y de igual manera admiran las nuestras, pero encuentran un obstáculo en nuestro modo de vida.[2]

Y Spurgeon, el famoso predicador del siglo XIX, comentó en una ocasión: “Me han dicho que hay cristianos que no se aman entre sí, me apenaría mucho si fuese verdad, pero más bien lo dudo, porque sospecho que aquellos que no se aman entre sí no son (verdaderos) cristianos”.

Oremos.

Versículo de despedida:

1 Juan 3:16

16 En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos.

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[1] Tertuliano. Apología. 39.

[2] Crisóstomo. Homilías sobre el evangelio de Juan. 72.5


© Iñaki Colera Bernal - Puedes utilizar este sermón para tu uso personal y reproducirlo, citando su procedencia y autor, siempre que no lo alteres ni busques ningún beneficio económico con ello. “…de gracia recibisteis, dad de gracia” Mateo 10:8b – Si el sermón te ha sido útil, me gustaría saberlo, envíame una nota a

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La familia cristiana 2

Publicado por fielcristiano en julio 8, 2009

La familia cristiana 2

Introducción

La mayoría de los cuentos de hadas, príncipes y princesas, que tanto suelen gustar a las niñas, que me lo digan a mí que he tenido que contarles cuentos a dos de ellas, terminan con las palabras: “vivieron felices y comieron perdices”. Es decir, después de los momentos de tensión en los que el héroe rescata a la princesa viene el anticlímax, la maravillosa boda en el castillo de ensueño, y ahí acaba la historia. Pero en la vida real no es así, el beso a la novia, las campanas y el arroz no marcan el final de la historia, sino el principio. El principio de una aventura por mares inexplorados y a veces tormentosos, lo que explica que tantas naves matrimoniales acaben naufragando.

Precisamente para evitarlo, la Biblia nos ofrece unas directrices, unos valores que respetar, unas estrategias. El domingo pasado estudiamos el versículo 18 del capítulo 3 de Colosenses, nos centramos en las instrucciones a la mujer. Dentro de ellas nos limitamos a profundizar en el sentido de la palabra sujeción y a responder a la pregunta de por qué esa sujeción es conveniente en el Señor. La clave, vimos, está en el revolucionario concepto de importancia, grandeza, primacía, que se declara en el Nuevo Testamento para todas las personas, sean hombres o mujeres, donde lo valorado es la humildad, el servicio, el amor desinteresado, donde, dijimos, la ética que se valora es, frente a la del ladrón: “lo tuyo es mío y lo quiero para mi beneficio” o la del escriba y el fariseo: “lo mío es mío y quiero mantenerlo en mi poder”, es la del buen samaritano: “lo mío es tuyo y lo voy a utilizar para restaurar y sanar tu vida”.

Ahora nos toca hablar de los esposos, y esta vez al hacerlo veremos con más detenimiento algunos aspectos de la epístola a los Efesios que amplían y enriquecen el pensamiento expresado en Colosenses. Veamos, para empezar, lo que le dice Pablo en Colosenses al nuevo varón resucitado con Cristo, a aquel, recordemos, que ha hecho morir la vida antigua con sus pasiones desordenadas y se ha revestido de la nueva, puesta su mirada en las cosas de arriba, si eres uno de ellos esto es para ti:

Análisis del pasaje

Colosenses 3:19

19 Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas.

¡Qué palabras tan sorprendentes! ¿Por qué digo esto? ¿No es increíble que sea necesario decirle a un marido que ame a su mujer? ¡Pero si se enamoró de esa chica y la convirtió en su esposa, pero si ha jurado voluntariamente amarla hasta que la muerte los separe! ¿No es asombroso que haya que recordarle a los maridos que no sean ásperos con sus mujeres? Pero si hasta ayer eran sus novias, aquellas por las que se desvivían y hasta llegaban a hacer un montón de tonterías (cantar bajo la lluvia bajo una ventana, enviar flores, escribir poemas, tener mil detalles de ternura) ¿Cómo es posible que haya que recordarle a un hombre que ame y no sea áspero con su mujer?

No sólo es posible, sino que Dios, que nos conoce bien, sabe que es necesario. ¡Qué humillación que Dios tenga que hablarnos en estos términos! Pero en el fondo de nuestro corazón sabemos que lo merecemos. Somos pecadores, y nuestro impulso primordial es a amarnos, sobre todo, a nosotros mismos, y no sólo eso, sino también a tratar de forma desconsiderada al físicamente más débil o al que voluntariamente o por fuerza, está sometido a nosotros. Sencillamente, es así de triste. Pero hermanos, eso forma parte del viejo hombre que está muriendo poco a poco, el Espíritu nos capacita para amar, y además para amar de una forma muy especial. Veamos el versículo con más atención, ya que el griego tiene muchas palabras para amor y la palabra que se utiliza aquí es, como muchos ya sabéis, muy especial.

Debemos amar a nuestras esposas con un amor que es ἀγάπη, esta es la gran diferencia con el mundo, por supuesto que hay muchos hombres que aman a sus esposas, faltaría más, y también que dejan de amarlas, pero el amor ἀγάπη es especial, entre otras cosas porque no tiene fin. Ágape, o el verbo correspondiente es un término que ya se utilizaba anteriormente, pero al que el Nuevo Testamento le dio un sabor característico. ¿Cómo? Utilizándolo para describir el amor de Dios por los hombres, un amor que no se basa en la excelencia del objeto de ese amor, ni siquiera en la complacencia que uno siente, sino que es un ejercicio deliberado de la voluntad que viene sin otra causa, que la propia naturaleza de la persona que ejerce ese amor. En el caso de Dios, su naturaleza santa y llena de misericordia y gracia, en el caso de sus redimidos, la nueva naturaleza que tenemos en Cristo, de la que nos hemos revestido y que apunta hacia el carácter de nuestro Señor. A nuestra nueva naturaleza debe corresponder un nuevo tipo de amor, un amor que nace precisamente de esa nueva naturaleza y no de ninguna propiedad inherente al objeto amado, un amor, pues, que es absolutamente desinteresado, y que no depende de las emociones ni de ninguna cualidad en el objeto amado, sino de la propia naturaleza de la persona que ama. Dejar de amar a nuestras esposas con este amor, sería tanto como decir que no tenemos ya más el nuevo hombre, nacido del Espíritu, a imagen del carácter de Cristo. Es por lo tanto un amor que siempre perdura.

¿Os dais cuenta del impacto enorme que habría en la sociedad humana si los hombres amasen así, siguiendo el modelo de Dios? No pueden, porque no han nacido de nuevo, pero nosotros podemos, porque tenemos el Espíritu, y a nosotros, esposos, el Señor nos demanda ese tipo de amor.

Como dije al principio, la idea de este tipo de amor se amplía en el pasaje paralelo de Efesios 5:25-33, que también vamos a leer en esta mañana. Pablo empieza estableciendo y ampliando el principio general que leímos en Colosenses:

Efesios 5:25

25 Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella,

O sea, Cristo es el modelo de nuestro amor, debemos amar como él amó, ¿y cómo amó? Fijaos, bien porque nos lo dice claramente. El amor sólo puede conocerse por las acciones que provoca, y no consiste, como hacen algunos, en repetir mucho: “te quiero, te quiero”, cuando se quiere en realidad conseguir algo de la esposa, ya me entendéis. No, el amor se ve en esto: y se entregó a si mismo por ella. En eso consistió su amor, ese es nuestro modelo. Luego Pablo, que cada vez que habla de la obra de Cristo se entusiasma, y hace un paréntesis para describirnos la maravillosa obra de Cristo por su iglesia, nos dice:

Efesios 5:26-27

26 para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra,27 a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha.

¿Qué nos quiere decir Pablo con esto? Entendemos lo que hizo Cristo, pero que tiene que ver esto con nosotros ¿Debemos lavar y planchar a nuestras esposas hasta que estén sin mancha ni arruga? Evidentemente hay aspectos del plan redentor de Cristo respecto a su iglesia que son únicos y que nosotros no podemos imitar, Cristo santifica a su iglesia, la purifica y la lava mediante la palabra de Dios y el Espíritu Santo, para presentársela a sí mismo algún día santa en la gloria. Nosotros no somos llamados a hacer esto con nuestras esposas, que sólo Dios en Cristo puede hacer con su iglesia.

¿Entonces que nos quiere aportar Pablo al contarnos estas cosas? La idea que aquí se enfatiza es que Cristo obró en beneficio de su iglesia, simplemente eso, obrar en beneficio de su esposa la iglesia, para gozarse embelleciéndola. Fijaos bien, esto es muy bonito, se nota que Cristo ama de verdad a la iglesia, porque al entregarse por ella, sabe que la está embelleciendo, mejorando, haciendo más feliz, más gozosa, en definitiva más gloriosa, y luego se la presenta a sí mismo, ve el fruto de su entrega, y se llena también él de gozo, como sólo sucede cuando se ama a alguien, te alegras con su bien.

Así debería ser con nosotros y nuestras esposas. Y esto vale para las grandes cosas de la vida, y también para las pequeñas. La acompaño a mirar tiendas, y aunque me aburro como una ostra, me gozo en verla tan feliz… esto es difícil, ¿eh? Pero en esto y muchas otras cosas consiste nuestra entrega cotidiana. En el párrafo siguiente Pablo nos animará a seguir ese camino y aprovechará para introducir otra ilustración:

Efesios 5:28-30

28 Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama.29 Porque nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida, como también Cristo a la iglesia,30 porque somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos.

Debemos amar a nuestras mujeres como a nuestro propio cuerpo, sustentándolo, cuidándolo. La primera de estas palabras: “sustentar”, se utilizaba para el cuidado de los niños. Esto me extrañó al principio, me fui a pasear el viernes bajo la lluvia para meditar, pero al pensarlo bien, al pensar como mimo a Dani, como dirijo sus pasos, le enseño, me gozo con cada detalle en el que le veo crecer, me di cuenta de que esto es una maravilla, así es Cristo con la iglesia y así deberíamos ser con nuestras esposas, alguna vez fueron “la niña de nuestros ojos” ¿verdad? Deberían seguir siéndolo siempre. La segunda palabra: “cuidar”, literalmente quiere decir calentar y mantenerlo calentito, se utilizaba para lo que hacen las aves cubriendo a los polluelos con sus plumas, y metafóricamente se utilizaba para el acto de cuidar con ternura. Qué bonito, me estoy metiendo en un lío, menos mal que Diana no está aquí, porque esto es lo quiere Dios de nosotros hacia nuestras esposas, y es lo que hace Cristo con su iglesia, que también es su cuerpo. Protegerle y sostenerle como a un hijo querido y cuidarla con ternura, como a su niña bonita. ¿No es hermoso todo esto?

Pero lo que viene a continuación es muy importante y también curioso y sorprendente. Porque, veamos, quizá podías pensar que Pablo estaba escribiendo del deber de los maridos de amar a sus esposas y de la relación matrimonial en general y de repente se le ocurrió, ¡zas, qué bonito! ¡Voy a compararlo al amor de Cristo por su iglesia! Me viene de perlas porque en ese caso también hay amor por un lado y sujeción a la cabeza por otro. Es el ejemplo perfecto. Pero nada de eso, todo esto es mucho más profundo:

Efesios 5:31-32

31 Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne.32 Grande es este misterio; mas yo digo esto respecto de Cristo y de la iglesia.

Es decir, Pablo de repente nos lleva hasta Génesis 2:24 y nos revela algo increíble, un misterio grande, Moisés que escribió el Pentateuco por inspiración divina no tuvo ni idea de esto, pero el matrimonio fue diseñado por Dios desde el principio para ser una parábola, una ilustración de la relación entre Cristo y la iglesia. Al principio, cuando Dios estaba planeando cómo habría de ser el matrimonio, lo planeó con este propósito grandioso, sería una bella ilustración terrena de la relación que algún día habría entre el Hijo de Dios y su iglesia. Esto estuvo escondido de nuestro conocimiento durante muchas generaciones, pero es el gran misterio que Pablo revela ahora, y es sorprendente.

Por eso cuando Pablo quiere enseñarles a los cristianos de Éfeso acerca del matrimonio no se pone a buscar una analogía que le ayude y de repente piensa en Cristo y la iglesia, no, es mucho más profundo, lo que Pablo ve es que cuando Dios diseñó el matrimonio original ya tenía a Cristo y a la iglesia en mente. Esto es importantísimo para nosotros, ya que uno de los grandes propósitos de Dios para el matrimonio es precisamente ilustrar temporalmente la relación que habrá entre Cristo y su pueblo redimido por toda la eternidad.

¿Os habéis dado cuenta de las consecuencias de esto? Si esto es así, la orden que da aquí Pablo de amar a los esposos y de someterse a las esposas, no es algo accidental o culturalmente determinado, sino que es parte de la esencia del matrimonio, parte del plan original de Dios para un matrimonio, perfecto, sin pecado, armonioso. El matrimonio basado en el amor sacrificado y desinteresado del esposo, y en la sumisión libre y gozosa de la esposa, hunde sus raíces en los propósitos eternos de Dios en la creación, y no es algo determinado por las modas pasajeras de la cultura[1], como lamentablemente se oye hasta entre algunas iglesias que a este paso dejarán pronto de serlo.

Pero volvamos, para terminar el análisis bíblico, al texto de Colosenses 3:19. Vemos que lo contrario de la actitud de amor que debe tener el esposo, es ser áspero con su mujer. Se trata de una palabra cuya raíz significa cortar o pinchar, y que se suele traducir también como amargo. Es decir, no seáis ásperos o amargos con ellas.

Hemos visto hasta ahora cosas muy bonitas que tenemos que hacer los esposos, que ilustran el amor de Cristo por su iglesia, por eso pensar en un marido cristiano que es áspero o amargo con su esposa, es un insulto a Dios, es desvirtuar el propósito del matrimonio. ¿Os imagináis que Cristo fuese áspero o amargo con nosotros? A veces lo temo, por mi pecado, pero siempre descubro que él es severo con el pecado, que le disgusta profundamente, pero que es tierno, y paciente y misericordioso conmigo. No me extraña que diga la Palabra que debemos tratar bien a nuestras esposas para que nuestras oraciones no tengan estorbo. ¿Cómo vamos a tener comunión con Dios ofendiéndole de esa manera, recibiendo por un lado, ternura, paciencia y amor de parte de Dios, y soltando por el otro aspereza, amargura y enojo contra nuestra esposa? Cuando tengamos la tentación de tratar a nuestras esposas desconsideradamente, paremos y pensemos, ¿las trataremos con rudeza y al mismo tiempo esperaremos ser tratados con paciencia y cuidados por parte de nuestro Señor? Yo sé que todos lo hemos hecho alguna vez, ¡Pero qué jamás vuelva a ser así!

Lo triste es que sabemos amar, hay hombres que cuidan de sus mascotas, las aman, las cuidan, hasta les hablan, tanto que llegan a ser verdaderos esclavos de ellas. Otros se apasionan por sus trabajos, o por un hobby, y se dedican a ellos día y noche, los sirven, los cuidan, los aman, llegan a esclavizarse a sus proyectos e ilusiones, pero luego no saben amar a sus esposas, esto puede ser así en quien no haya recibido el amor de Dios, pero en nosotros, ni un minuto más.

Porque nuestra relación con nuestras esposas debe hablar alto y claro de lo que Cristo ha hecho por nosotros, hablemos bien de Cristo con nuestras vidas. Que nuestra forma de tratar a nuestras esposas diga cosas hermosas acerca de Cristo, que hable bien de nuestro Dios, que muestre hasta qué punto nos ha amado, se ha sacrificado, nos soporta y nos recibe con misericordia cada día, se goza en tener comunión con nosotros, nos enriquece con su contacto, nos hace crecer… ¿Qué mejor testimonio que este? ¡Qué testimonio tan poderoso, un hombre y una mujer nuevos poniendo en práctica la ética del reino a través de una relación de sumisión y amor que ilustra la relación eterna que habrá entre Cristo y su pueblo!

No cambiéis esto por ninguna moda pasajera, por ninguna filosofía humana, ni por la tiranía machista que ve a la mujer como un objeto, que la degrada mediante la violencia y la pornografía: un mundo donde la mujer no tiene sentimientos, ni espiritualidad, ni necesidad de ternura, sino que es sólo un instrumento sin alma de placer egoísta para el hombre. Ni lo cambiéis tampoco vosotras por el feminismo, que justifica al machismo apuntándose a la misma filosofía feroz en la que sólo tiene dignidad el que tiene poder, sólo se realiza el que se sirve de los demás, sólo es valioso el que es servido, mientras que el humilde, el que sirve, el que se sacrifica por otro, no puede triunfar, no se codeará con los poderosos, ni tendrá acceso a la riqueza, ni a la influencia. Ese es el mundo cínico despiadado en que hombres y mujeres se utilizan y se usan los unos a los otros que hay a nuestro alrededor, ¿y es eso lo que queremos?

Conclusión

Termino. Si, como  decíamos el domingo pasado citando una obra teatral, el infierno es aquel lugar donde cada uno sólo se preocupa por si mismo y se interesa por sí mismo, sin prestar atención a nadie más, el reino de Dios es aquel lugar donde la felicidad propia consiste en buscar la felicidad del prójimo. En Génesis 29, se cuenta como Jacob vio a Raquel, la hija de Labán y la quiso por esposa. El padre hizo un trato con él y él aceptó trabajar durante siete años para obtenerla. Y nos dice la Escritura:

Génesis 29:20

20 Así sirvió Jacob por Raquel siete años; y le parecieron como pocos días, porque la amaba.

Si los esposos tuviéramos este tipo de amor por nuestras esposas habría un avivamiento espiritual en la iglesia tan impresionante, la diferencia entre la iglesia y el mundo en temas como el divorcio, el adulterio o la violencia de género, se haría tan llamativamente evidente, que la gente correría a averiguar acerca de nosotros y a través de nosotros acerca de Cristo y de su amor por la iglesia, y el testimonio evangelístico de esta congregación y de cualquier otra sería más eficaz que un millón de campañas y reparto de folletos.

Mirad a vuestras esposas, son bellas, son tiernas, no son perfectas, pero sólo están esperando un esposo capaz de amarlas y entregarse por ellas como Cristo lo hizo por su iglesia, para devolver multiplicado todo el amor y la atención que podáis darles. Siempre me ha maravillado la capacidad para amar que tienen las mujeres, no necesitan que Dios les diga que amen, ya lo hacen naturalmente. Nosotros somos mucho peores que Cristo, pero nuestras mujeres son mucho mejores amando que lo es la iglesia. Sólo que la iglesia no tiene dudas en reconocer a Cristo como su Señor, nuestras mujeres a nosotros sí, ¿por qué será? Yo te lo diré, porque no las hemos amado y entregado primero por ellas, como hizo Cristo con la iglesia. ¿Quieres ser el Señor de tu casa? Ya sabemos el camino, seamos como Cristo, hablemos con nuestra vida bien de nuestro Dios. Oremos.

Versículo de despedida:

Efesios 5:1-2

1 Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados.2 Y andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante.


.
[1] Husbands and Wives as Analogues of Christ and the Church. Págs. 175 y 176. George W. Knight III. Cap. 8 en Recovering Biblical Manhood and Womanhood. Editado por John Piper y Wayne Grudem. Crossway Books. Wheaton, Illinois. 1991.


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La familia cristiana 1

Publicado por fielcristiano en julio 8, 2009

La familia cristiana 1

Introducción

Algunos de los problemas más importantes que enfrenta nuestra sociedad a día de hoy, tienen que ver directamente con la dificultad que tenemos, como seres caídos, para relacionarnos con otras personas: violencia de género, acoso profesional, abusos sexuales, niños perseguidos por sus compañeros de clase y podríamos seguir poniendo ejemplos. Como decía el teólogo Francis Schaeffer[1] “la caída ha alienado al hombre no sólo de Dios, sino también de sí mismo y de las demás personas”. Es significativo que la primera reacción de Adán y Eva tras la caída, fuera exculparse a si mismos y buscar a otro para señalarle como culpable. En definitiva, somos pecadores que no sabemos vivir en comunidad, que cuando intentamos relacionarnos con los demás, más allá de las relaciones superficiales de cortesía, si nuestro contacto es suficientemente prolongado, nuestro pecado hace que choquemos, que nos enfrentemos, que nos acusemos, que sintamos celos, envidia, o ira, que nos hagamos daño y nos cueste soportarnos.

En profundo contraste con esta situación, de cuya realidad puede dar fe el contenido de cualquier telediario o página de sucesos (esposos que matan a sus esposas, hijos que huyen de su casa, padres y madres que maltratan a sus hijos) en el texto que hemos leído esta mañana, Pablo describe el nuevo comportamiento que debe caracterizar a ese nuevo hombre que ha muerto al pecado para resucitar espiritualmente y vivir en comunión con Cristo, y lo describe como algo radicalmente distinto.

La vida del hombre nuevo debe ser, lógicamente, una vida nueva caracterizada por una capacidad renovada para relacionarse con el prójimo. Una relación con el prójimo que el apóstol describe primero de forma negativa como una forma de comportarse que renuncia a la fornicación, la impureza, las pasiones desordenadas, los malos deseos, la avaricia y se despoja también de la ira, el enojo, la malicia, la blasfemia, las palabras deshonestas y la mentira. Me temo que no absolutamente, sino el apóstol no tendría necesidad de exhortar a los Colosenses a que se despojaran de estas cosas, pero sí en potencia, en capacidad de cambio, como comportamientos que pertenecen al viejo yo, que por lo tanto ya no deben representar el patrón normal de nuestra vida y que deben ir muriendo inexorable y definitivamente conforme el cristiano madura y crece en santidad de vida.

En cambio, en forma positiva, la vida del nuevo hombre debe estar caracterizada por una entrañable misericordia, por la benignidad, la humildad, la mansedumbre, la paciencia, por el soportar y perdonar al prójimo siguiendo el modelo del perdón que hemos recibido de Cristo, y sobre todo, por el amor, la paz y el agradecimiento. Por desgracia también, si este fuera el comportamiento constante de cada uno de nosotros, tampoco tendría el apóstol necesidad de exhortarnos al mismo.

Sin embargo, es verdad que esta es nuestra nueva capacidad en Cristo, esta es la nueva vida para la que hemos nacido del Espíritu y no constituye un ideal inalcanzable, sino que el Señor nos lo demanda en nuestra vida diaria, y nos lo demanda porque nos ha dado, por medio del Espíritu Santo que mora en nosotros, la capacidad de verlo realizado en nuestras vidas.

Ahora bien, en ningún lugar se hace más evidente la dificultad y el reto que supone poner en práctica los principios de la nueva vida, que ese hombre y mujer nuevos tienen en Cristo, que en el seno de la familia. La vida familiar es la gran piedra de toque. El contexto en el que se pone de relieve, a veces para vergüenza nuestra, el grado de nuestra madurez en Cristo. El lugar donde las virtudes de la misericordia, la benignidad, la humildad, la mansedumbre, la paciencia y nuestra capacidad de soportar y perdonar, se ponen a prueba diariamente. Sencillamente por eso, es muy apropiado que el Espíritu Santo, tras inspirar a Pablo el pasaje hasta el versículo 17 del capítulo 3, pase a hablar de lo que la entradilla de algunas de nuestras Biblias definen como los “deberes sociales de la nueva vida”. Deberes de las esposas, los maridos, los hijos, los padres, y también de los siervos y los amos. Es decir, las relaciones personales más importantes que se daban en el contexto de la vida del hogar en el siglo I.

Me gustaría que hoy nos centráramos en el mandamiento que dirige el apóstol al primero de estos sujetos: las esposas. Lo siento señoras, no es culpa mía, el apóstol empieza por ahí. Pero, Dios mediante, el día 15 nos centraremos en exclusiva en los deberes de los esposos, y más tarde de los padres, y siempre con nuestra mente puesta en una idea: que en ningún lugar se debe hacer más evidente nuestra nueva vida en Cristo, nuestra nueva capacidad para relacionarnos con el prójimo, que en el seno de nuestra propia familia. La práctica de la nueva vida, debe empezar en casa. El señorío de Cristo sobre nuestra vida, debe encontrar antes que en ningún sitio, expresión práctica en los quehaceres y experiencias propias de la rutina del día a día en el seno del hogar. Veamos lo que a las casadas el Señor a través de Pablo y una advertencia, a ti marido u hombre joven todavía no casado, no tienes permiso para dormir. Entender bien esto es importante también para ti. Empecemos.

Análisis del pasaje

El apóstol, como hemos dicho, empieza con una palabra dirigida a las esposas:

Colosenses 3:18

18 Casadas, estad sujetas a vuestros maridos, como conviene en el Señor.

Toma ya. Aquí tenemos una idea que hoy es, desde luego, totalmente contracultural. Y el caso es que no es una idea mencionada una única vez y de pasada, sino que es un mandamiento reiteradamente expuesto en las Escrituras, entre otros pasajes también en Efesios, donde el propio Pablo amplía su pensamiento añadiendo otras observaciones:

Efesios 5:22-24

22 Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor;23 porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador.24 Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo.

Estas son palabras que hoy en día son mal recibidas, y no ya sólo por las personas del mundo, sino también por muchos en el mundo evangélico y que objetan seriamente a este mandamiento del apóstol. ¿Por qué? Las objeciones a esta enseñanza se pueden resumir a grandes rasgos en las siguientes posturas[2]: muchos objetan que estas palabras no le fueron inspiradas a Pablo por el Espíritu Santo, sino que representan sus propios prejuicios machistas judíos sobre el tema. Los que esto dicen se transforman a si mismo en jueces de la Palabra de Dios, jueces con capacidad de decidir lo que es inspirado y lo que no, según sus propios gustos, las modas de los tiempos o prejuicios personales. Creo que no es necesario advertir, el abismo teológico al que conduce tal postura.

Otros dicen que la visión de Pablo está distorsionada porque se basaría en Génesis 2, que enseñaría la desigualdad entre los sexos, un texto interpolado que en realidad sería una glosa rabínica, mientras que el texto divinamente inspirado sería Génesis 1, que enseñaría la total igualdad de los sexos. Aparte de que no existe esta diferencia entre Génesis 1 y 2, evidentemente, esta teoría se basa en la presuposición de que el Pentateuco, y específicamente el libro de Génesis, es un conglomerado de textos de diversos autores, unos inspirados y otros no, cuya procedencia resulta que sólo los críticos liberales modernos sería capaz de establecer, un camino que, una vez más, nos lleva a quedarnos en manos de los caprichos del teólogo de turno para que nos diga si un versículo en concreto de la Escritura es inspirado o no.

Pero la crítica más frecuente es la de los que dicen que esta enseñanza de Pablo es algo puramente cultural y transitorio, y por tanto no tiene aplicación para nuestra cultura hoy. Es curioso que a ninguno de los que dicen esto se le ocurre decir que el versículo 19 es cultural y que, por tanto, los maridos no tienen obligación de amar a sus mujeres o de no ser ásperos con ellas. Desde luego, es absurdo hacer una división tan arbitraria de un texto que en origen ni siquiera estaba dividido en versículos. El quid del asunto, el problema para los que no se sienten cómodos con este texto, está en que Pablo dice que, el que las casadas estén sujetas a sus maridos es algo que conviene en el Señor. Cualquiera que haya vivido durante un tiempo en otra cultura, como yo mismo en la brasileña, y más si es muy diferente a la nuestra, sabe perfectamente que hay cosas que convienen a una cultura, y son extremamente inconvenientes en otra. En Brasil, al menos en el Ceará, todo el mundo se toca mucho, una dependiente de una tienda te cogerá del brazo para llevarte a la sección correspondiente, o se dirigirá a ti utilizando expresiones cariñosas que aquí reservamos para marido o mujer. Aquí sería extremamente inconveniente que una dependienta del Corte Inglés se dirigiera a ti como “amorcito”. ¿No es cierto? El problema es que Pablo no dice que la sumisión de la esposa a su marido sea culturalmente conveniente, sino que es conveniente, apropiada, en el Señor. Es el Señor, nuestro rey y nuestro soberano, el que determina lo que es conveniente en este aspecto o no. Y esto vale tanto en positivo como en negativo. Por ejemplo, hay algunas cosas de la vida cotidiana de nuestra sociedad que están culturalmente aceptadas, e incluso se consideran convenientes, pero cuando reflexionamos acerca de ellas en el Señor, nos damos cuenta de que no son apropiadas para un cristiano[3].

Pues bien, lo apropiado para el Señor, lo que conviene para mostrar en el contexto de la familia esta nueva vida en Cristo a la que el creyente está llamado, es que la esposa se someta en el contexto de la familia al liderazgo de su marido. Esto es así, ¿Pero qué quiere decir esto exactamente? Veamos: La palabra sujetas (ὑποτάσσεσθε), que se aplica a las casadas, es un término compuesto que viene del mundo militar, donde los soldados estaban (ὑπο) bajo (τάσσω) ordenar, es decir, bajo las ordenes de su oficial. Es el término que se utiliza en Lucas para describir a Jesús en sujeción a José y María, también el que emplea Pablo para decir que debemos someternos a los mandamientos de la ley de Dios, o el que se utiliza para indicarnos que debemos someternos en la sociedad a las autoridades y a los gobernantes establecidos por Dios.

¿Qué se deduce de esto? Sencillamente que, en el seno de la familia, la esposa, siendo igual en Cristo que su marido, teniendo la misma importancia, la misma dignidad y el mismo valor que el hombre, tiene sin embargo el mandamiento a seguir el liderazgo espiritual de su esposo. Es decir, es una sumisión funcional, como la que hay en la vida civil o en el ejército, no una inferioridad en dignidad o en valor.

¿Cómo se realiza esta sumisión funcional? Esta pregunta es importante porque es necesario destacar que hay una diferencia entre la palabra dirigida a las esposas, estad sujetas, y la dirigida a los hijos y a los siervos obedeced en todo. No es solamente que la palabra sea diferente, como luego veremos, es que, sin entrar en detalles técnicos, la voz del verbo en el caso de la palabra dirigida a las casadas, sugiere una sumisión libre, voluntaria, mientras que la forma verbal de la palabra dirigida a los hijos y a los siervos, es una imposición, un auténtico mandato. Este dato es muy importante, y los esposos harían bien en estar atentos también a lo que voy a decir, porque la esposa es llamada a un acto libre en amor. Pablo ya nos había dicho en la epístola a los Gálatas que:

Gálatas 3:28

28 Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús.

En Cristo Jesús todos somos iguales y todos somos libres, pero la libertad ejercida en el Espíritu, se manifiesta en autodisciplina y amor por el prójimo. Cuando la esposa está en plena posesión de su libertad y puede afirmar su completa igualdad con su marido, entonces puede someterse gozosamente a él, de forma voluntaria, como un acto de amor, amor por su marido, pero sobre todo amor al Señor, que es el que solicita este comportamiento humilde en la esposa. Si la igualdad o la libertad están ausentes, como sucede en el mundo del Islam, la sumisión no tiene ningún significado ni valor moral. La sumisión sin libertad, por lo tanto sin voluntariedad, se convierte en un acto forzado carente de belleza y de amor, y se transformaría en la negación del evangelio y del amor matrimonial. Esto quiere decir que las esposas tienen el mandamiento del Señor de ser sumisas a sus maridos, pero un marido imponiendo, forzando la sumisión de su esposa, es un acto que no tiene sentido, hace perder a la conducta de la esposa cualquier tipo de valor, es una negación del amor matrimonial.

Renunciar a nuestros derechos es el privilegio de la libertad y una expresión de amor. Lo que se os pide a vosotras, esposas, tiene aspectos en común con lo que Pablo hace cuando recomienda a los cristianos que limiten o se abstengan de realizar comportamientos lícitos por amor a otros cristianos cuya conciencia resultaría afectada. Cuando penséis en lo que significa la sumisión para vosotras es bueno que recordéis la voluntaria autolimitación de Cristo, que toma forma de siervo, por amor, para venir a entregarse, a humillarse, dice Filipenses, por nosotros. Si el acto de Cristo hubiera sido forzado, no tendría ninguna significación ni valor moral para nosotros. ¿Verdad? Pues igualmente, la sumisión de las esposas a sus maridos, debe ser un acto libre y voluntario, realizado en amor, con el propósito de agradar a Dios, y teniendo en vista el funcionamiento armonioso y el buen orden de la estructura familiar.

Cuando pensamos en la contraparte de este mandamiento, la dirigida a los esposos para que amen a sus mujeres, inmediatamente nos viene a la mente que Pablo en Efesios lo equipara al amor sacrificial que Cristo tiene por su iglesia. Pero si el mandamiento a los esposos tiene como modelo el comportamiento de Cristo, es importante darnos cuenta de que, aunque de forma menos explicita, lo mismo ocurre en el caso de las mujeres.

El comportamiento de Jesús enseña a las esposas lo que significa comportarse según un modelo, no de auto afirmación, sino de auto entrega. Ver a Cristo, en amor, ciñéndose para lavar los pies a sus discípulos es un modelo para el liderazgo masculino, pero no lo es menos para la libre sumisión de las esposas. Los que ven este pasaje de Colosenses con los ojos críticos de la cultura moderna, piensan que es un texto destinado a perpetuar las relaciones patriarcales de dominio y opresión, que tanta violencia y abusos han producido, pero los que leemos este pasaje con los ojos del Espíritu, comprendemos que estas palabras, como también las que se dirige al hombre a continuación, son el resultado natural de la ética del reino de Dios, una ética que Jesús expresó con estas palabras:

Mateo 20:26b-28

26 …el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor,27 y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo;28 como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.

La sumisión cristiana significa percibir las necesidades y preocupaciones de otro como más importantes que las de uno mismo, y ese es en definitiva el Espíritu que movió a Cristo a ser sumiso a la voluntad del Padre, ocuparse más de nosotros que de sí mismo.

Hay un ejemplo en la Escritura que creo que captura perfectamente el espíritu que está implícito en la sumisión de las esposas a sus maridos dentro del matrimonio cristiano y es la sumisión del buen samaritano a las necesidades ese extranjero, indefenso y medio muerto que se encuentra tirado al borde del camino[4]. Pensemos en la parábola del buen samaritano, si tuviéramos que resumir en una frase el espíritu que mueve a cada uno de los protagonistas podríamos decir algo como esto: los ladrones actuaron bajo el siguiente principio: “lo que es tuyo es mío y voy a cogerlo de ti”. El sacerdote y el levita, que pasaron de largo, actuaron bajo este principio: “lo que es mío es mío, y voy a mantenerlo en mi poder”. Pero el buen samaritano actuó según un principio muy diferente: “lo que es mío es tuyo, y voy a utilizarlo para suplir tus necesidades”.

Esto es, en definitiva, lo que significa la sumisión para la esposa cristiana, este es el misterio del reino que el mundo no entiende, porque sólo se puede entender con la capacidad que da el Espíritu: Un acto libre de amor que busca la armonía y el bienestar en el hogar, un despojarse voluntariamente para hacer lo que conviene en el Señor, lo que cumple y satisface la voluntad de Dios, porque es amor sacrificial. Un testimonio al marido, a los hijos y a la sociedad, de que es posible encontrar la realización plena de la personalidad, no en la búsqueda egoísta del interés propio, sino en el servicio y el amor desinteresados al prójimo.

Conclusión

En definitiva, hermanas, pues hoy me dirijo especialmente a vosotras. Este no es un texto, como os quieren hacer creer, destinado a aplicar una presión en las mujeres para que se sometan por la fuerza a una cultura de violencia y de abuso contra la mujer. Sino una exhortación a poner en práctica en vuestra diaria, como casadas, los principios de la nueva vida en Cristo, que nos llama a la misericordia, la benignidad, la humildad, la mansedumbre, la paciencia y el amor, que se expresan por medio de la entrega a los demás, de la renuncia voluntaria a vosotras mismas, a imagen del Señor. Poniéndoos en situación de servir a los demás como Cristo os sirvió a vosotras, voluntaria y libremente.

El mundo ve la posición de la esposa en el matrimonio cristiano como si las casadas pasaran a convertirse en súbditas y tuviesen que prestar homenaje al hombre sentado en el trono del hogar. Seguro que hay maridos que piensan que es así, pero esto sencillamente es falso. Pero es que, además, la visión alternativa del matrimonio que tiene el mundo tiene como único fundamento la búsqueda del interés propio. La mayoría de los matrimonios hoy se construyen consciente o inconscientemente sobre el cimiento de la siguiente declaración: “Mis necesidades vienen en primer lugar”, y cuando ambos piensan esto, lo que generalmente ocurre es que ninguno de los dos ve sus necesidades satisfechas, y por eso no es extraño que se estén batiendo todas las plusmarcas de divorcios. El mundo tiene miedo al concepto de sumisión porque no puede entender a Cristo ni tiene la mente de Cristo, así que lo que las esposas y esposos del mundo acaban haciendo, aún sin darse cuenta, es comprometerse firmemente en la búsqueda de la felicidad propia. Y cuando dos personas pecadoras, y por lo tanto egoístas, se comprometen mutuamente a buscar cada uno la felicidad propia, el desastre es casi inevitable.

Pero los cristianos tenemos un orden de valores diferente, subversivo. Estamos comprometidos con un orden nuevo, el del reino de Dios, un orden en el que el primero es el que sirve a los demás, y el más grande es el que se entrega como siervo a las necesidades del otro, un orden basado en el amor, en que cada uno mira no por sí, sino por lo del otro.

Hay una adaptación del cuento clásico de Pinocho en el que esta marioneta de madera, centrada en si misma y en sus necesidades, se le da una nariz que crece con la mentira, para curarla de su egoísmo y llevarla al arrepentimiento. Pero cuando esto falla, se le permite hacer un viaje por el infierno, con el objetivo de ver si esto consigue conmover a Pinocho y llevarle a la virtud. Allí tiene oportunidad de conocer a una bailarina de ballet y a un carpintero, tan centrados la una en el baile y el otro en su trabajo, que nada de lo que hace o dice Pinocho consigue llamar la atención de ellos. Y dice el autor: “Fue en ese momento en el que Pinocho pudo ver, como en un fogonazo, que en el infierno todos son dejados a sí mismos, para hacer solamente aquello que desean hacer y no fijarse en nadie más que en ellos mismos”[5]. Me parece una buena descripción del infierno, poética, pero buena. Un mundo en el que las personas sólo se preocupan por sí mismas, sólo están centradas en si mismas y sólo se pueden fijar en si mismas. Un auténtico infierno. A veces nuestro mundo se parece a esta descripción.  Que jamás sea así en nuestros matrimonios. Oremos.

Lectura de despedida:

Gálatas 5:13

13 Porque vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros.

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[1] Schaeffer, F. True Spirituality. Wheaton, Ill.: Tyndale, 1973. Citado por MacArthur, J. Colossians. Chicago: Moody Press 1996, c1992.

[2] MacArthur, J. (1996, c1992). Colossians. Chicago: Moody Press.

[3] Garland, David E. NIV Application Commentary. Colossians. Pág. 244. Zondervan. Grand Rapids, 1998.

[4] Supra. Garland, David E. NIV Application Commentary. Colossians. Pág. 265.

[5] Burtchaell, J. Philemons Problem, citado en: Supra. Garland, David E. NIV Application Commentary. Colossians. Pág. 263.


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JUDAS- LA SOLUCION

Publicado por fielcristiano en julio 8, 2009

Introducción

El domingo pasado iniciamos un breve estudio de la epístola de Judas. En la primera parte de nuestro examen, ni mucho menos exhaustivo, de esta pequeña epístola, vimos como Judas era un hombre sinceramente preocupado por el bienestar de los creyentes. Tan preocupado como para escribir una carta llena de pasión, de energía, en la que describe con los términos más duros a los falsos maestros que introducidos subrepticiamente en la iglesia están pervirtiendo el verdadero evangelio.

En la primera parte de nuestro estudio vimos como Judas nos exhortaba a todos a contender ardientemente por la fe, no por nuestra fe subjetiva, sino por la revelación entregada una vez para siempre, por los apóstoles y profetas de Dios, y que está contenida en la Escritura. Este contender ardientemente es la antitesis de la indiferencia, del desinterés, del “preocúpense otros”, es un llamamiento de parte de Dios a tomarnos muy en serio este tema.

Análisis del pasaje

Pues bien, si estás comprendiendo que este llamamiento es para ti, hoy vamos a estudiar cómo hacerlo real y para ello nos vamos a trasladar al final de la epístola. En medio, dejaremos toda la descripción del castigo que vendrá sobre los falsos maestros y los que los sigan, para ir directamente hasta la parte en que Judas nos da sus instrucciones. Son dos secciones que abren de la misma manera: Pero vosotros, amados. Se trata de los versículos 17 al 19 y 20 al 23.

Fijaos en algo interesante: esta forma de iniciar ambas secciones nos marca un fuerte contraste entre lo que son, dicen, hacen y el destino que les espera a los falsos maestros, del que nos ha hablado antes, y sus discípulos, y lo que son, deben decir, hacer y la esperanza que tienen los verdaderos discípulos de Cristo. Empezando, con la primera sección:

Judas 17-19

17 Pero vosotros, amados, tened memoria de las palabras que antes fueron dichas por los apóstoles de nuestro Señor Jesucristo;18 los que os decían: En el postrer tiempo habrá burladores, que andarán según sus malvados deseos.19 Estos son los que causan divisiones; los sensuales, que no tienen al Espíritu.

¡Tened memoria, tened memoria! Al terminar la carta, el primer consejo de Judas, consiste en insistir en que seamos conscientes de la realidad de la presencia de estas personas entre nosotros. ¿Por qué es necesario enfatizar tanto este hecho? ¿No lo ha dicho ya al principio de la carta? Y sin embargo Judas siente la necesidad de apelar una vez más al abundante testimonio apostólico que ya repasamos el domingo pasado. ¿Será que por alguna razón somos especialmente propensos a olvidar esta realidad?

Fijaos en una cosa, por un lado, todos sabemos que existen burladores, a poco que demos testimonio de nuestra fe saldrán a nuestro paso con frecuencia. Hoy en día la calle, el trabajo, aún la familia está llena de gente que considera todo lo que tenga que ver con la Biblia sencillamente como un cuento chino, gente que considerará nuestra fe en Dios no sólo como una excentricidad, sino como una evidencia de nuestra ingenuidad y de nuestra ignorancia, y muchos de ellos no perderán la ocasión de burlarse de nuestra fe.

Pero lo que no esperamos de verdad, pensadlo, no lo esperamos, y por eso Judas y los apóstoles necesitan recordárnoslo con insistencia, es que vayamos a encontrar burladores dentro de la mismísima iglesia. Gente que haga mofa de nuestra creencia en el relato bíblico de la creación o el diluvio, o que nos considere supersticiosos o tontos por creer en la realidad de los milagros, o estrechos por no abandonar la moralidad bíblica y adaptarla a la del mundo moderno, y así muchas otras cosas. Eso ya nos sorprende más, no nos lo esperamos, y por eso cuando vemos a estos maestros ayudándonos a comprender la Escritura de una forma que no resulte ofensiva para la mentalidad del mundo, echándonos una mano a la hora de destruir viejas formas de interpretar la Escritura, mostrándonos los errores y las limitaciones de la Biblia a la hora de practicar sus enseñanzas en una sociedad moderna, adaptando la Biblia al mundo, corremos el peligro de decir: “¡vaya, qué interesante! Yo sufriendo oprobio y menosprecio por defender mi fe, y resulta que se puede ser cristiano y ser moderno, tolerante, no tener prejuicios de superioridad con respecto a otras religiones y que así no me llamen fundamentalista, aceptar las teorías científicas para el origen del universo y la vida que vayan proponiendo los evolucionistas ateos y así no parecer ignorante, adaptar el orden la iglesia a las demandas del feminismo y no ser tildado de machista, abandonar la creencia en que los milagros descritos en la Biblia ocurrieron de verdad en la historia, y tener el respeto intelectual de los teólogos progresistas, e incluso descubrir que en realidad la Biblia no condena la homosexualidad, y así obtener el respeto de gays y lesbianas, y aparecer ya como el colmo de lo bueno, inteligente, abierto y sensible. Sólo podría mejorarlo aún más, y es si yo mismo salgo del armario, entonces seré ya la repera, habré alcanzado el nirvana de la modernidad, el olimpo de lo políticamente correcto, seguro que hasta me saca en su dominical algún periódico. Lástima que nunca hayan ido por ahí mis tendencias, que si no se iban a enterar de lo que es salir del armario con estilo…

Y todo esto se lo debemos a estas maravillosas personas, que me han descubierto que se puede ser cristiano y ser absolutamente guay y en la onda al mismo tiempo. ¿No es fantástico?… No, tened memoria, tened memoria, son burladores, también los hay dentro, que convierten en libertinaje la gracia nuestro de Dios, es decir, toman la bondad de Dios como pretexto para una vida de pecado. Niegan la autoridad de nuestro señor Jesucristo, puesto que desprecian las Escrituras. No andan según los mandamientos de Dios, sino según sus malvados deseos. Traen divisiones a la iglesia, al introducir doctrinas extrañas: Son sensuales, puesto que siguen las pasiones de su carne, y no tienen al Espíritu de Dios, por más que se proclamen cristianos. Y ante esta gente, gente como la del artículo que me envió Alberto el pasado lunes, publicado en una revista evangélica, gente que dice que es una desgracia que un pastor se arrepienta de haber cometido adulterio homosexual, porque así avergüenza y reprime a los jóvenes de su iglesia que les gustaría practicar la homosexualidad tranquilamente, ante este tipo de gente yo hago mío lo que decía el apóstol Pablo:

Filipenses 3:18

18 Porque por ahí andan muchos, de los cuales os dije muchas veces, y aun ahora lo digo llorando, que son enemigos de la cruz de Cristo;

Así que estemos atentos, y no nos sorprendamos si nos encontramos dentro de la iglesia con los enemigos más mortalmente peligrosos de los creyentes, más capaces de desactivarnos, de sumergirnos en la duda y de llevar nuestro comportamiento de vuelta al mundo, en contra de la fe dada una vez a los santos. La enseñanza clara del Nuevo testamento es que nuestra fe será continuamente atacada desde dentro, no seáis tan ingenuos que creáis a todo aquel que os ofrece un acomodo entre el mundo y la fe cristiana, solamente porque es pastor, teólogo o se llama cristiano. ¡Cuidado! Si escucháis todas las opiniones de las iglesias de Madrid a día de hoy y no encontráis a los lobos no es porque no los haya, sino porque no estáis pensando con discernimiento bíblico.

Así que la primera medida que hay que tomar es ser precavidos, y entramos en la segunda sección, que a su vez se divide en dos partes, la de las medidas que debemos tomar respecto a nosotros mismos, y las que debemos tomar respecto a los falsos maestros y sus seguidores:

Judas 20-23

20 Pero vosotros, amados, edificándoos sobre vuestra santísima fe, orando en el Espíritu Santo,21 conservaos en el amor de Dios, esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna.22 A algunos que dudan, convencedlos.23 A otros salvad, arrebatándolos del fuego; y de otros tened misericordia con temor, aborreciendo aun la ropa contaminada por su carne.

Para empezar, respecto a nosotros mismos, si queremos contender ardientemente por la fe dada una vez a los santos, a parte de estar prevenidos, debemos hacer cuatro cosas:

La primera, v.20: Edificarnos sobre nuestra santísima fe. Ya hemos visto que en esta epístola la palabra fe es casi un sinónimo del contenido doctrinal del evangelio, así que antes de entrar en batalla, debemos estar bien informados y convencidos de las verdades de nuestra fe. Debemos asegurarnos de nuestro crecimiento personal, estudiando las Escrituras en privado y asistiendo a los cultos de la iglesia en los que la Palabra es enseñada y explicada.

Por desgracia vivimos en una sociedad en la que hay poco énfasis por la verdad. A la gente le interesa más si algo funciona o no, y la verdad ha pasado a ser algo relativo, algo que depende de la conveniencia personal, de la cultura, de la época. “Respeta mi verdad y que yo respeto la tuya” parece ser el lema de esta época, pero para los cristianos solamente hay una verdad y esta nos ha sido revelada en la Escritura mediante el Espíritu Santo. Un síntoma de los tiempos que nos ha tocado vivir es que incluso decir que sólo hay una verdad, resulta ofensivo para muchas personas, pero nosotros, en lugar de dejarnos contagiar por este espíritu, debemos recuperar el sentido de la naturaleza diabólica de la mentira y de la falsa enseñanza, y con ayuda de la Biblia trazar límites precisos entre la verdad y el error. ¿Cómo lo haremos sino conocemos la Escritura? No sólo nos perjudicaremos a nosotros mismos, perjudicaremos a los que nos rodean por no saber darles una orientación clara acerca de lo que es verdad, y muchos de nosotros, como padres, vamos a contraer una responsabilidad aún mayor por no poder guiar a nuestros hijos.

¡Sed estudiantes diligentes de la Biblia, asistid fielmente a las reuniones en que se estudia la Palabra, cada una es una oportunidad de crecimiento que no se va a recuperar, pensad también en vuestros hijos y traedles a la escuela dominical, quizá sea uno de los mejores legados que les vayáis a dejar!

La segunda cosa que debemos hacer para estar protegidos y preparados, viene también en el v.20: orad en el Espíritu Santo. Las exhortaciones a que oremos, sin cesar, en toda ocasión, son numerosas en la Palabra y las conocéis bien. Respecto a la necesidad de orar solamente me gustaría llamaros la atención sobre dos cosas.

La primera tiene que ver con el verbo que se utiliza al principio del versículo: edificándoos. Judas utiliza aquí una imagen, la de la construcción de un edificio, que está sacada de la idea de la iglesia como nuevo templo de Dios. Tanto en el estudio, como en la oración, Judas desea que nos embarquemos en una experiencia comunitaria. A lo largo de toda la historia de la salvación, Dios siempre ha trabajado  en un pueblo y mediante un pueblo: el pueblo de Dios. Aunque la salvación sea una experiencia individual y el estudio de la Palabra o la oración también puedan serlo, siempre serán experiencias incompletas mientras no se experimenten también en el seno del cuerpo de Cristo. Esto significa que la experiencia de la oración comunitaria es parte de la edificación del cuerpo de Cristo y una experiencia necesaria para nuestra fortaleza espiritual.

Podemos sugerir días u horas más convenientes para el culto de oración, pero desentendernos de esta reunión semanal es un error que perjudica nuestra vida espiritual. Podemos hacerlo, pero inevitablemente pagaremos un precio por ello. ¿Vale la pena pagarlo? Creo sinceramente que muchos de vosotros, pensando en la cantidad de trabajo que tenéis, en los niños, en la necesidad de descanso, pensáis que sí, que el posible beneficio de la reunión de oración no compensa en términos del sacrificio que hay que hacer por asistir a ella. No creo que aquel a quien llamamos Señor sea de la misma opinión. El pueblo de Dios necesita orar unido, que corazón lata al unísono, sintiendo lo mismo y pidiendo a Dios por las mismas cosas. Si crees que, conforme a su promesa, Dios está presente de una forma especial allí donde dos o tres personas se reúnen en su nombre, entonces no puede darte lo mismo orar solo, que juntarte al resto de los hermanos en el culto de oración, para rogar poderosamente al Señor por un tema.

Lo segundo que quiero decir respecto a la oración es que esta oración en el Espíritu Santo no es una especie de oración carismática especial. Orar en el Espíritu Santo es orar siendo guiado, influenciado, convencido y movido por el Espíritu de Dios. Es dejar que el Espíritu Santo te dé entendimiento de su voluntad, es vivir en santidad y comunión con el Señor para que el Espíritu de Dios controle tus deseos y motivaciones y ponga peso en tu corazón por determinadas cosas. Toda auténtica oración es oración en el Espíritu Santo, y lo que por desgracia hacemos a veces es hablarnos a nosotros mismos, porque estamos pensando sólo en satisfacer los deseos de nuestra carne, porque no hemos buscado la voluntad de Dios, o porque directamente estamos dando la espalda a Dios con nuestro comportamiento.

No creo que alguien que está creciendo en su santísima fe, en estudio de la palabra, en obediencia de vida, en confesión de pecado, que tenga su mente moldeada por el contacto con lo divino y se junte con el pueblo de Dios para compartir sus cargas y escuchar las necesidades y súplicas de otros santos, después pueda orar de otra forma que no sea en el Espíritu Santo. En cambio si mantenemos nuestra mente influenciada mayormente por el mundo, andamos desordenadamente y nos mantenemos aislados, ¿cómo estaremos siendo guiados por el Espíritu de Dios en el momento de la oración?

Pasamos al tercer punto al que Judas nos exhorta para mantenernos personalmente preparados para la lucha contra los falsos maestros, y es el que más nos sorprende: conservaos en el amor de Dios.  ¿Pero no era Dios el que nos guardaba en él, según dice el prólogo y el epílogo de la carta? Es cierto, Dios nos guarda en Él, pero tampoco debemos olvidar que nos dice:

Santiago 4:4

4 …¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios.

Y no creo que haya una forma más sencilla de desenmascarar la enseñanza de los falsos maestros, que observar que indefectiblemente nos llaman a la amistad con el mundo. Así que la mejor forma de conservarnos en el ámbito del amor de Dios es sencillamente alejarse de la corriente del mundo y obedecer a Dios, guardar los mandamientos de su Palabra:

Juan 15:9-10

9 Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado; permaneced en mi amor.10 Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor.

Respecto a las medidas personales, en cuarto y último lugar, somos llamados a esperar la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna. Esta es también una excelente forma de protegernos frente a los falsos maestros: poner nuestra fe más allá del horizonte, aguardar la venida de Nuestro Señor Jesucristo. ¿Por qué? Porque no hay mejor incentivo para una vida de santidad que esta expectación gozosa de la venida del Señor. Fijaos en algo muy significativo, cuando Pedro trata en su segunda epístola el tema de los falsos maestros, una epístola cuyo capítulo 2 reproduce casi exactamente el contenido de Judas, al hablar de estas cosas también añade:

2 Pedro 3:3-4,10-18

3 sabiendo primero esto, que en los postreros días vendrán burladores, andando según sus propias concupiscencias,4 y diciendo: ¿Dónde está la promesa de su advenimiento? Porque desde el día en que los padres durmieron, todas las cosas permanecen así como desde el principio de la creación.10 Pero el día del Señor vendrá como ladrón en la noche; en el cual los cielos pasarán con grande estruendo, y los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas. 11 Puesto que todas estas cosas han de ser deshechas, ¡cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir,12 esperando y apresurándoos para la venida del día de Dios, en el cual los cielos, encendiéndose, serán deshechos, y los elementos, siendo quemados, se fundirán!13 Pero nosotros esperamos, según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia. 14 Por lo cual, oh amados, estando en espera de estas cosas, procurad con diligencia ser hallados por él sin mancha e irreprensibles, en paz.15 Y tened entendido que la paciencia de nuestro Señor es para salvación; como también nuestro amado hermano Pablo, según la sabiduría que le ha sido dada, os ha escrito,16 casi en todas sus epístolas, hablando en ellas de estas cosas; entre las cuales hay algunas difíciles de entender, las cuales los indoctos e inconstantes tuercen, como también las otras Escrituras, para su propia perdición.17 Así que vosotros, oh amados, sabiéndolo de antemano, guardaos, no sea que arrastrados por el error de los inicuos, caigáis de vuestra firmeza.18 Antes bien, creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A él sea gloria ahora y hasta el día de la eternidad. Amén.

Resumiendo: Memoria de lo dicho por los apóstoles, estudio de la Palabra, oración en el Espíritu y expectación ante la venida del Señor, las cuatro claves que nos protegen del enemigo y nos preparan para contender ardientemente por la fe.

¿Y una vez que estamos preparados? ¿Cuál debe ser nuestra actitud respecto a los falsos maestros y sus seguidores? O lo que es lo mismo, ¿qué podemos hacer cuando vemos que un hermano deja de asistir al culto para empezar a frecuentar una iglesia donde se le enseña a no tomarse muy en serio la Palabra de Dios? ¿Qué hacemos cuando constatamos que un hermano, influenciado por las enseñanzas orales o escritas de un falso maestro, se está desviando de la fe, está empezando a acomodar la palabra al mundo? ¿Y qué hacemos cuando detectamos en nuestro seno, a alguien que está enseñando doctrinas que se apartan del depósito una vez dado por los apóstoles a la iglesia?

Judas distingue a estas personas en tres grupos y nos recomienda tres tratamientos. En principio, excepto el primer grupo, los que dudan, no parece sencillo determinar quien es quien, pero si nos fijamos en lo que nos recomienda el autor, tendremos una idea de a quién se refiere. El primer caso está claro:

Judas 22

22 A algunos que dudan, convencedlos.

Cuando veamos a un hermano dudar, tambalearse, influenciado por enseñanzas falsas, no debemos rechazarle sino utilizar nuestro propio estudio y conocimiento de la Palabra de Dios para mostrarle el camino correcto. Fijaos que esta es de nuevo una experiencia del cuerpo, una responsabilidad de todos, así que todos debemos estar preparados para defender nuestra fe.

Judas 23a

23 A otros salvad, arrebatándolos del fuego;…

Si los primeros dudaban, por el contexto se diría que estos ya están tan influenciados por las falsas doctrinas que se requiere una acción más drástica. Hay momentos en la vida de la iglesia en que está en juego la salvación de las almas y no podemos detenernos en consideraciones de cortesía. Es necesario que prohibamos como iglesia la comunión con determinadas personas o instituciones, que utilicemos con humildad pero con determinación la autoridad pastoral para demandar un cambio de comportamiento o un alejamiento de determinadas influencias. Finalmente la iglesia no puede obligar a nadie a hacer lo que no quiere, pero al menos llega un momento en que ya no basta con razonar, es necesario incluso apartar de la comunión a alguien, para producir la vergüenza que lleva al arrepentimiento. En último lugar:

Judas 23b

23 … y de otros tened misericordia con temor, aborreciendo aun la ropa contaminada por su carne.

Lutero opinaba que este tercer grupo se refería directamente a los falsos maestros, él opinaba que el tened misericordia se refería únicamente a la compasión que uno siente hacia los que están perdidos para siempre. Muchos opinan que no, que siempre está abierta la puerta para la misericordia, para el perdón y la reconciliación. Me gustaría pensar esto, y es difícil discernir cuando una persona está tan endurecida que puede ser calificada como un falso maestro, pero el tenor de la epístola de Judas parece dar la razón más bien a Lutero, en el sentido de que poca esperanza para estos personajes que están desviando a los cristianos, debilitándoles y arrastrando hacia el error a muchos otros.

En cualquier cosa, es bueno notar que cualquiera que sea nuestra compasión, debe ser ejercida con temor, no pensando que somos tan fuertes como para ser inmunes a su nefasta influencia. La imagen que nos da Judas de ellos es horrible, muy gráfica: cuando habla de ropa utiliza la palabra que usaba para la ropa interior, en cuanto a contaminada por su carne, me temo que la referencia es sencillamente a la ropa interior manchada de excrementos. Así que de nuevo vemos aquí al Judas del que hablábamos la semana pasada, el que quiere transmitirnos en este caso todo su horror mediante palabras e imágenes muy fuertes. Sin medias tintas, digamos que de los falsos maestros debemos sentir directamente ¡asco!  ¿Qué te sugiere eso? ¿Tontearemos con ellos? ¿Les prestaremos atención? ¿Les invitaremos a casa? ¿O a pasar a nuestra mente? La imagen que nos sugiere Judas es de aborrecimiento total. Normalmente la natural cortesía, nuestra educación que nos invita a tratar bien a todo el mundo, puede llevarnos a comportarnos con falsos maestros como si lo que están haciendo no fuera tan grave. Pero cuando detectamos a alguien del que tenemos constancia que está torciendo las Escrituras, pensemos en el domingo pasado, alguien que nos dice que no debemos evangelizar, o que las religiones paganas tienen origen divino y pueden salvar, o lo que hemos visto hoy, alguien que afirma que la homosexualidad es un don de Dios que necesita ser disfrutado, no puede haber medias tintas, ¡es el momento de contender ardientemente por la fe dada una vez a los santos!

Conclusión

Termino hermanos, no seamos ingenuos, tengamos memoria, tengamos más temor de ofender a Dios que de ofender a los hombres, y tengamos pasión, pasión por la verdad de Dios. Luchemos por la fe. Se lo debemos a los que dudan, a los que están siendo tentados ahora mismo por el error, se lo debemos a nuestros hijos y a los que vendrán a la Alameda en el futuro, sobre todo, se lo debemos al Señor, a su gloria. A él sea la gloria por todos los siglos en la iglesia.

Oremos.

Lectura de despedida:

Colosenses 2:6-7

6 Por tanto, de la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en él;7 arraigados y sobreedificados en él, y confirmados en la fe, así como habéis sido enseñados, abundando en acciones de gracias.

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© Iñaki Colera Bernal - Puedes utilizar este sermón para tu uso personal y reproducirlo, citando su procedencia y autor, siempre que no lo alteres ni busques ningún beneficio económico con ello. “…de gracia recibisteis, dad de gracia” Mateo 10:8b – Si el sermón te ha sido útil, me gustaría saberlo, envíame una nota a

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JUDAS- EL PROBLEMA

Publicado por fielcristiano en julio 8, 2009

Introducción

El 5 de septiembre del año 2000 la iglesia católica hacia una declaración oficial firmada por el prefecto para la doctrina de la fe, el actual Papa que entonces era solamente cardenal, y confirmada por el Papa Juan Pablo II, titulada, como es habitual en este tipo de documentos, con las primeras palabras del documento en latín, “Dominus Iesus”.

Las reacciones ante ese documento no se hicieron esperar, algunos consideraron que era un texto que era manifiestamente inoportuno porque, defendiendo determinadas nociones católicas, perjudicaba el ecumenismo resucitando viejos contiendas. Ahora bien, lo más curioso de la polémica suscitada con ese documento, no era que la iglesia católica defendiese sus creencias, cosa bastante de esperar, sino más bien el tenor de las críticas que suscitó por su contenido entre muchos que se autodefinían como teólogos y teólogas cristianos.

Les preocupaba para empezar que las relaciones del cristianismo con otras religiones no se hiciesen partiendo de que se estaba en una situación de paridad, es decir de igual a igual, en cuanto a los contenidos doctrinales. Es decir, que el teólogo cristiano debía reconocer que la revelación bíblica no era más verdadera que cualquier otra revelación.

Pero lo que sobre todo resultaba, cito literalmente, “especialmente preocupante” a estos teólogos eran los aspectos de la declaración relacionados con la salvación. En efecto, el documento de respuesta de estos teólogos y teólogas cristianos, clamaba indignado: “¿Cómo puede decirse que los no cristianos se encuentran “en situación gravemente deficitaria” (n. 22) en relación con la salvación?” A lo que se añadía, y vuelvo a citar literalmente: “Algunas expresiones de la Declaración nos parecen, cuando menos, discutibles desde el punto de vista doctrinal y ciertamente ofensivas para las personas creyentes de otras religiones. Así, por ejemplo, cuando afirma que “a las oraciones y ritos (no cristianos)… no se les puede atribuir un origen divino ni una eficacia salvífica”. Es decir, según estos teólogos era una ofensa y algo doctrinalmente discutible, decir que las religiones no cristianas no tienen origen divino y no son eficaces para la salvación.

Además añadían: “Dominus Iesus afirma solemnemente que “Dios quiere la salvación de todos por el conocimiento de la verdad. La salvación se encuentra en la verdad” (n. 22) Nosotros preguntamos críticamente: ¿sólo es posible la salvación cuando la verdad es conocida y poseída? ¿No asegura la salvación la búsqueda de la verdad?. Creemos que hubiera sido más acertado en este punto que la Declaración llamara a seguir los dictámenes de la propia conciencia.” Es decir la revelación bíblica de Jesucristo, el único camino al Padre, según sus propias palabras, la revelación de la luz y la verdad, cuyo conocimiento nos hace libres, no es según estos teólogos que se llaman a sí mismos cristianos, necesaria para la salvación, sino tan sólo que se esté buscando la verdad y se actúe en conciencia. Esa conciencia que según Romanos está entenebrecida por el pecado y es incapaz de vislumbrar a Dios. El documento de estos teólogos termina afirmando que lo importante para la salvación es ser coherente entre lo que uno hace y, cito literalmente, “las creencias, aunque no sean cristianas”.

Resumiendo hermanos, la Biblia no es más verdad que el Islam o el culto Shiva o a Buda, la salvación no es por la cruz de Cristo, sino por buscar tu verdad y ser coherente con lo que crees y es una ofensa y un presunto error doctrinal acercarse a un no cristiano como si sus oraciones o sus ritos no fuesen de origen divino o no fuesen suficientes para la salvación.

¿Qué teólogos son estos? ¿Cómo puede considerarse cristiano alguien que no cree verdaderamente en la verdad del evangelio de Cristo, alguien que piensa que en realidad da igual lo que crees, con tal de que seas sincero en tus creencias? ¿Alguien que, como consecuencia lógica, puede creer en el diálogo interreligioso, pero jamás en el evangelismo tal y como se presenta en la Biblia y como nos ordena Jesucristo? ¿Tal persona puede ser verdaderamente cristiana? Supongo que todos nosotros diríamos sin dudarlo que NO, tales personas, con tales opiniones destructivas jamás serían aceptadas como miembros de esta iglesia, ni jamás podrían tener comunión con nosotros como en el seno de una organización cristiana. Porque son falsos maestros, gente que promueve herejías.

Y después que decimos esto, y de que nos alegramos de estar a salvo de tan graves errores, y nos preguntamos casi en tono de mofa de dónde habrán salido tales presuntos teólogos cristianos, y nos alegramos de ser cristianos evangélicos, fieles a la Palabra de Dios, libres de tales peligros, cerramos los ojos y continuamos nuestra siesta. Ignorando que quienes firman esas palabras, junto con otros 75 teólogos y teólogas presuntamente cristianos de todo el mundo son el máximo responsable de la Sociedad Bíblica española, la institución responsable de las nuevas traducciones de nuestra amada Reina-Valera, y el del Consejo Evangélico de Madrid, el órgano que aglutina a los evangélicos de esta comunidad, ambos pastores bautistas.

Hermanos, este domingo y el próximo, Dios mediante, vamos a examinar lo esencial de una epístola que es sin duda de las menos leídas de todo el Nuevo Testamento, es una pequeña carta a la que no solemos prestar atención pero que contiene, como no podía ser de otra forma, un mensaje relevante para todos los tiempos, desde luego también para la actualidad, y que por tanto haremos bien en tomarnos muy en serio. Me refiero a la epístola de Judas, una pequeña arenga, breve y apasionada, de una persona que sentía de manera muy personal los problemas de la iglesia, y que tenía auténtico celo por alertar y aconsejar a los creyentes, para que estuviesen preparados para defender su fe. Algo que nos hace mucha falta hoy en día.

Porque hermanos, no podemos ser ingenuos, no podemos cerrar los ojos y actuar como si no estuviese pasando nada, como si los autores bíblicos que advierten y nos previenen acerca de los falsos maestros fueran unos exagerados, y los pastores que se los toman en serio, fanáticos que desean realizar una caza de brujas. No, eso es lo que los enemigos de la iglesia quieren que creáis, la verdad es mucho más sencilla, y es que en estos 2000 años de historia de la iglesia, no ha habido un solo momento en que la misma no estuviese en peligro, y por lo tanto no estuviese necesitada de que los auténticos creyentes, velasen por la pureza de su fe, y la fidelidad de su iglesia local a las enseñanzas del evangelio.

Por eso leamos ahora lo que el Espíritu Santo quiso dejar a la iglesia universal para instruirnos a este respecto hasta el retorno de nuestro Señor Jesucristo, y hagámoslo con temor reverente y fe, sabiendo que Dios no nos ha dejado estas advertencias en vano.

Análisis del texto

No vamos a realizar un examen exhaustivo de todos los detalles de la epístola, pero queremos dedicar al menos dos de los últimos domingos de este año, a prepararnos para los retos del que viene, dejando que Judas, hermano de Jacobo, un hermano en la carne del Señor, aunque el modestamente se presente como siervo de Jesucristo, nos exhorte a mantenernos fieles como iglesia ante los peligros que nos amenazan. Veamos lo que Judas tiene que decirnos porque abre su epístola de una forma absolutamente fantástica:

Judas 1-2

1 Judas, siervo de Jesucristo, y hermano de Jacobo, a los llamados, santificados en Dios Padre, y guardados en Jesucristo:2 Misericordia y paz y amor os sean multiplicados.

Fijaos bien en la descripción que hace de los destinatarios: llamados, santificados y guardados en Jesucristo. Son tres verbos que declaran lo que Dios ha hecho con nosotros y nos dejan con una tremenda sensación de seguridad. Pero por si fuera poco, la oración de Judas es además que la misericordia, la paz y el amor nos sean multiplicados. ¿Qué más se puede pedir? Es el principio perfecto. Pero no se conforma con esto. No sólo abre la epístola transmitiéndonos confianza, sino que también la cierra de igual modo:

Judas 24-25

24 Y a aquel que es poderoso para guardaros sin caída, y presentaros sin mancha delante de su gloria con gran alegría,25 al único y sabio Dios, nuestro Salvador, sea gloria y majestad, imperio y potencia, ahora y por todos los siglos. Amén.

Fijaos en que nuestro Salvador no es un salvador cualquiera, sino uno que tiene, entre otras cosas, majestad, imperio y potencia, ahora y para siempre, es decir, un salvador que reina de forma todopoderosa por la eternidad en el universo. Si estuvieras al borde de un precipicio sujeto con las puntas de los dedos para no caer al vacío y necesitases un salvador, ¿podrías concebir a alguien con mayores garantías? Es el Salvador perfecto, pero es que además se nos ha asegurado de él que es poderoso para guardarme sin caída, y presentarme sin mancha delante de él y todo ello con gran alegría. ¡Qué alguien intente mejorar esto!

Sin embargo, este principio y este cierre, contrastan fuertemente con lo que Judas quiere decirnos, lejos de sentirnos seguros y confiados, Judas nos dice:

Judas 3

3 Amados, por la gran solicitud que tenía de escribiros acerca de nuestra común salvación, me ha sido necesario escribiros exhortándoos que contendáis ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos.

En otras palabras, la promesa de victoria que tenemos en Cristo no significa que podemos confiarnos, soltar las armas y sentarnos a descansar, al contrario, la promesa de victoria cuenta con que lucharemos con valor. Judas es un general que nos promete la victoria, pero no para que nos vayamos a nuestra casa, sino para luchemos ardientemente.

La primera frase del versículo 3 es difícil de traducir, no está claro si Judas tenía deseos de escribir una carta amable acerca de la salvación, pero, se vio impulsado por la necesidad a escribir una carta muy diferente, o si como traduce nuestra Reina Valera, precisamente era este deseo el que le impulsó a escribir la carta. Lo que está claro es una cosa, Judas es un hombre apasionado, y eso lo habréis notado a lo largo de la epístola, las expresiones que utiliza, los adjetivos con los que define a los adversarios de la iglesia, los ejemplos que usa, todo ayuda a poner de relieve que en efecto, le ha sido necesario escribir la carta porque ha visto la gran importancia de exhortarnos en estos temas.

¿Y concretamente a qué nos exhorta? A que contendáis ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos. Es decir a que luchemos, a que luchemos ardientemente, con la misma pasión que él está sintiendo, ¿quiénes? No los pastores solamente, sino precisamente todos los verdaderos creyentes, todos los llamados, santificados y guardados en Cristo. Esto no es una responsabilidad de los líderes, todos debemos sentir esta pasión y luchar con ardor, y el objeto de nuestra lucha es nada más y nada menos que la fe que ha sido una vez dada a los santos.

Y esto nos extraña, porque hemos dicho que nuestra posición en Cristo es asegurada enfáticamente tanto al principio como al final de la carta, ¿cómo entonces tenemos que luchar por ella? ¿Qué quiere decir el autor? A lo largo de la epístola de Judas, la palabra fe se utiliza para referirse no a nuestra fe subjetiva en Jesucristo, sino a la fe objetiva como conjunto de creencias que definen lo que es un cristiano. Es decir, no “fe” como nuestro sentimiento de confianza en la persona de Cristo, sino fe como conjunto de verdades que creemos y que hacen de nosotros auténticos cristianos.

Desde luego, es importante dejar claro que ser cristiano es principalmente tener una relación personal con Cristo, pero saber esto no debe llevarnos a olvidar que esta relación personal implica sostener toda una serie de verdades sobre él, sobre, sobre su obra, y también sobre el hombre, sobre la iglesia, sobre su misión en el mundo, etc. que son esenciales para podernos definir como verdaderos cristianos. Cuando estas verdades se pierden o se distorsionan el resultado no es solamente tener unas cuantas ideas equivocadas, sino que nos hace depositar nuestra confianza sobre un cimiento inadecuado, poniendo en peligro nuestra propia salvación.

Por ejemplo, pensemos en alguien que tiene una visión doctrinal distorsionada acerca de la pecaminosidad humana, de  nuestra capacidad o incapacidad para obedecer la ley de Dios. Pues según la idea que tenga de la capacidad humana, así depositará su fe para su salvación sólo en Cristo, o pondrá también su confianza en lo que pueda hacer por si mismo. Podríamos poner muchos otros ejemplos, pero este es suficiente si comprendemos que la vida interior de fe, no se puede separar de una serie de creencias doctrinales sobre el contenido de esa fe. Cuando las doctrinas esenciales están distorsionadas, también se distorsiona nuestra vida espiritual, nuestro corazón, nuestras emociones. Así que hay un cuerpo de doctrinas, en este sentido una “fe”, que nos define como cristianos.

Pues bien, de esa “fe”, Judas nos dice algo muy importante, trascendental, y es el hecho de que nos ha sido una vez dada a los santos. El sentido de griego está muy claro, es una sola palabra que significa de una vez por todas o una vez para siempre. Es decir, somos depositarios de un tesoro que nos ha sido entregado de una vez por todas, al que no tenemos derecho de añadir ni de quitar absolutamente nada, y por el que debemos contender ardientemente, para que de la misma forma que nosotros lo hemos recibido con pureza e integridad, así lo puedan recibir del mismo modo las generaciones que vengan después de nosotros.

Esto implica que el canon está cerrado, que la revelación, hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo está finalizada, que todo lo que verdaderamente necesitamos para, como le decía Pablo a Timoteo, hacernos perfectos, enteramente preparados para toda buena obra, está en el depósito de la fe. A partir de ahora, cualquier declaración que pretenda ser verdad respecto a las creencias cristianas, debe medirse conforme a lo que nos ha sido entregado, como decía Pablo:

Gálatas 1:9

9 Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema.

Hermanos, con excesiva facilidad damos por hecho que tenemos la Biblia, y que nuestros pastores y maestros nos instruyen fielmente en la Palabra de Verdad, pero si hoy tenemos algo llamado ortodoxia, si existen iglesias evangélicas fieles a la Biblia, sólo es porque otros antes que nosotros no se conformaron, sino que lucharon ardientemente, a veces entregando sus vidas. Pienso en los que murieron a manos de la inquisición aquí en España, los que huyeron por toda Europa pasando penalidades y dejándonos nuestra amada Reina Valera, o esos creyentes ingleses que sufrieron la tortura de ser quemados vivos por defender, por ejemplo, que el cuerpo de Cristo no está literalmente en un trozo de pan o en un vaso de vino, sino en el cielo sentado a la diestra de Dios. ¿Fueron unos locos? No, previeron las consecuencias destructivas para la verdadera que tenía y tiene la doctrina católica de la misa y dieron su vida por defender la verdad. Si todos se hubiesen callado, si nadie hubiese salido en defensa de la verdad bíblica, ¿qué habría sido de la iglesia, qué habría sido de nosotros?

Entonces hermanos, estamos llamados a luchar, el objeto de nuestra lucha es el depósito de verdades recibidas que constituye nuestra fe, un depósito entregado una vez para siempre, pero aún queda una última cosa en esta mañana por saber, aunque por supuesto está en mente de todos, ¿quiénes son los que están poniendo en peligro la fe dada una vez a los santos? Pues bien, esto es lo que nos dice Judas que estaba ocurriendo en el siglo I.

Judas 4

4 Porque algunos hombres han entrado encubiertamente, los que desde antes habían sido destinados para esta condenación, hombres impíos, que convierten en libertinaje la gracia de nuestro Dios, y niegan a Dios el único soberano, y a nuestro Señor Jesucristo.

Los que ponen en peligro la fe no son los gobernantes, ni los judíos, ni los sacerdotes paganos, son algunos hombres que han entrado encubiertamente. ¿Entrado dónde? En la iglesia, obviamente. El enemigo, es un enemigo interior.

¿Es esta una característica exclusiva del siglo I? El propio Judas es muy consciente de que en el resto de la Escritura nos advierte de este tipo de peligro:

Judas 17-19

17 Pero vosotros, amados, tened memoria de las palabras que antes fueron dichas por los apóstoles de nuestro Señor Jesucristo;18 los que os decían: En el postrer tiempo habrá burladores, que andarán según sus malvados deseos.19 Estos son los que causan divisiones; los sensuales, que no tienen al Espíritu.

¿Cuáles son esas palabras de los apóstoles de las que debemos tener memoria? Repasemos solamente algunas:

1 Timoteo 4:1

1 Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios;

2 Pedro 2:1

1 Pero hubo también falsos profetas entre el pueblo, como habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán encubiertamente herejías destructoras, y aun negarán al Señor que los rescató, atrayendo sobre sí mismos destrucción repentina.

Hechos de los Apóstoles 20:29-30

29 Porque yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño.30 Y de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos.

El propio Jesucristo ya nos había advertido:

Mateo 7:15

15 Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces.

Así que el quid de todo el asunto es este: la Escritura nos advierte una y otra vez acerca de que los peores enemigos de la iglesia están dentro de la misma, que suelen definirse a sí mismo como cristianos, son lobos disfrazados con piel de oveja, y los cristianos incautos no los ven venir, sino que los tienen incluso por maestros y pastores. ¿Y qué diremos nosotros? ¡Bah, exageraciones! ¿Creéis que el Espíritu Santo dejo escritas esta amonestaciones y muchas otras para que las veamos como una curiosidad que no nos afecta, o para que nos las tomemos en serio y estemos alerta?

Alerta ante aquellos que le quitan el oprobio el evangelio, que lo hacen reconciliable con el mundo, que lo hacen parecer más tolerante, que retuercen la Escritura para quitarle aquellas cosas que escandalizan a los que no creen, o que no concuerdan con las modas de la sociedad, o que no encajan en la moral sexual del momento, y así hacer la vida de los creyentes más cómoda entre nuestra sociedad y con las propias demandas de nuestra carne. No os extrañe que se hagan populares, que aparezcan como hace unos meses en los dominicales de los periódicos, son pastores y ahora pastoras importantes, como la que ha predicado en la conmemoración oficial del día de la reforma en Madrid, presidentes de denominaciones, profesores de seminario, líderes destacados de instituciones cristianas, pero su interés no es la defensa de la fe, sino el poder, la influencia y la popularidad.

Conclusión

Hace poco uno abogaba en una carta abierta a su hija en Internet por las relaciones prematrimoniales; otro, el portavoz de medios de comunicación del Consejo Evangélico defendía las relaciones homosexuales, otro profesor de ética en un seminario, afirmaba que Pablo era un machista. ¿Asuntos de importancia menor? En absoluto, cuestiones que nos van a apartando de la Escritura, van minando nuestra confianza en la Biblia y hacen que la iglesia se parezca cada vez más al mundo. Lleva 2000 años ocurriendo, la fe una vez dada a los santos está en peligro. A Pablo, a Pedro, a Judas, esto le importaba muchísimo. La pregunta es ¿te importa a ti? Judas nos habla con un lenguaje tremendamente apasionado, altamente emotivo. ¿Despierta esto tus pasiones, tu celo por el Señor, te entristece y te indigna al punto de desear contender ardientemente por la fe que te han pasado tus mayores? Más vale que sea así por el bien del futuro de la iglesia.

Porque hablar hoy en día de defensa de la doctrina, hablar de dogmas, hablar de herejías, es muy impopular. Básicamente por dos razones: La primera porque nos trae a la mente imágenes de intolerancia, de disputas académicas, de divisiones. Nadie quiere las disputas, y a todos nos gusta ser amigos de todo el mundo, pero el punto de Judas es este: el deposito de verdades que nos ha llegado a través de los apóstoles y que nos ha sido dado una vez para siempre es innegociable, hay que defenderlo ardientemente. No importa que te disgusten las disputas, debemos evitar las disputas necias, pero hay cosas por la que hay que contender.

La segunda razón por la que hablar de doctrina no es popular, es porque muchos de los que asisten a las iglesias evangélicas no están enraizados en ningún credo. Hoy la tendencia en muchas iglesias es a promover una creencia lo más superficial posible, e incluso a crear iglesias interdenominacionales, donde las cuestiones doctrinales queden en segundo plano, donde lo que importa sea tener una relación con Jesús. Esto suena muy bonito, pero muchos creyentes no tienen un sentido de la historia, no saben de dónde vienen, no conocen lo que le ha costado a la iglesia la defensa de la fe, desconocen el altísimo precio de sangre sobre el que está construido, por ejemplo, que nosotros podamos hoy bautizar solamente a personas adultas que verdaderamente han creído en Cristo. O que podamos partir el pan y dar el vino en la santa cena, obedeciendo el mandato del Señor de repartir ambas cosas, o que podamos dirigirnos a Dios a través de Cristo sin necesidad de mediadores humanos. Esto ha costado toneladas de sufrimiento, miles de hermanos que contendieron en el pasado por la fe dada una vez a los santos. Que sintieron y compartieron la misma pasión por la defensa de la verdad que Judas.

Hermanos, termino, la verdad de Cristo nos hace libres, si apreciamos el poder de la Palabra de Dios y las bendiciones que nos trae a nuestra vida, seremos apasionados en defensa de la verdad, jamás toleraremos a los falsos maestros que entran encubiertamente destruyendo la fe. No nos dará igual que sucedan estas cosas, sino que el corazón se nos llenará de la misma indignación santa que a Judas. No seremos tan espiritualmente miopes como para pensar que no ocurre nada, que nadie amenaza el tesoro de la fe, que los falsos maestros, los habrá, si la Biblia dice que los hay, pero desde luego no están entre esa gente tan simpática, tolerante y sensible que forma las iglesias evangélicas, sino que deben estar en alguna secta diabólica. Abramos los ojos. Utilicemos nuestra mente. Desconfiemos con razón de los que quieren adaptar la iglesia al mundo, de los quieren eliminar cualquier motivo de ofensa al mundo, de los que se avergüenzan del evangelio, aferrémonos a la Escritura, y preparémonos para defenderla con ardor  y soportar las consecuencias. Veremos cómo dice Judas que debemos hacerlo, si Dios quiere, el domingo que viene.

Oremos.

Versículo de despedida:

2 Pedro 3:17-18

17 Así que vosotros, oh amados, sabiéndolo de antemano, guardaos, no sea que arrastrados por el error de los inicuos, caigáis de vuestra firmeza.18 Antes bien, creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A él sea gloria ahora y hasta el día de la eternidad. Amén.

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© Iñaki Colera Bernal - Puedes utilizar este sermón para tu uso personal y reproducirlo, citando su procedencia y autor, siempre que no lo alteres ni busques ningún beneficio económico con ello. “…de gracia recibisteis, dad de gracia” Mateo 10:8b – Si el sermón te ha sido útil, me gustaría saberlo, envíame una nota a

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Buscando la Santidaed 3 Parte Razones y hábitos de santidad

Publicado por fielcristiano en julio 8, 2009

Razones y hábitos de santidad

Introducción

Esta semana tuve que acercarme a la oficina de correos de aquí, del barrio, a echar una carta. Mientras esperaba en la habitual cola a que pudieran atenderme, me llamó la atención un enorme cartel de propaganda de Correos que ocupaba toda una puerta, con un mensaje en letras grandes que decía: “En el futuro te aguardan grandes cosas”. Vaya, que mensaje tan esperanzador, despierta tu ilusión y tu curiosidad por saber que cosas maravillosas serán esas. Pero el mensaje no terminaba ahí, sino que debajo, en letra un poco más pequeña venía algo todavía más impactante: “Disfrútalas ahora”. ¡Bueno, eso si que es estupendo, no tengo ni que esperar! ¿Qué serán, qué serán? En fin, las cosas maravillosas que me traería el futuro y que yo podía empezar a disfrutar ya mismo eran, entre otras, una cafetera eléctrica, un decodificador de TDT, un dvd portátil y otros artilugios. ¡Qué chasco!

Pobres paganos que se tienen que conformar con esperar del futuro una cafetera eléctrica, a nosotros sí que nos esperan para el futuro grandes cosas, cosas maravillosas, tan maravillosas que se resisten a nuestra descripción, como dice el apóstol Pablo en otro contexto:

1 Corintios 2:9

9…Cosas que ojo no vio, ni oído oyó,

Ni han subido en corazón de hombre,

Son las que Dios ha preparado para los que le aman.

Pero lo más maravilloso de todo, es que efectivamente podemos empezar a disfrutarlas hoy. Ya sé que suena muy grandilocuente, pero es posible, incluso necesario, empezar a vivir el cielo en la tierra, y esto sólo se puede conseguir de una manera, anhelando y viviendo la santidad. Si el cielo es la presencia de Dios, como decían los teólogos antiguos, la visión beatífica, ver y conocer a Dios en persona, entonces la única manera de anticipar el cielo y disfrutarlo aquí y ahora es intentando vivir en una comunión lo más estrecha posible con nuestro padre celestial, y esta comunión sólo se consigue viviendo en su voluntad, o lo que es lo mismo, a través de la santidad de vida. ¿Anhelas el conocimiento de Dios, anhelas por tanto la santidad? Dice el salmista:

Salmos 42:1-2

1 Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas,

Así clama por ti, oh Dios, el alma mía.

2 Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo;

¿Cuándo vendré, y me presentaré delante de Dios?

¿Te haces esa pregunta? ¿Anhelas entrar en la presencia de Dios, por medio de la Escritura, de la oración, de la adoración, de la vida de santidad? Estas son formas de disfrutar ahora de las cosas maravillosas que nos va a traer el futuro. Hay otras cosas que también disfrutamos ahora. Dice Pablo en la Epístola a los Colosenses:

Colosenses 1:12-14

12 con gozo dando gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz;13 el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo,14 en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados.

No es extraño que Pablo hable de dar gracias con gozo. En estos tres versículos se despliega la obra maravillosa de gracia que Dios ya ha realizado con sus escogidos. Nos hizo aptos para recibir la herencia de los santos en luz; nos ha librado de la potestad de las tinieblas; nos ha trasladado al reino de Jesucristo; nos redimió por su sangre y nos dio perdón de pecados.

Ahora bien ¿no es inconcebible que se te perdonen los pecados, ser trasladado espiritualmente al reino de los santos, que se te haya hecho apto para recibir la herencia de los santos en luz, sólo para poder continuar pecando, andando en tinieblas, adorando a Satanás pero sin temor al castigo? No, esto es inconcebible, esto es imposible. El que ha recibido la gracia de parte de Dios no la ha recibido para continuar practicando las tinieblas, sino para ¡disfrutar del cielo ahora! Para poder andar de ahí en adelante en comunión con Dios, buscando la santidad y un mayor conocimiento de las glorias del cielo. Si este no es tu anhelo, si tu anhelo y tu deseo sólo es continuar pecando pero como si tuvieses un seguro de vida, entonces no te engañes, no tienes a Cristo ni has recibido gracia alguna.

Pero además de que es un contrasentido no querer disfrutar ahora de nuestra herencia celestial en santidad, hay al menos cuatro razones muy obvias para animarnos a buscarla, veámoslas rápidamente:

1º Empeñarte en buscar la santidad es necesario para tu seguridad de salvación. Si te relajas, empezarán a avergonzarte tus frecuentes pecados, tu falta de gozo, empezarás a dudar de tu relación con el Señor y acabarás viviendo una vida misérrima en vez de la vida abundante prometida por el Señor. Por querer reservarte más comodidad, más prosperidad, más seguridad, más diversión, acabarás menos cómodo, menos próspero, menos seguro y más aburrido de ti mismo. Recuerda que Satanás no quiere tu bien, sino arrastrarte a la misma desesperación en que él se encuentra, dar oídos al que no te quiere bien, no es sensato, aunque te ofrezca un camino cómodo en lugar del camino arriesgado de fe que te propone el que te amó sin escatimar ni a su propio amado Hijo por ti. Recuerda:

Juan 3:3

3 Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro.

2. Empeñarte en buscar la santidad es necesario para la comunión con Dios. Dios es luz, y el que dice que anda con él no puede caminar en tinieblas. Tener comunión con Dios, sentir al Espíritu de Dios guiándote y animándote, reconocerle en tus caminos, en las circunstancias de la vida, hasta en los imprevisto, ver como te guía, como te enseña, como te reprende con suavidad. Sentir que se te inflama el corazón con el gozo de la salvación, al ver a Jesús en las Escrituras, sentir que el Dios del cielo te escucha y te responde, a veces de formas misteriosas, a veces de manera tan obvia que sientes un estremecimiento por la presencia de lo sobrenatural al lado tuyo, es maravilloso, pero está reservado al busca sinceramente la santidad en su vida.  Dice el Salmo 15:1-2

1 Jehová, ¿quién habitará en tu tabernáculo?

¿Quién morará en tu monte santo?

2 El que anda en integridad y hace justicia,

Y habla verdad en su corazón.

Y advierte el salmo 66:18

18 Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad,

El Señor no me habría escuchado.

Si quieres tener el gozo de la comunión con Dios busca la santidad.

3º Empeñarte en buscar la santidad es necesario para tu propio bienestar. Si has nacido de nuevo, Dios es tu Padre, y un padre amoroso no puede permanecer impasible viendo como su hijo desperdicia su vida o hace el mal, sino que intentará corregirte. No puedo explicarlo mejor de lo que lo hace Hebreos:

Hebreos 12:6-11

6 Porque el Señor al que ama, disciplina, Y azota a todo el que recibe por hijo. 7 Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina?8 Pero si se os deja sin disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos, y no hijos.9 Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los venerábamos. ¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos?10 Y aquéllos, ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero éste para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad.11 Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados.

4º Finalmente, busca la santidad porque es la única manera de ser provechoso para el Señor. A veces tenemos la tentación de vivir en pecado pero justificarnos a nosotros mismos y acallar nuestros miedos apelando a la memoria de las muchas cosas religiosas que hemos hecho para el Señor. Pero ser el primero en actividades de la iglesia, o en testificar, o incluso en hacer milagros, no sustituye la vida de santidad. Lejos de servir al Señor mediante obras religiosas, tenemos el recuerdo terrible de las duras palabras del Señor:

Mateo 7:22-23

22 Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?23 Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad.

Si de verdad quieres serle útil al Señor, si de verdad quieres servirle, lo imprescindible, lo insustituible es apartarse del pecado y buscar la santidad:

2 Timoteo 2:21

21 Así que, si alguno se limpia de estas cosas, será instrumento para honra, santificado, útil al Señor, y dispuesto para toda buena obra.

La santidad y la utilidad están vinculadas entre sí. A Dios de nada le sirve un vaso impuro. Si no hay santidad en nosotros, nuestro testimonio y servicio es incluso contraproducente, sólo sirve para crear rechazo y que nuestro anuncio del evangelio quede manchado con la sombra de la hipocresía.

Pero entonces, si tenemos tantos motivos, si además hemos sido sacados del reino de tinieblas y trasladado al reino de Cristo, ¿por qué pecamos?, ¿por qué no hemos dejado definitivamente atrás todo lo que pertenece al viejo hombre? Sencillamente porque, si bien hemos cambiado de reinos, hemos pasado del reino de las tinieblas al de la luz, no hemos cambiado los hábitos del viejo reino.

Un autor ha comparado este proceso al que sufrieron los negros en Estados Unidos después de la abolición de la Esclavitud. Somos como un esclavo, hijo de esclavos, nieto de esclavos, al que de repente se le da la libertad, es convertido en un hombre nuevo, libre, pero la mentalidad de esclavo sigue tan absolutamente arraigada en su mente, que le resulta difícil dejar de obedecer a sus viejos señores, le resulta difícil tomar decisiones, hacer algo por si mismo, disfrutar plenamente de su libertad, está demasiado acostumbrado a ser esclavo, las huellas de las cadenas puede que desaparezcan de su piel en poco tiempo, pero tardan mucho en desaparecer de su mente.

Así somos nosotros respecto a ese viejo hombre esclavo del pecado, acostumbrado a obedecerle, nos cuesta liberar nuestra mente, por eso también Pablo ora por los Colosenses y les dice:

Colosenses 1:9-10

9 …no cesamos de orar por vosotros, y de pedir que seáis llenos del conocimiento de su voluntad en toda sabiduría e inteligencia espiritual,10 para que andéis como es digno del Señor, agradándole en todo, llevando fruto en toda buena obra, y creciendo en el conocimiento de Dios;

En esto precisamente consiste el “disfrutar ahora” las cosas grandiosas que nos depara el futuro: en iniciar este círculo virtuoso, ser llenos del conocimiento de la voluntad del Señor para romper con los viejos hábitos y andar a partir de ahora agradando en todo a Dios y llevando abundante fruto, lo que nos llevará a crecer aún más en conocimiento de Dios.

Imagina que nunca has probado el chocolate, yo puedo describirte su dulzura, hablarte de su aroma a cacao, de las notas amargas del chocolate negro, pero tras leer la descripción, debes pasar a la práctica, meterte una onza en la boca y dejar que su funda, entonces te darás cuenta de que antes conocías la dulzura del chocolate en tu mente, ahora con la práctica tienes un conocimiento directo y mucho más intenso. Pues esto es lo que implica el pasaje que acabamos de leer, debemos llenarnos del conocimiento de la voluntad de Dios en toda sabiduría espiritual, y cuando llevemos su voluntad a la práctica en todo buen fruto, entonces creceremos aún más en conocimiento de Dios, aprenderemos a saborear a Dios realmente, y no sólo en teoría. Esta es una aventura maravillosa, que se prolonga por toda una vida. Pero que implica pasar de las palabras a los hechos, implica esfuerzo.

A veces os he oído decir a alguno: “estoy estancado en mi vida espiritual”, “no crezco”, “me doy cuenta de que estoy frío, no anhelo a Dios, leo en las Escrituras que la vida cristiana es gozo, es paz, aún en medio de la tribulación, es como un soplo de aire fresco, pero yo no siento nada de eso, todo se me hace cuesta arriba”.

Es como si te invitan a hacer una excursión, prometiéndote sensaciones maravillosas. Yo disfruté mucho cuando fui con GBU a Jaca y visitamos el parque natural de Ordesa, en el pirineo aragonés y caminamos por senderos de montaña, y bebimos agua fresca de los arroyos, y sentimos el aire helado de las alturas y contemplamos majestuosa en el horizonte la cumbre del Monte Perdido. Toda aquella aventura realmente refrescaba el alma y los sentidos. Pero podrían haberme dicho: “vente, sentirás el aire puro y fresco, se te llenará el alma de gozo”, y yo hubiera podido responder “de acuerdo, iré con vosotros”, pero luego en vez de ir quedarme en casa, sentado en el sillón, porque lo cierto es que hay que hacer un incómodo viaje en autobús, y dormir allí en una casa un poco destartalada compartiendo baño con 20 personas, en fin, como en casita en ningún sitio. Pero lo absurdo sería que más tarde yo dijese: “pues que raro, no siento nada, no huelo los pinos ni el aire de la montaña, no me siento refrescado ni en cuerpo ni en alma, esto de las excursiones es un timo, no funcionan”. Y tú me dirías: “Iñaki, no seas tarugo, si no te has levantado del sillón, si no has llegado hasta allí, no te has desprendido de nada, ni has dado los pasos necesarios para llegar allí, ¿cómo puedes quejarte de que no te sientes refrescado por el agua pura de los arroyos de montaña? ¡tienes que poner de tu parte!”

Pero queremos vivir nuestra vida, queremos arriesgar poco, queremos realizar nuestra vida a nuestro gusto, queremos disfrutar de la excursión pero sin movernos de casa, y claro, no funciona, no experimentamos nada, hasta tenemos la desfachatez de dudar de las promesas, pero caminar con Cristo exige fe, tienes que dejar algunas cosas de lado, para obtener cosas mejores, pero antes tienes que tener valor para dejar de lado lo que te estorba, eso implica esfuerzo, eso nos da miedo.

¿Y si no funciona? ¿Y si dejo lo que tengo y no obtengo nada a cambio? ¿Y si estos cambios en mi vida, en mis prioridades, en la organización de mi tiempo, sólo hacen mi vida más árida, más sin gracia, más cuesta arriba, y cuando vengan problemas, que vendrán, y si no viene el gozo prometido? Te aseguro que el enemigo te está susurrando al oído que es eso lo que va a suceder, que el Señor te va a defraudar. Esto es sencillamente una cuestión de fe, decimos que la tenemos, pero la fe se demuestra arriesgándonos.

Hebreos 11:6

6 Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan.

¿Crees que Dios será galardonador de tu fe? ¿O que te dejará tirado? Y no hablo en este momento de salvación, hablo de tener fe para intentar vivir una vida de santidad, para buscar y encontrar el gozo, para comprobar si esto funciona de verdad, pero no mediante el método absurdo de esperar a que te venga, sino levantándote a buscarlo? Si el Señor te ha animado un poco en esta mañana a quitarle el papel de plata al chocolate, y empezar a disfrutar ahora de la herencia prometida, de la vida en contacto con el Señor, entonces acompañame mientras termino en esta mañana con cuatro consejos muy prácticos para ayudarnos a buscar la santidad.

Hay una cosa que es importante que tengamos clara: La mayoría de nosotros sufre para dejar de pecar porque, como ya dije, estamos habituados a hacerlo, y siempre cuesta romper con un hábito, sea fumar, sea mentir, sea disimular, sea tener pensamientos impuros. Un hábito solo se corrige consiguiendo otro hábito. Por eso es necesario que disciplinemos y estructuremos nuestra vida hasta conseguir establecer nuevos hábitos: hábitos de santidad que nos permitan hacer realidad el consejo del apóstol:

Colosenses 3:5

5 Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros…

Cuatro consejos prácticos a este respecto:

1º Practica la repetición frecuente. Los hábitos se forman mediante la repetición frecuente. Precisamente por eso cuanto más pecamos, más inclinados estamos a pecar. Por lo tanto debemos esforzarnos sistemáticamente, en negativo, por adquirir el hábito de decirle no al pecado. Sabiendo que cuantas más veces le digamos no al pecado tanto más quebrantaremos nuestra vieja naturaleza y tanto más inclinados nos sentiremos a decirle no al pecado.

En positivo, necesitas adquirir el hábito de leer y meditar en las Escrituras. Quizá lo has intentado muchas veces y luego lo dejas al ver que no tienes mucho éxito. Ese es el error, ten fe en que cada vez te costará menos, hasta que no te cueste nada, hasta que necesites, anheles el momento de hacerlo, como ahora anhelas el momento de sentarte a ver la tele o a leer una revista.

Necesitas adquirir el hábito de orar. Busca un lugar silencioso, busca una hora del día, busca unos minutos del día, no tienen que ser muchos al principio, pero avisa a tu cónyuge, díselo a los niños, descuelga el teléfono: esos minutos son tuyos y de Dios, de nadie más. Repasa el día anterior, pídele a Dios que te ilumine las cosas que debes mejorar, repasa tu próximo día, entrega cada cosa al Señor, canta un himno en tu interior. Llegarás a anhelar, a suspirar por ese momento del día. Ahora no encuentras tiempo de hacerlo, cuando crees el hábito te encontrarás, en medio del ajetreo del día, diciendo:

Salmos 63:1-8

1 Dios, Dios mío eres tú;

De madrugada te buscaré;

Mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela,

En tierra seca y árida donde no hay aguas,

2 Para ver tu poder y tu gloria,

Así como te he mirado en el santuario.

3 Porque mejor es tu misericordia que la vida;

Mis labios te alabarán.

4 Así te bendeciré en mi vida;

En tu nombre alzaré mis manos.

5 Como de meollo y de grosura será saciada mi alma,

Y con labios de júbilo te alabará mi boca,

6 Cuando me acuerde de ti en mi lecho,

Cuando medite en ti en las vigilias de la noche.

7 Porque has sido mi socorro,

Y así en la sombra de tus alas me regocijaré.

8 Está mi alma apegada a ti;

Tu diestra me ha sostenido.

2º El segundo principio para quebrantar tus hábitos pecaminosos y crearte nuevos hábitos santos es de Perogrullo: No a las excepciones. Cada vez que permites una excepción, dejando de respetar tu lectura o tu oración, volviendo a caer en un hábito pecaminoso, refuerzas tus hábitos viejos y das varios pasos hacia atrás. El argumento de que esta será la última vez es un argumento engañoso y peligroso. Si hoy no eres capaz de cambiar, ¿por qué mañana, cuando hayas reforzado tu hábito pecaminoso, te será más fácil hacerlo? En el fondo sabemos que mañana nos resultará más difícil decir que no pero nos cuesta admitirlo.

Así que cuando sientas esa vocecilla dentro de ti diciéndote “sólo esta vez” responde con firmeza ¡es mentira! ¡mañana será más difícil, no más fácil! En cambio, si refuerzo un hábito santo, mañana será más fácil, no más difícil. Así que nada de excepciones.

3º El tercer principio es el siguiente: diligencia en todo. Es necesario ser diligente en todos los aspectos para poder tener éxito en cualquiera de ellos. No puedes decir esto se lo entrego al Señor, pero esto me lo reservo para mí. ¿Por qué? Porque si cedemos en un área de nuestra vida, no afectaremos solamente a esa área, sino también a todas las demás. Porque habrás debilitado tu voluntad de combatir el pecado, porque no habrás reforzado el hábito de la obediencia al Señor, sino que habrás reforzado tu costumbre de obedecer a tu viejo yo. La fe no se puede dividir en compartimentos estancos.

No te engañes, si estás oyendo la voz del Señor decirte: “esto, esto es lo que quiero para tu vida, esto es lo que quiero que hagas, este es el camino de la comunión conmigo y del descubrimiento del gozo”, y le dices al Señor: “no, eso me cuesta demasiado esfuerzo, esto no lo haré, ya hago otras cosas”, estás reforzando tu hábito de pensar y actuar sin fe, y esto afectará a todas las demás áreas de tu vida.

4º En cuarto y último lugar, si quieres destruir tu hábito de pecar y crearte hábitos santos, si quieres ser un buscador eficaz de santidad y de gozo, por paradójico que te parezca es importante que seas consciente de algo: fallarás, por lo tanto no te desanimes. Tendrás fracasos, pero la clave es no desalentarte ante los fracasos, porque eso es lo que quiere el enemigo. El enemigo te dirá, has fracasado, eres un fracaso, deja de intentarlo. Pero el Señor te dirá, has fracasado, pero no eres fracaso, sino un santo en proceso de formación, sólo fracasarás realmente si dejas de intentarlo, así que ponte en pie, y di a tu viejo yo una vez más: voy a repetir con frecuencia el decir no a los malos hábitos y sí a los buenos, no voy a permitir excepciones a esta regla y no voy a dejar ningún área de mi vida sin entregar al Señor. Si no me desaliento, mañana será más fácil, tendré más gozo, conoceré más a Dios y así lo anhelaré cada día un poco más.

Repetición frecuente, no a las excepciones, diligencia en todo y no al desánimo. ¡Vamos a disfrutar ahora! ¡No nos conformemos! ¡Seamos consecuentes con el cambio de reinos que se ha producido en nuestras vidas, vivamos con seguridad de salvación, en comunión con Dios, sin temer la correción y limpios y preparados para ser útiles a Dios. Que el Señor nos ayude, oremos.

Lectura de despedida:

Empezamos la predicación de hoy recordando que nosotros sí que tenemos grandes cosas esperándonos para el futuro, no cosas absurdas y perecederas como las que espera el mundo, sino la herencia gloriosa de los santos en luz, por eso terminemos recordando la exhortación del apóstol Pablo:

2 Corintios 7:1

1 Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios.

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Buscando la Santidad 3 Parte La santidad de Dios y la nuestra

Publicado por fielcristiano en julio 8, 2009

La santidad de Dios y la nuestra

Introducción

El domingo pasado, una de las cosas que vimos, es que el llamamiento a la santidad no es algo reservado a unos pocos entregados, sino un mandamiento que todo cristiano ha recibido, y mencionábamos como prueba de ello:

1 Pedro 1:14-16

14 como hijos obedientes, no os conforméis a los deseos que antes teníais estando en vuestra ignorancia;15 sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir;16 porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo.

Luego quisimos desterrar de nuestra mente una serie de malentendidos, más o menos conscientes, que son estorbos en nuestro crecimiento en santidad, considerando en primer lugar, que nuestra falta de santidad no es sencillamente un fracaso personal, sino un desprecio de la autoridad de Dios que nos ha dado el mandamiento a ser santos.

En segundo lugar, meditamos acerca del hecho de que la santidad no la alcanzaremos sin asumir nuestra responsabilidad personal, con esfuerzo de nuestra parte. Esto quiere decir que Dios ha puesto por su gracia los medios para caminar en ella, pero los pasos de ese caminar los tenemos que dar nosotros.

Y por último, en tercer lugar, meditamos en algo que nos va a introducir al tema de hoy, el hecho de que no debemos hacer en nuestra mente distinción entre pecados grandes o pequeños, sino meditar más bien en el Dios grande, majestuoso y santo, que prohíbe todo y cualquier pecado. Porque al final el dilema que se nos presenta, dijimos, es el mismo al que se enfrentaron Adán y Eva en el jardín del Edén. Y este: ¿Merece nuestro Dios ser obedecido en todo? ¿O por el contrario tenemos derecho a cuestionar sus decisiones y desobedecer sus mandamientos si lo consideramos más conveniente?

Tenemos que introducir bien en nuestra mente esto: Dios es un legislador santo, y no hay algo a lo que él llame pecado, que nosotros tengamos derecho a llamar de otra forma, ni siquiera “debilidad” o “pequeña concesión”. Es su carácter santo y su voluntad los que determinan lo que es pecado, y no nuestra apreciación, conveniencia, o cultura y época.

Prestemos atención a las palabras de la Escritura: sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir. El modelo de nuestra santidad no son, por supuesto, el concepto que tiene la sociedad de lo que es una buena persona, ni siquiera la idea que tenemos en la iglesia de lo que es un buen cristiano, no es la vida que pueda llevar cualquier otra persona, sino Dios mismo. como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos. Ese es el modelo de nuestra santidad, el propio Dios.

Y si nos vamos a tomar en serio esto, se nos hace imprescindible responder a la pregunta ¿Cómo es la santidad de Dios? Si ella va a ser nuestro modelo, necesitamos saber cómo funciona, en qué consiste el hecho de que Dios sea santo. Es imposible decir todo lo que sería necesario en este corto espacio de tiempo sobre un tema tan amplio, sólo tocaremos la superficie, pero en esta mañana intentaremos acercarnos un poco a la santidad de Dios, y ver un par de implicaciones para nosotros.

¿Cómo es la santidad de Dios?

Sin recurrir a definiciones teológicas, una forma muy ilustrativa de descubrir en qué consiste la santidad en Dios, radica en contrastar su carácter con el carácter humano. Si la santidad absoluta consiste en una perfección moral absoluta, un alejamiento absoluto del pecado, podemos ver esa santidad manifestándose en el carácter divino al pensar en estas tres diferencias entre él y nosotros:

En primer lugar: la absoluta santidad de Dios se manifiesta a través de su omnisciencia, es decir, del hecho de que Dios conoce todas las cosas y las conoce perfectamente. Dios conoce siempre y perfectamente aquello que es lo correcto. Dios nunca duda, ni se pregunta acerca de lo que es moralmente bueno, sino que lo sabe perfectamente y sin error de ningún tipo. En contraste, nosotros, desde nuestro conocimiento limitado, muchas veces dudamos, y no sabemos que escoger, necesitamos una guía, algo que ilumine nuestro entendimiento para poder discernir.

En segundo lugar: Los actos de Dios siempre son consecuentes con su carácter santo y su conocimiento de lo correcto, Dios nunca sabe que debe hacer una cosa pero hace la contraria, nunca traiciona su carácter, sino que es perfectamente confiable y coherente. En cambio, nosotros, a menudo somos inconsecuentes, sabemos lo bueno, pero no lo hacemos, reconocemos que deberíamos obrar de determinada manera, pero hacemos lo contrario, ni siquiera obramos conforme a lo que sabemos que somos nosotros mismos, sino que nos traicionamos y traicionamos lo bueno.

En tercer lugar: Una consecuencia de lo dicho anteriormente, es que Dios, sabiendo lo que es correcto y siendo perfectamente consistente con su carácter y conocimiento, siempre hace lo que es correcto, siempre escoge hacer aquello que es perfectamente adecuado, Dios siempre, sólo y perfectamente hace lo bueno. Sin embargo, nosotros, sabiendo o sin saber, consistentes o inconsistentes, lo cierto es que a menudo hacemos lo que no es correcto, hacemos lo malo.

Así es en palabras sencillas la santidad de Dios, siempre sabe lo que es bueno, siempre hace lo que es bueno y siempre es consecuente entre lo que sabe y lo que hace. Es un listón enorme. Quizá nos desanime. Pero en lugar de sentir desaliento ante el modelo de la tremenda santidad de Dios, debemos pensar que Su santidad, es un gran consuelo y seguridad para nosotros, y nos ayuda en nuestro caminar en busca de nuestra propia santidad. ¿Cómo es posible esto? ¿En que nos puede ayudar el hecho de que Dios sea tan perfectamente santo, en nuestra propia búsqueda de santidad?

Veamos algunas cosas:

En primer lugar, la santidad de Dios expresada en su conocimiento de lo correcto, la consistencia de su carácter y el hecho de que nunca hace lo que es incorrecto, nos lleva a tener la seguridad de algo muy importante: que Dios nunca es ni ha sido injusto con nosotros, ni nos ha tratado mal ni nos tratará jamás.

¿De qué forma nos ayuda este pensamiento a ser más santos? Sencillamente dándonos cuenta de que una de las fuentes más frecuentes de las que surge nuestro pecado, es la íntima convicción de que no estamos siendo tratados con justicia, de que no se nos está dando lo que merecemos, de que lo correcto para nosotros, lo bueno, lo que nos haría felices, no está en la voluntad de Dios, sino en algún otro lugar.

“Ah, Señor, pero mira qué mujer o marido tengo, si solamente pudiera estar con esta o este podría ser feliz, ella o él me trataría bien, me sentiría a gusto, me sentiría atraído. ¿Por qué se me niega la felicidad? Oh, Señor, si al menos tuviera un poco más de dinero, todo el mundo parece disfrutar de cosas que yo no tengo, es justo que me quede con esta cantidad ¿dónde pone que yo deba estar pasando necesidad mientras a los demás les sobra? Sólo esta vez Señor, me siento solo, estoy aburrido, me merezco un descanso, una gratificación, me merezco este pequeño placer, no aguanto más, me voy a volver loco si no lo hago.”

Ese, hermanos, fue también el corazón de la gran mentira del jardín Edén. La gran pregunta allí era si Dios era un Dios que merecía ser obedecido en todo, y la gran mentira fue la convicción sembrada por Satanás en nuestros padres, de que Dios no les estaba tratando justamente al negarles comer del árbol del conocimiento del bien y del mal. De esa duda, finalmente de esa convicción de que Dios les estaba negando injustamente algo bueno, nació el primer pecado. Piénsalo bien, porque tú has pensado lo mismo muchas veces, aunque quizá no lo hayas expresado con palabras, cada vez que tomaste algo de un árbol del que no te correspondía.

Por eso es esencial considerar la absoluta santidad de Dios, admitirla y admirarnos ante ella, aún en los momentos en que las cosas no parecen irnos bien, sabiendo que Dios siempre, siempre y consistentemente con su carácter santo, conoce, escoge y hace lo que es bueno. Por lo tanto nunca nos trata, ni nos tratará injustamente.

Pensad en algo, cuando nos quejamos de Dios, cuando anhelamos secreta abiertamente algo que Dios no nos quiere dar, o nos ha prohibido que tomemos para nosotros, lo que estamos haciendo es dudar de su santidad.

Piensa en alguna vez que lo hayas hecho, en alguna vez que hayas deseado algo a lo que Dios decía no, e incluso lo hayas tomado para ti. Puede ser un beneficio económico que no te correspondía, puede ser un placer sexual que no te correspondía, puede ser un mérito que no te correspondía, o librate de un prueba por la que debías pasar. Decidiste que tu vida iba a transcurrir por otro camino que el que Dios tenía pensado para ti en su voluntad, respetando sus mandamientos. ¿Qué es lo que le dijiste a Dios cuando decidiste no hacer su voluntad? Puede que no se lo dijeras con tu boca, pero tus hechos hablaron más fuerte que cualquier cosa que pudieses decir, incluso que tu alabanza en la iglesia, tus hechos dijeron: ¡Dios no es santo! Eso es lo que decimos todos cuando pecamos.

Pero es mil veces preferible negar la existencia de Dios, a decir de Dios que es injusto o malvado. Negar su existencia hace de Dios un no-Dios, un ser imaginario. Negar su santidad, acusarle de injusticia es transformalo en un ser aborrecible. Un pastor inglés del siglo XVII lo expresaba con estas palabras: “Es menos injurioso para Dios negar su existencia, que negar la pureza de su ser; lo primero hace que no sea Dios, lo segundo lo convierte en un Dios deformado, carente de amor y detestable… el que dice que Dios no es santo, dice algo mucho peor que el que dice que no hay Dios.

Dios es omnipotente, omnisciente, omnipresente etc. ¡pero sin santidad! Los arcángeles en el cielo cantan “Santo, santo, santo” porque ese es el atributo que mejor define la esencia de Dios. Te aseguro que no querríamos vivir en un universo controlado por un Dios omnipotente, que no fuese santo. Pero eso, tan terrible, es lo que estamos diciendo de hecho cuando dudamos de él y pecamos. Por eso Dios quiere santidad también en nosotros, quiere que seamos cómo él es.

Así que conocer la absoluta santidad de Dios, el modelo conforme al cual nosotros mismos hemos sido llamados a ser santos, en primer lugar contribuye e incentiva nuestra propia santidad, al hacernos confiar plenamente en su voluntad para nuestra vida.

Éxodo 15:11

11 ¿Quién como tú, oh Jehová, entre los dioses?

¿Quién como tú, magnífico en santidad?

En segundo lugar, conocer su absoluta santidad nos lleva a darnos cuenta del absoluto rechazo que él tiene que sentir hacia el pecado. El domingo pasado hablamos de la sensación de fracaso, de derrota personal que a veces sentimos frente a nuestros pecados, cuando en realidad, lo que debería importarnos es el quebrantamiento de la autoridad, del gobierno de Dios en nuestras vidas. Pero hay algo aún peor que fijarnos más en nuestro fracaso que en Dios: es llegar a coexistir pacíficamente con nuestro pecado. Porque hermanos, muchos de vosotros tenéis áreas en vuestra vida que son pecaminosas, en las que sabéis positivamente que no estáis haciendo la perfecta voluntad de Dios, sabéis que habéis bajado el listón, sabéis que os habéis desviado de la voluntad de Dios para vosotros y lo excusáis, habéis creado vuestros mecanismos mentales para aprender a vivir con ello durante años.

Pues bien, contemplar la magnífica santidad de Dios y contemplarla a menudo, debe sacudir tu conciencia hasta hacerte comprender que no compensas a Dios tu falta de obediencia en esa área de tu vida mediante tu asistencia al culto, o la alabanza o ni aún mediante la obediencia en otras cosas.

Salmos 5:4-6

4 Porque tú no eres un Dios que se complace en la maldad; El malo no habitará junto a ti. 5 Los insensatos no estarán delante de tus ojos; Aborreces a todos los que hacen iniquidad. 6 Destruirás a los que hablan mentira;…

Dios aborrece ese pecado en ti, y si comprendes lo que representa la santidad perfecta de Dios, en seguida te vas a dar cuenta de que no existe ni la más mínima posibilidad de que justifiques ante él ni las más pequeña desviación respecto a su voluntad. Dios dice sed santos en toda vuestra manera de vivir.

A veces nos decimos a nosotros mismos: “bueno, no seré perfecto, pero no está tan mal, hago lo que razonablemente puedo, muchos hacen menos que yo, está bien, podría entregarme más a Dios, pero Dios no se importará con esto, al fin y al cabo ya hago más que muchos”. Pero el Señor dice:

Salmos 97:10

10 Los que amáis a Jehová, aborreced el mal;…

Otras veces pensamos que estamos en una situación en nuestras vidas en la que no tenemos más remedio que desviarnos hasta cierto punto de la voluntad de Dios, simplemente lo que nos pide Dios no es razonable, lo que sentimos que deberíamos hacer va más allá de nuestras energías, o tiempo, o valor.

El rey Saul supo lo que era esto cuando se enfrentó por primera vez con el ejército filisteo. Sólo tenía seis mil hombres y el ejército enemigo era más de seis veces mayor. Antes de entrar en batalla Saul tenía que esperar siete días hasta que llegara Samuel para ofrecer sacrificios a Dios, pero el plazo pasó, y los israelitas empezaron a desertar, Saul veía a su ejército temblar y empezar a pensar que estaba en una situación sin salida. Finalmente decidió no esperar más y ofrecer el mismo los holocaustos que debía ofrecer Samuel. Al parecer, enfrentado al miedo y la deserción de su ejército se encontraba en una situación en la que no le quedaba más remedio que desobedecer las órdenes de Dios. Pero aquel mismo día el profeta Samuel llegó y le dijo:

1 Samuel 13:13

13 …Locamente has hecho; no guardaste el mandamiento de Jehová tu Dios que él te había ordenado; pues ahora Jehová hubiera confirmado tu reino sobre Israel para siempre.

Aquel día Saul perdió el reino, y déjame decirte que nosotros no nos hemos encontrado jamás en una situación ni la mitad de apurada que Saul aquel día. Parecía no tener otra opción que pecar, pero lo cierto es que no hay alternativa posible a obedecer la voluntad de Dios para ti.

Nuestro Dios santo aborrece el pecado, aborrece nuestros pensamientos lujuriosos, aborrece nuestra pereza en servirle, aborrece nuestras envidias, nuestras mentiras, aborrece nuestros razonamientos falsos que nos autojustifican para no vivir vidas más consagradas a él. Aborrece que pensemos que, de alguna forma, nosotros seremos la excepción a la regla, nuestra iniquidad pasará desapercibida:

Salmos 36:1-2

1 La iniquidad del impío me dice al corazón:

No hay temor de Dios delante de sus ojos.

2 Se lisonjea, por tanto, en sus propios ojos,

De que su iniquidad no será hallada y aborrecida.

Pero Saul perdió el reino por no obedecer a Dios. David, un hombre conforme al corazón de Dios, pecó contra Urías y se le dijo:

2 Samuel 12:10

10 Por lo cual ahora no se apartará jamás de tu casa la espada, por cuanto me menospreciaste, y tomaste la mujer de Urías heteo para que fuese tu mujer.

A Moisés, por un solo acto de incredulidad, no se le permitió entrar en la tierra de Canaán, a pesar de sus muchos años de servicio y obediencia. Algunas veces jugamos con la tentación, abrigando en nuestro interior el pensamiento de que siempre podremos arrepentirnos y pedir perdón posteriormente, y todo volverá a ser igual con Dios. Sí, esto es cierto, Dios perdona, nos vuelve a dar comunión con Él, pero eso no significa que nos libre de todas las consecuencias de nuestro pecado, ni que deje de disciplinarlos, ni que no cumpla sus advertencias de castigo. Esta forma de pensar resulta sumamente peligrosa, porque Dios jamás pasa por alto nuestro pecado, su santidad se lo impide, Dios aborrece el pecado intensamente, dondequiera que lo encuentra, pero en aquellos que él ha llamado a ser santos, a vivir por lo tanto en la gloria con él, no lo tolerará, no lo dejará estar, hará lo necesario disciplinándonos y quebrantándonos, hasta que abramos los oídos, oigamos su reprensión y nos apartemos del pecado.

Conclusión

En definitiva, hermanos, Dios no es como nosotros, él es absolutamente santo, y su santidad, en primer lugar nos asegura que podemos confiar en él, y en las circunstancias que él permite en nuestra vida. Buscar para nosotros algo distinto, escoger para nuestra vida otra cosa que no la voluntad de Dios, es peor que negarle, es decirle que no es santo.

En segundo lugar, —aunque nuestra motivación principal a la santidad es, desde luego, el amor de Dios, su obra en nosotros, el agradecimiento que sentimos, la esperanza firme y cierta de la vida eterna, de las promesas del mundo venidero, del nuevo cuerpo que nos espera en unos nuevos cielos y una nueva tierra, del hecho de saber que mucho mayor gozo, paz, felicidad en cumplir la voluntad de Dios que en cualquier cosa que pueda ofrecer el pecado— no es menos bíblico motivarnos a la santidad meditando en el profundo aborrecimiento que le causa a Dios nuestro pecado. De una profundidad proporcional a su propia santidad, es decir, Siendo infinitamente santo, nuestro pecado le causa un aborrecimiento infinito.

Examinemos entonces nuestras vidas y veamos en qué áreas de nuestra vida nos hemos acostumbrado a vivir con el pecado. Qué cosas son aquellas que estamos haciendo o dejando de hacer, aunque sabemos que no se ajustan a la voluntad de Dios. Cuáles son las excusas que estamos utilizando para seguir desobedeciendo, para decirnos a nosotros mismos que no tenemos otro remedio, o tiempo, o fuerzas, o posibilidad.

¿Acaso pensamos que Dios se conformará en coexistir pacíficamente con nuestra falta de obediencia, como si no le importara el pecado? ¿Hemos olvidado pensar en qué consiste su santidad? ¿Pensáis que podéis seguir año tras año escuchando en las Escrituras a Jesús llamaros a una vida santa, de autonegación, de renuncia, de tomar vuestra cruz, por amor al reino de Dios y por alcanzar un gozo muy superior, y no hacer nada, y no entregarle vuestras vidas, y seguir reservándoos para vosotros áreas de vuestro tiempo, áreas de comodidad, áreas de alejamiento de su voluntad sin que pase nada? Pensáis que vuestras vidas son todo lo que Dios querría de vosotros, pensáis que esta iglesia es todo lo que Dios quiere que sea una iglesia, y pensáis que Dios se conformará con algo menos de lo que es perfectamente bueno y santo. No sin dejar de ser santo él mismo. No os engañeis. La santidad de Dios no va a dejar de aborrecer el pecado en nosotros sólo porque nosotros nos hayamos acostumbrado a él.

Debemos tomarnos en serio el estándar de la santidad de Dios si queremos ser auténticos discípulos de Cristo. Recordad, los que resguardan su vida en vez de entregarla a Dios, la desperdician. Los que pierden su vida por causa del reino, en realidad encuentran una vida mucho más plena, gozosa y satisfactoria, con pruebas, y esfuerzo y sacrificio, en obediencia, pero con una paz de espíritu y un gozo inefable que sólo tienen aquellos que andan en íntima comunión con un Dios santo.

Oremos.

Lectura de despedida:

1 Juan 2:4-6

4 El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él;5 pero el que guarda su palabra, en éste verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado; por esto sabemos que estamos en él.6 El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo.

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© Iñaki Colera Bernal - Puedes utilizar este sermón para tu uso personal y reproducirlo, citando su procedencia y autor, siempre que no lo alteres ni busques ningún beneficio económico con ello. “…de gracia recibisteis, dad de gracia” Mateo 10:8b – Si el sermón te ha sido útil, me gustaría saberlo, envíame una nota a

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Buscando la santidad 1 Parte

Publicado por fielcristiano en julio 8, 2009

Buscando la santidad

Introducción [1]

Cuantas veces os ha pasado tras un momento de oración, después de un culto, después de hacer vuestro devocional, cuando os sentíais caminando en las alturas con Dios, y teníais auténticos deseos de ser santos, que de repente todo vuestro gozo, toda vuestra comunión con Dios, se ha visto destruida en un instante, al poneros unos minutos detrás del volante, o al ver que tus hijos o tu cónyuge vuelven a hacer o decir aquello que te molesta tanto, o porque justo después de estar orando llama por teléfono esa persona tan irritante y todos tus buenos sentimientos se van a hacer gárgaras en un momento, o porque vuelves a caer en un hábito pecaminoso del que parece que no puedes librarte. ¿Has tenido esta experiencia? ¿Cómo es posible esto? No se supone que:

Romanos 6:14

14 …el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia.

Sin embargo, con frecuencia somos vencidos tan fácilmente por conductas pecaminosas, a veces incluso pocos minutos después de haber estado orando o leyendo la Biblia, que la sensación es de que aún somos esclavos del pecado. ¿No deberíamos ser más santos?

Análisis del tema

La palabra santo aparece más de 600 veces en la Biblia, y tenemos un libro que está dedicado completamente a las normas de santidad bajo el Antiguo Pacto, Levítico, pero sobre todo tenemos un mandamiento de Dios respecto a la santidad:

Levítico 20:7

7 Santificaos, pues, y sed santos, porque yo Jehová soy vuestro Dios.

Mandamiento repetido bajo el nuevo pacto en 1 Pedro:

1 Pedro 1:14-16

14 como hijos obedientes, no os conforméis a los deseos que antes teníais estando en vuestra ignorancia;15 sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir;16 porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo.

Así que tenemos el mandamiento, lo que nos deja aún más preocupados: ¡quiero ser santo! ¿Cómo podemos ser santos? Hay muchas falsas ideas al respecto. Hay quien considera que ser santo equivale a guardar una lista de cosas, a menudo externas, que se deben y que no deben hacer que, a menudo, varían dependiendo del grupo al que se pertenezca (no beber, no fumar, ir al culto, ofrendar, etc.) Quien hace esto a menudo acaba albergando un sentimiento de superioridad respecto a los que no guardan esas reglas del grupo, y suele descuidar la actitud interna del corazón.

Otra visión de la santidad intentaría ir más allá del cumplimiento de una serie de normas externas de comportamiento, pero nos diría, y no sin parte de razón, que ser santo consiste en ser de una perfección moral absoluta, no tener pecado de ningún tipo. Esto es ciertamente así en el caso de Dios, pero en el caso de los cristianos, a día de hoy, esta idea de santidad provoca una gran frustración cada vez que se enfrenta a la evidencia de nuestro pecado diario. Si esta es la única idea de santidad, o los cristianos del Nuevo Testamento, a los que la Biblia llama santos, eran unos seres superiores, muy diferentes a nosotros, o entonces ser santos, para ellos, no podía ser algo del mismo tipo que lo que aplicamos a Dios, cuando decimos que Dios es santo.

Ahora bien, ciertamente ser santo es ser moralmente sin mancha, estar separado del pecado y por tanto consagrado a Dios. Vivir una vida santa es vivir en conformidad con los preceptos morales de la Biblia y en contraste con las maneras pecaminosas del mundo. La diferencia entonces entre la cualidad de santo que expresamos respecto a Dios y la que se expresa para los cristianos, es sencillamente que Dios es santo en términos absolutos, mientras que los cristianos son santos en tanto que han sido llamados a apartarse para Dios y a apartarse de la contaminación del pecado y vivir una vida sin mancha. Somos, por lo tanto santos, como los creyentes a los que escribían los apóstoles, en términos relativos, en tanto que llamados a la santidad, santificados progresivamente mediante nuestro alejamiento, cada vez mayor, del pecado.

Pero entonces, si este alejamiento del pecado es la santidad y si esto debería caracterizar la vida cristiana, hasta el punto de que los cristianos son conocidos como los santos que están en las distintas iglesias locales, entonces ¿por qué no experimentamos más santidad en nuestra vida diaria? ¿Por que hay tantos cristianos que se sienten constantemente derrotados en su lucha diaria con el pecado?

Los próximos domingos, Dios mediante, vamos a hablar del tema de la santidad. Es un tema que como cristianos nos interesa, nos interesa y mucho, no es algo de beatas, ni de gente fanática o ñoña. No, es nuestro deseo, y es nuestro gozo. Yo creo que como cristianos no hay nada que anhelemos más con excepción de al propio Dios: ser santos, sólo querer y sólo hacer perfectamente lo que es la voluntad de Dios. Ahí está la suprema felicidad, el supremo gozo. No tener mayor tesoro que Dios, y por lo tanto no desear otra cosa en este mundo que lo que desea Dios. Hacer nuestras esas palabras del salmista:

Salmos 73:25

25 ¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti?

Y fuera de ti nada deseo en la tierra.

Para empezar, en esta mañana queremos exponer tres razones que están en la base del hecho de que tantos cristianos no sientan que una vida de santidad está formando ya parte de su experiencia diaria como cristianos. Tres malentendidos muy comunes, que hacen que nos estanquemos, que no experimentemos progreso en esa área absolutamente fundamental de nuestra vida cristiana.

Para empezar, tenemos un problema con nuestra actitud frente al pecado. ¿Qué problema es este? Sencillamente que nuestra actitud hacia el pecado en vez de estar centrada en Dios, está centrada en nosotros mismos. Nos preocupa más nuestra propia victoria sobre el pecado que el hecho de que el pecado sea una ofensa a Dios, un insulto a su santidad.

Me explico. Nos molesta el pecado principalmente porque nos produce una sensación de fracaso personal, y todos nosotros, desde primero de primaria, al menos antes de alguna reforma educativa, hemos sido educados pensando en el éxito, en la superación personal. Así que lo que frustra es ver que fallamos en conseguir nuestros objetivos, pero lo que de verdad debería molestarnos del pecado es no tanto que muestre nuestro fracaso, sino que ofende profundamente a Dios.

Debemos comprender que al pecar, son las leyes de Dios las que rompemos, no las nuestras. Es la autoridad de Dios, de nuestro creador, la que despreciamos, no la nuestra. Deberíamos fijarnos menos en lo decepcionados que nos quedamos con nosotros mismos y aprender más de la actitud del hijo pródigo:

Lucas 15:21

21 Y el hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo.

O de la actitud de David:

Salmos 51:4

4 Contra ti, contra ti solo he pecado,

Y he hecho lo malo delante de tus ojos;

Sólo cuando aprendemos a despojarnos de nuestra visión egocéntrica de la vida, y empezamos a interiorizar que el problema del pecado no es el disgusto que me provoca, la sensación de derrota con que me deja, sino la ofensa que lanza contra nuestro creador, el menosprecio con que trata la sangre de Cristo derramada en la cruz, sólo entonces, ponemos el foco debe estar, y nos empezamos a preparar para luchar con efectividad contra el pecado.

El segundo problema es que hemos malentendido lo que significa vivir por fe. Como si una vez convertidos, una vez perdonados nuestros pecados y justificados por la gracia de Dios en Cristo Jesús, la santidad viniese sin ningún esfuerzo por nuestra parte.

Hay incluso algunos líderes evangélicos que le explican a la gente que si han fracasado en llevar una vida de santidad, es porque se esforzaban en conseguirlo por sus propios medios, pero lo que tenían que hacer era dejar de esforzarse y entregarle su vida a Dios, y pedir que Dios les diese la victoria en él por fe. Todo esto suena muy espiritual, pero se olvida fácilmente que la victoria es producto de la obediencia.

Dios nos llama a que andemos en obediencia, no en victoria. La victoria viene como resultado de andar en obediencia. Es fácil ver el problema de esta actitud cuando nos damos cuenta de que, una vez más, el foco de la obediencia es Dios, mientras que el foco de la victoria somos nosotros mismos, y esconde una actitud centrada en el yo que puede ser la raíz de nuestra falta de habilidad para derrotar al pecado. Oramos pidiendo a Dios que nos dé victoria sobre el pecado, cuando lo que deberíamos hacer es andar en obediencia.

Es hora ya, si queremos que la santidad sea una experiencia más común en nuestra vida, que nos enfrentemos al hecho de que tenemos una responsabilidad personal en nuestro andar en santidad. Tenemos la responsabilidad de rechazar en nuestra vida diaria aquellos hábitos pecaminosos que nos impiden caminar en la voluntad de Dios.

Un agricultor ara su campo, lo siembra con semilla, le hecha fertilizante y lo cuida, y sin embargo es consciente en todo momento de que, en última instancia, depende por completo de fuerzas ajenas a si mismo para obtener una buena cosecha. No puede hacer que la semilla germine, ni puede hacer que la lluvia caiga, ni puede controlar a las nubes para que permitan que pase la suficiente luz del sol. Para conseguir una buena cosecha tendrá que depender de estas cosas, que están en las manos de Dios.

Sin embargo, el agricultor sabe que, a menos que actúe con diligencia respecto a sus responsabilidades, que are el campo, lo plante, lo fertilice, no obtendrá una cosecha en su debido momento. Tiene que trabajar en colaboración con Dios, y segará ciento por uno siempre que haya cumplido con su propios deberes. El agricultor no puede hacer lo que Dios tiene que hacer, y Dios no va a hacer lo que el agricultor debería hacer para tener éxito.

Lo mismo podemos decir de la búsqueda de santidad, debemos trabajar junto con Dios. Jamás lograremos la santidad si Dios no está obrando en nuestras vidas, pero podéis estar seguros de que no vais a lograr un crecer un centímetro en santidad sin algún esfuerzo de vuestra parte. Dios hace posible en nuestra vida el andar en santidad, pero nos ha dado la responsabilidad de andar a nosotros, no va a caminar el por nosotros.

¿Y la fe, entonces la fe no tiene parte en nuestra vida diaria, en la búsqueda de la santidad? Desde luego que sí, a través de la obediencia, porque la obediencia que impulsa, que capacita al cristiano para hacer la voluntad de Dios es una obediencia de fe: fe en que las promesas de Dios son mucho más satisfactorias que las promesas del pecado, fe en que los tesoros que hay en Dios son mucho más valiosos que cualquier recompensa transitoria del pecado, fe en que el gozo que se encuentra en hacer la voluntad de Dios y tener comunión con él, es mucho más satisfactorio que cualquier placer temporal y engañoso que se obtenga con el pecado. Esa fe nos impulsa con gozo a la obediencia, y la obediencia produce en nosotros victoria en Cristo Jesús.

Así que, en primer lugar, debemos dejar de pensar en términos de fracaso personal, y empezar a pensar más en a quién estamos desobedeciendo y afrentando. En segundo lugar, debemos asumir nuestra propia responsabilidad y esforzarnos por ser santos. Y en tercer lugar, debemos tomarnos seriamente el problema del pecado.  Por lo general, lo que hemos hecho es clasificar los pecados en aquellos que son intolerables y otros que pueden tener una cabida razonable dentro de lo que es una vida cristiana.

Si, adulterar es pecado, pero ver un programa un poco inmoral en la tele, de vez en cuando, y considerando que no ponen otra cosa, y que el resto de la programación es un rollo, pues no tiene importancia. Desde luego, estafar a alguien es inaceptable, pero una pequeña mentira, un silencio que te permite librarte de una situación incómoda, tampoco pasa nada. Robar de la ofrenda sería colmo, pero recibir una cantidad en dinero negro, pero si todo el mundo lo hace. Pero es nuestra falta de compromiso con Dios en las pequeñas cosas, o las cosas aceptadas por la sociedad, la que nos va empujando poco a poco hacia grandes caídas.

Pensemos, por ejemplo, en las leyes sobre alimentos que había bajo el Antiguo Pacto. Yo quiero hacer algo inusual en esta mañana, este no es un texto que se suela comentar, pero quiero que leamos todos un texto, y un texto un poco largo, quiero que sintáis bien el impacto de lo que voy a decir:

Levítico 11:9-24

9 Esto comeréis de todos los animales que viven en las aguas: todos los que tienen aletas y escamas en las aguas del mar, y en los ríos, estos comeréis.10 Pero todos los que no tienen aletas ni escamas en el mar y en los ríos, así de todo lo que se mueve como de toda cosa viviente que está en las aguas, los tendréis en abominación.11 Os serán, pues, abominación; de su carne no comeréis, y abominaréis sus cuerpos muertos.12 Todo lo que no tuviere aletas y escamas en las aguas, lo tendréis en abominación.

13 Y de las aves, éstas tendréis en abominación; no se comerán, serán abominación: el águila, el quebrantahuesos, el azor,14 el gallinazo, el milano según su especie;15 todo cuervo según su especie;16 el avestruz, la lechuza, la gaviota, el gavilán según su especie;17 el búho, el somormujo, el ibis,18 el calamón, el pelícano, el buitre,19 la cigüeña, la garza según su especie, la abubilla y el murciélago.

20 Todo insecto alado que anduviere sobre cuatro patas, tendréis en abominación.21 Pero esto comeréis de todo insecto alado que anda sobre cuatro patas, que tuviere piernas además de sus patas para saltar con ellas sobre la tierra;22 estos comeréis de ellos: la langosta según su especie, el langostín según su especie, el argol según su especie, y el hagab según su especie.23 Todo insecto alado que tenga cuatro patas, tendréis en abominación.

24 Y por estas cosas seréis inmundos; cualquiera que tocare sus cuerpos muertos será inmundo hasta la noche,

De este animal puedes comer, de este otro no, si lo comes eres inmundo, pero sólo hasta la noche, ¿pero de verdad tiene importancia todo esto? Un teólogo, comentando estas leyes, escribe:

No es la importancia intrínseca de estas cosas, sino la majestad del legislador, la que debe determinar nuestro estándar de obediencia. Algunos pueden considerar estas reglas minuciosas y arbitrarias como algo trivial e insignificante. Pero en lo que respecta a la obediencia o la desobediencia, hay en juego un principio, un principio que es el mismo que fue puesto a prueba en el jardín del Edén, a la sombra del árbol prohibido. El principio es este: ¿Debemos obedecer al Señor en todas las cosas, no importa lo que nos mande? ¿Es Dios un legislador santo? ¿Tienen sus criaturas el deber de conformarse plenamente a su voluntad?

¿Estamos dispuestos a llamar al pecado “pecado” no porque sea grande o pequeño sino porque es contrario a la voluntad de Dios? Si vamos a vivir una vida santa, no podemos hacer categorías de pecados. Sencillamente, Dios no lo permite.

Otros domingos trataremos, Dios mediante, con más profundidad y desde otros ángulos estos tres tipos de problemas, pero esta semana me gustaría que meditaseis y pusieseis en vuestro corazón estas sencillas tres cosas:  ¿Estoy dispuesto a empezar a ver el pecado como una ofensa contra Dios, en vez de solamente como un fracaso personal?  ¿Estoy dispuesto a asumir toda mi parte de responsabilidad en la lucha contra el pecado, sabiendo que aunque dependo de la gracia de Dios, es necesario mi esfuerzo diligente? ¿Estoy decidido a obedecer a Dios en todas las áreas de mi vida, no importa lo insignificantes que le puedan parecer al mundo o a mí mismo, considerando cada transgresión no por su importancia intrínseca, sino por la importancia de Dios, quien ha prohibido ciertas cosas?

Quisiera lanzaros ese desafío personal, que me lanzo también a mí mismo. Quiero meditar en estas tres cosas durante esta semana. En las próximas semanas vamos a seguir hablando de santidad, y te desafío a asistir fielmente los próximos domingos, y a embarcarte conmigo en un esfuerzo renovado por buscar la santidad, y tener más y mejor comunión con Dios. Si lo aceptas, puedes coger a la salida una de las notas donde están apuntadas las tres preguntas. Ahora vamos a orar.

Lectura de despedida:

Salmos 96:7-9a

7 Tributad a Jehová, oh familias de los pueblos,

Dad a Jehová la gloria y el poder.

8 Dad a Jehová la honra debida a su nombre;

Traed ofrendas, y venid a sus atrios.

9 Adorad a Jehová en la hermosura de la santidad;…

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[1] El contenido de esta serie de sermones esta basado en The Pursuit of Holiness, por Jerry Bridges. NavPress, 2006.


© Iñaki Colera Bernal - Puedes utilizar este sermón para tu uso personal y reproducirlo, citando su procedencia y autor, siempre que no lo alteres ni busques ningún beneficio económico con ello. “…de gracia recibisteis, dad de gracia” Mateo 10:8b – Si el sermón te ha sido útil, me gustaría saberlo, envíame una nota a

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La única prioridad

Publicado por fielcristiano en julio 8, 2009

La única prioridad

Introducción

Nos acercamos hoy a un pasaje de la palabra muy breve, muy curioso y que contiene una verdad sencilla que a menudo pasamos por alto. Pero atención, no por ser sencillo el mensaje que contiene el pasaje, es menos importante para nuestra vida. Muy al contrario, si simplemente prestáramos atención a aquello que nos remarca Jesús en él, si no los tomáramos en serio y lo pusiéramos en práctica, la vida de muchos de nosotros se revolucionaría. Empezaríamos a crecer y madurar en nuestra vida cristiana como quizá no lo hemos hecho desde los primeros meses tras nuestra conversión.

Es un pasaje sencillo, se entiende perfectamente, y parafraseando lo que dijo una vez un escritor famoso podríamos comentar: lo que me preocupa de la Biblia no son aquellos pasajes difíciles que me cuesta entender, sino al contrario, lo que me preocupa de la Biblia es que la inmensa mayoría de su mensaje es muy claro, y lo entiendo perfectamente.

Prestemos atención porque vamos a entender perfectamente lo que nos dice el Señor, y como el escriba del pasaje que vimos hace dos semanas, nos quedaremos sin excusas, ¿qué haremos después de escucharlo? Veamos.

Análisis del pasaje

Nuestro texto empieza, efectivamente, tras la historia del buen samaritano. Jesús sigue en su camino hacia Jerusalén y se acerca ya a una corta distancia de la ciudad, a la aldea de Betania, que es donde sabemos por el evangelio de Juan que vivían Marta, María y Lázaro:

Lucas 10:38

38 Aconteció que yendo de camino, entró en una aldea; y una mujer llamada Marta le recibió en su casa.

En aquellos tiempos era muy común alojarse en casa de un particular al viajar de un lugar a otro, ya que no existían tantas facilidades para el viajero como actualmente, y vemos que Marta se dispone a recibir en su casa a Jesús. Aunque el versículo habla en singular, de recibirle en su casa, la construcción griega del principio del versículo indica una que quienes iban de camino eran una pluralidad de personas. Es decir, cuando se habla de recibir a Jesús seguramente se hace así por tratarse obviamente de la persona más importante, pero Marta habría recibido en su casa seguramente a Jesús más al menos sus doce discípulos más cercanos y quién sabe si además otras personas. Esto nos ayudará a comprender lo atareada que estaba. Pero antes de hablar de Marta veamos lo que hizo su hermana:

Lucas 10:39

39 Esta tenía una hermana que se llamaba María, la cual, sentándose a los pies de Jesús, oía su palabra.

La actitud de María es muy poco común, cuando un maestro enseñaba a un grupo de personas generalmente los que le escuchaban se sentaban en sillas o en bancos a su alrededor, con una excepción, sus discípulos, aquellos que realmente seguían y estaban en un proceso de aprender de su maestro para convertirse en maestros ellos mismos, estos se sentaban a sus pies. Esto es exactamente lo que hace María, y lo hace en el contexto de una sociedad que con frecuencia excluía a la mujer del aprendizaje. Los que asistieron la escena y los lectores judíos de Lucas, seguramente se mostrarían sorprendidos al ver que Jesús había consentido tal cosa. Pero así sucedió, María, y más en aquellos tiempos sin medios de comunicación rápidos, sin tantas facilidades como tenemos hoy, no quiso desaprovechar la oportunidad de aprender del famoso maestro durante unas preciosas horas que quién sabe cuando se iban a repetir o incluso si se iban a volver a dar, y allí se sentó a los pies de Jesús, a escuchar su palabra.

Lucas 10:40

40 Pero Marta se preocupaba con muchos quehaceres, y acercándose, dijo: Señor, ¿no te da cuidado que mi hermana me deje servir sola? Dile, pues, que me ayude.

La palabra quehaceres tiene una connotación en griego que nos induce a pensar que se estaba preocupando, entre otras cosas, en tareas relacionadas con la necesidad de hacer de comer para Jesús y sus discípulos. ¿Hay algo malo en ocuparse con esto? En absoluto, podemos pensar que es un deber elemental de hospitalidad. Llega, quizá de improviso, un grupo grande de gente a tu casa y tienes que prepararlo todo, disponer los utensilios que se van a utilizar, con la dificultad añadida en aquellos tiempos de preparar el fuego, cocer panes, hacer gran cantidad de alimento. Cualquier ama de casa incluso hoy entiende perfectamente lo que sintió Marta ante esta situación.

Sin embargo, había algo mientras preparaba las cosas que la estaba corroyendo por dentro, era la actitud de su hermana María. Mientras ella trabajaba para atender a los invitados, ella estaba allí tan pancha, sentada como un chico, como un discípulo, a los pies de Jesús escuchándole. ¡Qué actitud tan egoísta, qué cara más dura! Pero eso no era todo, como si fuera poco encima a Jesús parecía no importarle. Y entonces, eso de trabajar mientras los demás se dedicaban a escuchar a Jesús fue acumulando rabia en su interior.

¿Has sentido alguna vez ese proceso? En los dibujos animados es un pequeño demonio vestido de rojo que se te sube aquí, en el hombro, y te empieza a susurrar en el oído: “no hay derecho, que poca vergüenza, es como para darle un grito María delante de todos, y a nadie parece importarle, ni siquiera a Jesús, abusan de mí, me toman por el pito del sereno, pero claro, cuando llegue la hora de comer todos se llenará la panza tan felices y nadie se acordará de que yo he estado aquí trabajando como una burra mientras ellos charlaban, ¡menudo morro!”.

¿Has sentido esto alguna vez? Seguro que sí, y sientes como el resentimiento va creciendo en tu interior, hasta que pierdes el temor de montar una escena, no aguantas más y vas a cantarle las cuarenta al culpable, ¡y resulta que el culpable es principalmente Jesús! María también, desde luego, pero el colmo es que Jesús no diga nada:

Señor, ¿no te da cuidado que mi hermana me deje servir sola? Dile, pues, que me ayude.

Es tremendo, nosotros regañando a Jesús, ¿te imaginas? “Eh, tú, ven aquí, se puede saber qué haces, ¿estás tonto o qué?” Al santo, santo, santo, que hizo todas las cosas y las sostiene en su existencia ¡tremendo! La respuesta de Jesús, con la doble repetición de su nombre, transmite mucha paciencia y ternura:

Lucas 10:41

41 Respondiendo Jesús, le dijo: Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas.

¿Acaso no es esta una buena definición de nuestras vidas? Afanados y turbados con muchas cosas. Insisto, ¿cosas malas? No, al menos no necesariamente, como no lo eran las cosas que afanaban y turbaban a Marta. Al contrario, el afán de Marta era sencillamente el servicio, su deseo de servir y agradar a los demás, lo que la turbaba era ver que su hermana no se afanaba en ayudar como ella y le turbaba también la visión de la injusticia, que unos sirven, trabajan se esfuerzan, y otros aparentemente se aprovechan de los esfuerzos de los demás. ¿No es fácil sentirse identificado con el pensamiento de Marta? Por eso es más sorprendente y demoledora la respuesta de Jesús:

Lucas 10:42

42 Pero sólo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada.

Querida Marta, todas esas cosas por las que te afanas, que persigues en tu día a día puede que sean buenas, importantes, pero déjame decirte que tan solo una cosa es realmente necesaria, tan sólo una cosa realmente no se puede dejar para más tarde, en tu lista de prioridades tan sólo hay una cosa que debería ocupar el primer puesto sin cedérselo a nada más: sentarse a los pies de Dios para aprender la Palabra. María ha escogido lo bueno y no le será quitado por más que te parezca a ti que se está cometiendo una gran injusticia.

Reflexionemos, démonos cuenta de lo que está diciendo Jesús porque nosotros no actuamos así. Al contrario, con frecuencia nuestro tiempo de lectura de la Palabra de Dios, de meditación, de oración, las reuniones de la iglesia en las que se escucha la Palabra de Dios y se tiene comunión con él, están en un lugar secundario en nuestras prioridades. Antes viene hacer la comida, arreglar el coche, salir de vacaciones, ver la película, hacer horas extras, cuidar a los niños,… ¡un momento! Decimos, a veces hay que hacer esas cosas, son cosas importantes. Desde luego que lo son, pero lo que nos quiere decir Jesús está tan claro, como decía al principio el problema con ciertos pasajes de la Biblia no es que no los entendamos, es que los entendemos demasiado bien: Todas esas cosas son importantes, pero no son la prioridad de nuestras vidas, sólo hay una cosa verdaderamente NECESARIA con mayúsculas, algo ante lo cual todo lo demás puede ceder, se puede hacer en otro momento: sentarse a los pies de Dios a escuchar su palabra y preguntarle, que es meditar en la Palabra de Dios y orar.

Tan sencillo como esto. Resulta que para Jesús era preferible aprovechar la oportunidad de sentarse a sus pies, que haber comido cualquier cosa fría más tarde o haberse marchado sin comer. Sencillamente, hay una sola cosa importante en la vida, todo lo demás viene después, incluso diríamos que viene como consecuencia de ello. Sólo cuando uno da la prioridad en su vida a Dios, puede luego servir a los demás y ocuparse de las demás cosas como debe.

Esto me recuerda a lo que cuentan de algunos grandes hombres de Dios del pasado y de la importancia que daban al tiempo pasado en oración y lectura de la Palabra. Uno de ellos, especialmente ocupado y agobiado con mil asuntos, solía decir en los momentos en que se encontraba especialmente requerido por mil asuntos: hoy tengo muchísimas cosas que hacer, así que he decidido pasar las primeras cuatro horas del día en oración. Esa es la perspectiva de Jesús, esa fue la decisión de María y esa es la revolución en nuestras prioridades a la que nos exhorta este breve y precioso pasaje de la Palabra de Dios que entendemos demasiado bien. ¿Qué haremos con él?

Dicho esto, ha llegado el momento de saquemos a mencionar nuestro almacén de excusas, además en unos cuantos minutos seguro que podemos encontrar unas cuantas situaciones en las que dar prioridad a venir a la iglesia, a sentarnos en casa con nuestra Biblia a leer, a dedicar un tiempo a orar, tendría resultados catastróficos. Pero no necesitáis que venga Jesús en persona para recordaros que son cuentos, que podéis organizar vuestra vida de otra forma de manera que lo prioritario, que lo único realmente necesario, pueda ser atendido, que por supuesto que hay momentos en que hay que hacer otras cosas, pero que el tiempo dedicado al Señor nunca puede faltar sin que suponga daño para nosotros mismos y los que nos rodean.

Antes de que el resto de nuestras actividades pueda tener sentido, necesitamos escuchar a Dios, necesitamos bañar nuestros planes en oración, necesitamos dar prioridad a las oportunidades de comunión con Dios, para luego poder servir adecuadamente.

Madres, enseñáis a vuestros hijos a ser educados, a lavarse las manos antes de las comidas, los alimentáis, cuidáis su salud física, procuráis que hagan los deberes, ¿y no les enseñaréis, empezando por vuestro propio ejemplo, que lo verdaderamente primordial es alimentarse espiritualmente? De esto depende la vida eterna, de esto depende la salvación, de esto depende la recompensa que durará por toda la eternidad, ¿dejaréis eso para algún hueco secundario de vuestras y de sus vidas, o les mostraréis que es lo más importante para vosotros?

Padres, qué de nosotros. ¿Qué mensaje les transmitimos a nuestros hijos con nuestras decisiones acerca del uso de nuestro tiempo y recursos, les transmitimos que escuchar a Dios, estar cerca de él, orar, es lo más importante en nuestra vida, el cimiento sobre el que se construyen el resto de actividades? ¿O por el contrario les transmitís que Dios y las cosas que Dios ama, es decir, su iglesia, su esposa, el motivo por el cual el vino a morir al mundo, la verdadera protagonista de la historia de la humanidad, aunque no lo parezca al leer el periódico, son asuntos secundarios que deben ceder ante las cosas verdaderamente importantes, como la familia, el trabajo, el necesario descanso, la vida social. ¿Tan pronto habéis olvidado al Señor diciendo:

Lucas 9:23

23 Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame.

Lucas 9:59-62

59 Y dijo a otro: Sígueme. Él le dijo: Señor, déjame que primero vaya y entierre a mi padre.60 Jesús le dijo: Deja que los muertos entierren a sus muertos; y tú ve, y anuncia el reino de Dios.61 Entonces también dijo otro: Te seguiré, Señor; pero déjame que me despida primero de los que están en mi casa.62 Y Jesús le dijo: Ninguno que poniendo su mano en el arado mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios.

Conclusión

En conclusión, nuestra vida es breve, no podemos hacerlo todo, no hay tiempo suficiente. Tenemos que escoger y escoger cuidadosamente. Las cosas no se ordenan automáticamente según su prioridad, somos nosotros los que tendremos que establecerla. Si no le damos prioridad a las cosas del Señor, a estar con él, a comunicarnos con él por medio de la oración, a aprender de él por medio del estudio de la Palabra, si nosotros no somos reservamos conscientemente el primer lugar para esas cosas, mil y una distracciones tomarán el lugar de ellas, mil y un deberes muy importantes, sagrados, familia, negocios, viajes, vacaciones, el descanso necesario, irán ocupando el lugar del Señor, ejercerán su tiranía sobre nuestro tiempo y nuestras energías y nos privarán de la buena parte, de lo único verdaderamente necesario. Y desperdiciaremos nuestra vida.

No se trata de que deseéis demasiado ser felices, y os entonces os cueste dejar determinadas cosas del mundo, sino de que lo deseáis demasiado poco. Buscáis demasiado poco vuestra felicidad. Os conformáis con las baratijas que os ofrece el mundo y os agarráis a ellas, no las soltáis y así no podéis asir a Cristo y coger las cosas que verdaderamente garantizan nuestro gozo y nuestra felicidad. Estáis afanados y turbados con muchas cosas, pero solamente una es necesaria, seguir el ejemplo de María, sentarse a los pies de Jesús, tener comunión con él, esa es la buena parte y tenemos todos que desearla con intensidad y darle prioridad en nuestras vidas.

Oremos.

Lectura de despedida:

Hebreos 4:12-13

12 Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.13 Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta.

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© Iñaki Colera Bernal - Puedes utilizar este sermón para tu uso personal y reproducirlo, citando su procedencia y autor, siempre que no lo alteres ni busques ningún beneficio económico con ello. “…de gracia recibisteis, dad de gracia” Mateo 10:8b – Si el sermón te ha sido útil, me gustaría saberlo, envíame una nota a

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Ve, y haz tú lo mismo

Publicado por fielcristiano en julio 8, 2009

Ve, y haz tú lo mismo

Introducción

Esta mañana nos introducimos en un pasaje de los evangelios que todos hemos escuchado muchas veces, de hecho quizá tantas veces que ha dejado de hacer en nosotros el impacto que originalmente causó en sus primeros receptores. Se trata ni más ni menos de cómo respondió Jesús a un hombre que intentó mediante una pregunta, provocarle, dejarle en una mala situación. Veremos que la respuesta de Jesús fue de una sutileza impresionante y cuando su contrincante no se dio por vencido, entonces Jesús le enfrenta con sus tabúes y sus prejuicios religiosos más arraigados, exponiéndole también a su propia responsabilidad moral y reduciendo a nada sus excusas mentales para no hacer lo que debía.

Estoy seguro de que si volvemos a escuchar hoy, con un corazón receptivo, las palabras del Señor, nos vamos a encontrar con que, de la misma manera, reduce a polvo nuestras excusas y nos enfrenta directamente con nuestra responsabilidad ante Dios y ante nuestros semejantes. Se trata de un pasaje, pues, peligroso, no apto para conformistas, pero precioso para aquellos que buscan conocer la verdad acerca de Dios y acerca de sí mismos, por mucho que nos disguste darnos cuenta de ciertas cosas. Empecemos.

Análisis del pasaje

Como hemos dicho, nuestro pasaje empieza con la interpelación de un profesional de la interpretación teológica, que bajo la excusa de una pregunta aparentemente llena de buena intención e interés, sin embargo, lo que intentaba era “probar” a Jesús:

Lucas 10:25

25 Y he aquí un intérprete de la ley se levantó y dijo, para probarle: Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna?

La intención del intérprete es que Jesús, que para él es un sectario que está agitando a la gente y haciendo que de la espalda a sus maestros habituales, quede en mal lugar mediante una respuesta que muestre claramente su heterodoxia. Pero Jesús, hábilmente, remite al intérprete a sus propios conocimientos:

Lucas 10:26

26 Él le dijo: ¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees?

Vaya, ahora se encuentra con que tiene que responder su propia pregunta tonta, obviamente es un experto en la ley y sabe qué es lo que esta dice:

Lucas 10:27

27 Aquél, respondiendo, dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo.

La conclusión de Jesús no se hace esperar y deja al intérprete primero como un tonto, pero luego enfrentado a la tremenda realidad:

Lucas 10:28

28 Y le dijo: Bien has respondido; haz esto, y vivirás.

¿En qué ha quedado el ataque del intérprete? Primero en la constatación un tanto ridícula delante de todo el mundo de que estaba haciendo una pregunta tonta. Esto sin duda debió picarle en su orgullo, pero por la reacción del intérprete vemos que hay más que eso. Inmediatamente fue enfrentado con su propia incapacidad moral. Esto es muy importante, porque si no interpretaremos incorrectamente la intención de Jesús. Al fin y al cabo, el intérprete había hecho una pregunta muy poco “evangélica”: ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna? Nosotros nos apresuraríamos a responder: ¡Ninguna! Incluso la pregunta contiene una contradicción en su planteamiento, uno no hereda las cosas por hacer algo, sino por ser quien es. La vida eterna se hereda naciendo en la familia de Dios, uno no se gana la vida eterna haciendo nada, habríamos dicho nosotros. A primera vista parece que Jesús ha desperdiciado una oportunidad excelente de anunciar el evangelio.

¿Pero de que sirve anunciar el regalo del evangelio si la persona no ha comprendido primero su propia bancarrota espiritual? De nada. Nosotros a veces no nos damos cuenta, vamos demasiado rápido en nuestra presentación del evangelio, pero Jesús no, Él sigue los pasos correctos.

La respuesta del intérprete no es incorrecta, la ley de Dios pide ese amor de todo corazón, alma, fuerzas y mente a Dios y al prójimo amor como a uno mismo. De hecho si fuéramos capaces de hacerlo nos justificaríamos mediante la ley. Pero como dice el apóstol Pablo, mediante la ley no viene la justificación, sino  el conocimiento del pecado. Así que el haz esto y vivirás de Jesús al intérprete fue, quizá por la conciencia de pecado que en ese momento le dio el Espíritu Santo, como una bofetada en la cara del que le preguntaba, sus palabras a continuación lo dejan muy claro, trató de justificarse a sí mismo, es decir, de excusarse:

Lucas 10:29

29 Pero él, queriendo justificarse a sí mismo, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo?

Esto es lo que nos pasa cuando la Palabra de Dios nos pega en el rostro: ¡Excusas! Siempre se dice que para los judíos su prójimo eran los otros judíos, pero era incluso peor, para los fariseos el prójimo eran los otros fariseos. Sin embargo el hecho de que él sienta el peso del pecado y por tanto la necesidad e justificarse muestra que en el fondo muchas veces sabemos que nuestros argumentos son excusas, solamente excusas, arraigadas quizá, puede que compartidas con otros muchos, pero en el fondo sabemos que no valen nada. Su respuesta a Jesús, en forma de pregunta, es la respuesta de un hombre que sabe que no ama a su prójimo como debería. Le han pillado in fraganti, pero aún tiene una oportunidad de devolverle el golpe a Jesús. Preguntándole acerca de quién es el prójimo quizá aún pueda librarse del mal lugar en que ha quedado y qué responderá Jesús, igual dice que el prójimo es también el ocupador romano, o los gentiles en general, o un grupo específico de sus discípulos, así que ¡a ver si dice algo con lo que podamos desacreditarle!

La respuesta de Jesús es la parábola del buen samaritano, estamos tan acostumbrados a oír esa expresión, buen samaritano, que no nos damos cuenta de que a un judío debía sonarle algo así como a nosotros “el buen terrorista”, o “el buen asesino en serie”.  Veamos:

Lucas 10:30

30 Respondiendo Jesús, dijo: Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones, los cuales le despojaron; e hiriéndole, se fueron, dejándole medio muerto.

Fijaos en el hecho de que no se nos dice quién era ese hombre. Por descender de Jerusalén podía ser un judío, pero eso es lo de menos, era un ser humano necesitado, eso es lo importante.

Lucas 10:31-32

31 Aconteció que descendió un sacerdote por aquel camino, y viéndole, pasó de largo.32 Asimismo un levita, llegando cerca de aquel lugar, y viéndole, pasó de largo.

¿Qué pensaron estas personas? ¿Por qué pasaron de largo? No se nos dice, pero sí sabemos lo que el intérprete acababa de hacer, plantear una excusa para justificarse a sí mismo en su incumplimiento de la ley. Así que deducimos que es esto mismo lo que hicieron tanto el sacerdote como el levita. ¿Qué excusas utilizarían? Tradicionalmente se han dicho muchas cosas: que si podían tener miedo de tocar a alguien que quizá había muerto, contaminándose ritualmente, que si tendrían miedo de ser ellos mismos asaltados, de que fuese una trampa y qué sé yo que otras cosas. Pero lo importante es qué pensarías tú. Vaya pobre, pero tengo prisa, mejor no involucrarme. Sé que podría tener caridad con él, pero la caridad bien entendida empieza por uno mismo, debo cuidar de mí, es mejor que pase de largo no sea que me atraquen a mí también, tengo que pensar en mi protección. ¿Cuáles son nuestras excusas cuando nos enfrentamos con los mandamientos claros de Dios, en este caso amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos, para no hacerlo.

Qué ocurre cuando, enfrentados a las demandas de Dios, a la Palabra del Espíritu susurrándonos tras una lectura de la Palabra, tras un sermón sentimos que debemos emprender un determinado curso de acción, o dejar de hacer algo, o entregarle a Dios una zona oscura de nuestras vidas,… y luego no lo hacemos. ¡Excusas! Somos expertos en plantear excusas. Pero esto es lo que pasa cuando Jesús escucha nuestras excusas, no se las cree. De hecho Dios las aborrece, le parecen patéticas, y nos ve como al sacerdote y al levita, pasando de largo ante una situación que demanda obediencia.

Así que la mayoría de nosotros racionalizamos los mandamientos de Dios y nos protegemos con un buen montón de excusas para no tener que obedecer, pero Jesús nos enfrenta a propósito con un acto de amor exagerado, provocativo, impresionante:

Lucas 10:33-35

33 Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, y viéndole, fue movido a misericordia;34 y acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; y poniéndole en su cabalgadura, lo llevó al mesón, y cuidó de él.35 Otro día al partir, sacó dos denarios, y los dio al mesonero, y le dijo: Cuídamele; y todo lo que gastes de más, yo te lo pagaré cuando regrese.

Es una obra completa de restauración hecha por alguien que era un enemigo declarado del pueblo de Israel. Los judíos pronunciaban maldiciones contra los samaritanos como parte de la liturgia de la sinagoga. Pero con esta historia Jesús le dice al intérprete: esto es lo que Dios espera de ti cuando te enfrentas a un mandamiento, entrega total, generosa, absoluta, sin racanería sin medias tintas, con capacidad de sacrificio, en este caso por encima de prejuicios o barreras sociales, es decir, sin excusas que valgan. Y Jesús le pregunta al intérprete:

Lucas 10:36

36 ¿Quién, pues, de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones?

Fijaos, Jesús no dice “quién amó al prójimo” sino quién lo fue. ¿Por qué? Tenemos la sensación de que los papeles están trastocados. Se trataba de identificar a quién debíamos amar, y no quién ejercía la acción de amar. Qué hábil es Jesús, al desviar la condición de prójimo del necesitado al ayudador Jesús ha tendido una trampa al intérprete de la ley.

Al darle la vuelta a la perspectiva Jesús ha cambiado tanto la pregunta como la respuesta: ya no se trata de investigar acerca de una categoría determinada de gente a ver si pueden ser mis prójimos, sino de repente, de lo que se trata es de ser yo mismo un tipo determinado de persona, un prójimo de los demás. No se trata de juzgar a los demás a ver si son aptos, sino de ver si soy apto yo, si yo soy quien debo ser. Las excusas quedan reducidas a polvo. Sé tú un prójimo, y en el momento en que lo seas reconocerás a tus iguales en cualquiera que esté pasando necesidad, y los amarás como a ti mismo, como te ordena la ley de Dios. Ante esta nueva perspectiva, la única respuesta razonable que puede dar el intérprete, forzado por la historia es la que de hecho da, aunque parece reticente a pronunciar la palabra “samaritano”:

Lucas 10:37

37 Él dijo: El que usó de misericordia con él. Entonces Jesús le dijo: Ve, y haz tú lo mismo.

Podemos en este punto pensar, como se ha hecho tantas veces, que realmente si todos fuésemos así, si practicásemos el tipo de amor al prójimo del buen samaritano, el mundo sería transformado. Podemos centrarnos en la hermosa lección de amor que dio este hombre, y tomar ejemplo, podemos decir: “yo iré y haré lo mismo, ayudaré a todos los necesitados” etc. Muchos lo han hecho así, el mundo entiende así esta historia, con este tipo de mensaje de caridad y amor ha pasado al acervo moral de muchas personas, aún de no cristianos. Pero, sabéis una cosa, si lo hacemos, si nos quedamos en una lección sobre la ayuda al necesitado nos estaremos perdiéndonos el verdadero punto de la historia. No lo olvidemos: Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna? El propósito central de toda esta historia, es desnudarnos moralmente, ponernos ante la evidencia de que sabemos lo que debemos hacer, y no lo hacemos, ni somos capaces. Jesús nos dice: haz esto y vivirás. Pero entonces salen a flote nuestro pretextos, intentamos justificarnos a nosotros mismos. Sin embargo, Jesús nos desbarata todas nuestras objeciones, y nos vuelve a decir: id y haced como el personaje de esta historia. Y entonces ya no nos quedan excusas, nuestra miseria moral queda expuesta, y entonces, sólo entonces, si nos quebrantamos, estamos preparados para recibir la gracia de Dios.

Conclusión

¿Con qué pregunta te acercas en tu mente a la lectura de las Escrituras? ¿Con qué pregunta te preparas para escuchar un sermón? Quizá dices, ¿a ver qué tiene para mí el Señor esta mañana, veamos qué quiere que aprenda en esta mañana? Si no te haces esa pregunta o similar, deberías, pues esa es la actitud con la que debemos ir a nuestro estudio de las Escrituras o a escuchar una predicación.

Y si te haces esta pregunta: “¿Señor, qué tienes hoy para mí, enséñame tu voluntad?” ¿La haces en serio o para probar al Señor, como el intérprete de la Ley? En serio, supongo, y cuando el Señor te dice claramente: ESTO ES LO QUE QUIERO DE TI. VE Y HAZ ESTO. ¿Cómo le respondes? Con la exuberante extravagancia cumplidora del Samaritano, o con las excusas y el pasar de largo de todos los demás, intérprete, sacerdote, levita.

Piensa en el domingo anterior, en la predicación que escuchaste, o en el otro, o en tu última lectura de la Palabra ¿te habló el Señor, hubo algo para ti, sentiste que el Espíritu te llamaba a la acción? ¿Qué pasó? ¿Interpusiste una barrera de excusas entre la voz del Espíritu y tu cambio de vida? Abandónalas, Dios no puede ser engañado, por muy sutil que seas, no le vengas con historietas a Dios, no se trata del tiempo, o de la economía, o del clima, o del sueño, o de los demás, o del pastor que es un pesado, se trata de ti, se trata de que tú seas quien debes ser, lo demás son excusas. Reconoce tu bancarrota moral, y busca la gracia de Dios. Si lo haces, de él recibirás perdón, y nuevas fuerzas y gozo para hacer la voluntad de Dios con alegría. Si sigues negándote a reconocer que no haces lo que debes, parapetado detrás de tus excusas, si eres creyente te perderás la gracia del crecimiento, si no eres creyente te perderás la gracia de la salvación, y en cualquier caso, te perderás el gozo, el gozo auténtico, el gozo duradero, cambiarás el gozo verdadero y permanente por una satisfacción o una comodidad engañosa y de corta duración.

¡Qué tontería! ¡Qué tontería protegerse de la voluntad de Dios para ti con excusas, cuando en Dios se encuentra la verdadera felicidad y el bien supremo, cuando Dios sólo desea tu bien y tu crecimiento, cuando Dios desea precisamente darte por gracia la capacidad de obedecerle! Qué el Señor nos abra los ojos y nos de un corazón verdaderamente tierno y dispuesto a hacer su voluntad. Sí, oremos. Amén.

Lectura de despedida:

Salmos 143:1-2,8,10

1 Oh Jehová, oye mi oración, escucha mis ruegos;

Respóndeme por tu verdad, por tu justicia.

2 Y no entres en juicio con tu siervo;

Porque no se justificará delante de ti ningún ser humano.

8 Hazme oír por la mañana tu misericordia,

Porque en ti he confiado;

Hazme saber el camino por donde ande,

Porque a ti he elevado mi alma.

10 Enséñame a hacer tu voluntad, porque tú eres mi Dios;

Tu buen espíritu me guíe a tierra de rectitud.

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