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El amor en la iglesia

Posted by fielcristiano en julio 8, 2009

El amor en la iglesia

Introducción

Se cuenta de una iglesia en Inglaterra, que tenía la misma costumbre que nosotros de no pasar la ofrenda durante el culto, sino colocar una cajita donde el que quisiera pudiera acercarse discretamente a depositar su donativo. En esa iglesia, en vez de tener un buzón de sugerencias, como tenemos nosotros detrás de esa puerta, olvidado por todo el mundo, lo que hacían era aprovechar la caja de las ofrendas para que los que quisieran pudiesen depositar también allí sus sugerencias. Un domingo, el pastor encontró en la caja una sugerencia para un sermón, de uno de los hermanos que estaba preocupado acerca de cómo sería la vida en el cielo. Siguió su consejo y como resultado el domingo siguiente el sermón se titulaba: “El reconocimiento de los amigos en el cielo”.

Pues bien, al siguiente domingo de nuevo encontró una nota en la caja de las ofrendas, aunque esta vez de otra persona, la nota decía: “Distinguido señor: le agradecería mucho si tuviera la bondad de predicar a su congregación sobre el tema “El reconocimiento de los amigos en la tierra”, puesto que hace seis meses que asisto al culto en esta iglesia y nadie me ha prestado atención todavía”.

Esta anécdota refleja una experiencia que, por desgracia, no es poco frecuente en muchas iglesias, y es posible nos haya ocurrido a nosotros, y no nos hayamos dado cuenta simplemente porque nadie nos ha dejado una nota en la caja de las ofrendas. Cuando esto pasa, puede ser síntoma de que está ocurriendo algo muy grave en esa congregación. Y digo “puede” porque, vaya, a la iglesia debemos venir pensando en dar y no tanto en recibir, pero si no se recibe nunca, si nunca te llega el amor de los hermanos, algo raro pasa. Por supuesto, cualquier iglesia sana, procura que las personas que llegan, sean creyentes de otras iglesias o simples visitantes, tengan una acogida afectuosa y se sientan bienvenidos en el culto del domingo. Esto es sano. Sin embargo, si nos contentásemos con esto, estaríamos contentándonos con bien poco. No es suficiente con una fachada de afecto, por caluroso y sincero que pueda resultar.

El pasaje que examinamos en esta mañana pone el listón de lo que debe ser la vida dentro de la comunidad cristiana más alto, muchísimo más alto, casi diría sobrenaturalmente alto. Y, sin embargo, lejos de desanimarnos, esto nos debería mover a prestar muchísima atención a las palabras de Jesús, entre otras cosas porque se trata nada más y nada menos que de su discurso de despedida. La enseñanza que él reservó para el momento más solemne e importante de su vida, justo antes de dirigirse a la cruz. Y tiene lógica que precisamente, en ese momento trascendental, reservara gran parte de su tiempo para hablarnos hasta en veinte ocasiones, del amor que debíamos tener los unos por los otros. Veamos que nos tiene que decir Jesús:

Análisis del pasaje

Como decíamos, se trata del gran discurso final de despedida de Jesús. Un momento de especial emoción y ternura que se ve claramente en el inicio del versículo 33:

Juan 13:33

33 Hijitos, aún estaré con vosotros un poco. Me buscaréis; pero como dije a los judíos, así os digo ahora a vosotros: A donde yo voy, vosotros no podéis ir.

Hijitos, dice Jesús. Este es el único lugar de los evangelios en que encontramos esta palabra. Jesús habla con muchísima ternura, como un padre que despidiéndose con pena de sus hijitos amados, porque sabe que le echarán de menos, ya que se dirige a un lugar al que, por ahora, no pueden acompañarle. Y esta ternura excepcional, despierta nuestra atención. ¿Qué quiere decirnos con tanto cariño?

Juan 13:34

34 Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros.

Notemos aquí algo que debe llamar nuestra atención: en primer lugar, la posición de las palabras mandamiento nuevo en la frase original es enfática, es decir, no están colocadas en el orden que sería normal en la estructura gramatical de una oración griega, que debe empezar por el verbo, sino desplazadas al principio, para que resulte evidente que se trata de algo muy importante. ¡Atención mandamiento nuevo es lo que os doy! Así que doble atención. Además, la palabra que se traduce mandamiento se utilizaba para las órdenes que daba un Rey. ¡Triple atención! No se trata de un sabio consejo o de una recomendación, sino de una auténtica orden por parte de Jesús. Es necesario pues entender bien qué desea de nosotros Jesús.

Empecemos por fijarnos en una palabra. Se nos dice que es un mandamiento nuevo. Sin embargo, sabemos que en Levítico se nos dice:

Levítico 19:18

18 No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo como a ti mismo…

¿Dónde está la novedad? Quizá podemos pensar que la novedad está en el carácter inclusivo del mandamiento de amar que nos da Cristo, ya que sabemos que se hacía una interpretación restrictiva del concepto de prójimo, para limitarlo a los judíos, y algunos incluso lo limitaban a los miembros de su grupo, como los esenios. No era una interpretación descabellada, ya que Levítico está hablando, como acabamos de leer, de los hijos de Israel. Pero Cristo había ampliado esta aplicación, y nos pide amar incluso a nuestros enemigos. ¿Puede ser esta entonces la novedad de la que nos habla Cristo?

Siendo este tipo de amor incluyente muy importante para un cristiano, si examinamos un poco más el texto veremos que Cristo no está hablando de eso. De hecho, Juan empieza el relato de este último discurso de Jesús a sus discípulos de una forma curiosa. Si prestamos un poco de atención, notaremos que Juan hace especial énfasis en el hecho de que Judas no se encontraba ya entre ellos. Para ello es bueno leer seguidos los versículos 30 y 31, sin la pausa artificial a la que nos induce el editor de la mayoría de las versiones de nuestras Biblias. Leamos pues:

Juan 13:30-31

30 Cuando él, pues, hubo tomado el bocado, luego salió; y era ya de noche. 31 Entonces, cuando hubo salido, dijo Jesús:…

Salió, hubo salido. Tal insistencia en el hecho de la ausencia de Judas, difícilmente puede ser casual. Estamos ante una clara insinuación de que el discurso que se va a desarrollar a continuación, tiene como destinatarios tan sólo a los discípulos, lo que se ve confirmado por el tenor del resto del discurso de Jesús hasta el capítulo 17. En este momento solemne el Señor está hablando de algo especial, que es el amor entre los miembros de la iglesia, pero que no es nuevo, ya que Israel tenía ese mandamiento.

¿Dónde está pues la novedad? Obviamente está en el elemento que Cristo destaca al ilustrar brevemente sus propias palabras:

Juan 13:34b

34…como yo os he amado, que también os améis unos a otros.

Es decir, lo realmente novedoso del mandamiento es el modelo que se toma para su aplicación práctica, es ese como yo os he amado. ¿Cómo nos ha amado Cristo? Normalmente tenemos una respuesta rápida a esto: hasta la muerte, con sacrificio de sí mismo. Es verdad, esto nos habla de la extensión del amor de Cristo. Y esta extensión, obviamente, contiene algo diferente a lo que había establecido el libro de Levítico. El amor que se pedía por el prójimo en el Antiguo Testamento tenía como objetivo, pero también como techo, el ser capaces de amar a los demás con la misma intensidad con la que uno se ama a sí mismo.

Pero cuando se trata aquí del mandamiento de amarnos los unos a los otros, la aspiración es muy superior, porque se trata de amar a los demás cristianos en mayor medida que a nosotros mismos, con sacrificio de nosotros mismos. Y esto es muy fuerte, es el mayor tipo de amor que se puede concebir. Jesús lo sabe, y por eso lo repite y lo deja muy claro:

Juan 15:12-13

12 Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado.13 Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos.

Ya sabemos dónde está el énfasis del mandamiento. Esta claro que para Jesús el amor que debe de existir entre los miembros de la comunidad cristiana no es un interés superficial, un sentimiento de afecto, o un amor difuso que no se muestra en nada sólido, sino que es nada más y nada menos que un voluntario sacrificio de ti mismo, de tu bienestar, de tus privilegios, con el propósito de servir y favorecer, con humildad, a los demás miembros de la iglesia, a imagen de Cristo. No es sólo un “qué majos sois, que os vaya muy bien, que Dios te bendiga”. Sino un “qué puedo hacer, cómo puedo servirte, qué necesitas, voy a buscar activamente la salud material y espiritual de mis hermanos en Cristo”. Es entregar nuestra vida.

Pero hay más, como decía, esta es quizá la respuesta rápida. Nos habla de hasta dónde debe llegar nuestra entrega, pero no lo es todo, hermanos. En Cristo vemos no sólo cuán alto está el listón, sino también la actitud con la que el propio Cristo afrontó ese desafío. Y eso es algo muy distinto, y de una importancia esencial. Lo primero nos habla del sacrificio de nuestra vida, pero lo segundo nos habla de nuestra actitud al entregarla. Y si no recuerda lo que dice Pablo:

1 Corintios 13:3

3 Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve.

Aquí tenemos una entrega que llega hasta el sacrificio de todos los bienes y aún de la propia vida, y sin embargo, falta el amor. ¿Cómo es posible? Parece incluso contradictorio con las palabras de Jesús acerca de que el mayor amor concebible es el de aquel que entrega la vida por otro. Pero esto es cierto, sin dejar de ser cierto lo que dice el Espíritu a través de Pablo. Porque en un lugar se nos habla de la extensión, y en otro de la actitud. Lo que le falta al sacrificio de 1 Corintios 13:3 es la actitud interna que refiere Pablo a continuación y que conocéis bien, y que podría describir el carácter de Cristo mientras entregaba su vida por nosotros:

1 Corintios 13:4-7

4 El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece;5 no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor;6 no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad.7 Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.

Esta actitud, unida a la extensión del sacrificio de Cristo por su iglesia, es lo que espera el Señor que ocurra entre nosotros en la congregación. Amor extremo en extensión, y extremo en actitud. Esto es impresionante. Vivir en una comunidad de amor así, sería vivir el cielo en la tierra. No sé tú, pero yo lo quiero. Es un mandamiento, vale, pero es tan fantástico, que se transforma en algo ilusionante, algo por lo que vale la pena luchar.

Lo lamento si esto es como una losa sobre ti, porque a mí esto me recuerda aquello de que sus mandamientos no son gravosos. No quiere decir que no me parezca difícil, pero es una meta tan grande, tan hermosa, que uno desea probar qué se siente al cruzarla. De hecho, es tan maravillosa que, nos dice el evangelio, que allí donde se pone en práctica, no cabe duda de que se está ante auténticos discípulos de Cristo, y yo creo que estas son las palabras que más deberíamos desear poder escuchar en esta vida: que uno es un discípulo de Cristo.

Juan 13:35

35 En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros.

Este es el sello del cristiano, en esto se hace evidente que uno está en una auténtica iglesia cristiana. La amistad amistad,  la cortesía, incluso el afecto, están bien para los miembros de un club de golf. Pero en la iglesia debe haber auténtica preocupación, servicio desinteresado, cuidado de las necesidades, sacrificio de uno mismo en beneficio del otro, y esto aderezado y servido con paciencia, con un soportarnos los unos a los otros en nuestros defectos, con humildad, con alegría sincera al ver que el hermano es bendecido, en fin, con una búsqueda del carácter de Cristo. No es coincidencia que esta enseñanza la pronunciase el Señor, justo después de que él, el rey del universo, se hubiese ceñido una toalla y hubiese lavado humildemente los pies a sus discípulos.

Así que incluso si eres rey de algún rincón del universo, de alguna galaxia lejana y por modestia no nos habías dicho nada, y más aún si eres como yo, sólo un pobre pecador rescatado del borde del infierno, pues más razón para que en la iglesia tengamos los unos con los otros esa actitud del que se despojó a sí mismo para tomar forma de siervo y venir a dar su vida por nosotros.

¡Qué increíble! Dios vino humilde a servirnos hasta la muerte, ¿y no haremos nosotros, que no somos nada, lo mismo por nuestros hermanos? Pero no lo hagáis porque os sentís en deuda con Dios, porque entonces no tendréis energías para dar este amor por los hermanos ni por diez minutos, así de malos somos. Pero mirad a los versículos 31 y 32:

Juan 13:31-32

31 Entonces, cuando hubo salido, dijo Jesús: Ahora es glorificado el Hijo del Hombre, y Dios es glorificado en él.32 Si Dios es glorificado en él, Dios también le glorificará en sí mismo, y en seguida le glorificará.

¿Cómo? O sea, ahora que uno del círculo íntimo de sus propios discípulos, que ha convivido tres años con él, está en ese momento poseído por Satanás y lo va a traicionar, y se dirige a entregarlo a las autoridades judías. Ahora que se avecina la prisión, el escarnio, la tortura, y la muerte mediante el método de ejecución reservado para los criminales más viles, la crucifixión, ¿ahora es glorificado el Hijo del hombre? Nada parece haber más lejano a una glorificación en términos humanos. La antitesis de la gloria. Pero sí, increíble pero cierto: ahora Jesús es glorificado, y no solamente Jesús, sino a través de él también Dios, que le va a glorificar con él en el cielo y encima nos dice que no tardará en hacerlo.

¿Os dais cuenta? El momento del sacrificio por amor a nosotros, el momento de la obediencia al mandamiento, es el momento de la gloria para Jesús, y es el momento en que Dios Padre es glorificado en Cristo, y es el camino que conduce a que Jesús sea recibido en triunfo y glorificado en el cielo.

¡Puedes gozarte porque este básicamente el mismo guión que tenemos que seguir nosotros! ¿El mandamiento nuevo que tenemos de parte de Cristo es difícil? Pues sí, lo es, pero es fantástico y es glorioso. Viene envuelto, rodeado, por sus promesas. Cada vez que obedecemos el mandamiento de amar, ha llegado la hora de nuestra gloria ¿Por qué? Porque estaremos dando la gloria a Dios, porque demostraremos que no hay nada mejor que hacer su voluntad, que no hay mayor tesoro para nosotros que el propio Dios, y gracias a eso algún día, en realidad también casi enseguida, recibiremos, como dice la Palabra, la corona incorruptible de gloria, la corona de vida que Dios ha prometido a los que le aman.

O sea que por esforzarnos en construir dentro de la iglesia, en esta hermandad, en esta familia, un anticipo de la vida en el reino de Dios, un anticipo del cielo, resulta que no sólo glorificamos a Dios, sino que lo disfrutamos nosotros en comunión fraternal, y además recibimos recompensa en gloria celestial. Esto es estupendo. Por algo dice el Señor que ponerse su yugo, equivale a descansar en él.

Así que nada de caras largas por tener que soportar a los hermanos pesados, y amarlos, ya sé que a veces es difícil, pero es tanto más el gozo que se nos promete, que leer estos textos me hace desear ponerme manos a la obra, y además hacerlo de forma mucho más consciente y gozosa que lo he hecho hasta ahora. Y espero que a ti te ocurra lo mismo.

Conclusión

De verdad que lo espero, lo espero de todo corazón, y en este punto no tengo más remedio, porque sino no sería fiel a la Palabra, que introducir una nota de gravedad. Espero que te entusiasme la idea de ponerte manos a la obra a intentar amar más y más como Cristo nos amó por una razón muy sencilla. Hemos leído que si haces así en esto conocerán todos que uno está ante un verdadero discípulo de Cristo. Todos, también tú mismo.

1 Juan 3:14, 20-21

14 Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos. El que no ama a su hermano, permanece en muerte.20 Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?21 Y nosotros tenemos este mandamiento de él: El que ama a Dios, ame también a su hermano.

Así que nuestro entusiasmo por ponernos manos a la obra a amar, es también un testimonio poderoso acerca de nuestra propia salvación. Y he querido calificar esto como una nota de gravedad, porque es algo serio, pero no diré que es una nota de tristeza, al contrario. Es un gozo examinar tu corazón y ver que hay un amor sobrenatural a los hermanos. Es un gozo comprobar que has pasado de muerte a vida.

Ya termino. Un teólogo de la iglesia antigua, Tertuliano, que nació hacia el año 160, escribió sobre la opinión que tenían los paganos acerca de los cristianos de su tiempo, y cuenta que decían asombrados: “Ved cómo se aman los unos a los otros,… incluso están dispuestos a morir los unos por los otros”[1]

Infelizmente, tan sólo unos doscientos años después, otro cristiano ilustre, Crisóstomo, que nació en el 347, declaraba: “incluso ahora, no hay nada que sea de tanto tropiezo para los paganos como el hecho de que no hay amor. [...] Nosotros, nosotros mismos somos la causa de que permanezcan en el error. Ellos hace tiempo que condenaron sus propias doctrinas y de igual manera admiran las nuestras, pero encuentran un obstáculo en nuestro modo de vida.[2]

Y Spurgeon, el famoso predicador del siglo XIX, comentó en una ocasión: “Me han dicho que hay cristianos que no se aman entre sí, me apenaría mucho si fuese verdad, pero más bien lo dudo, porque sospecho que aquellos que no se aman entre sí no son (verdaderos) cristianos”.

Oremos.

Versículo de despedida:

1 Juan 3:16

16 En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos.

.


[1] Tertuliano. Apología. 39.

[2] Crisóstomo. Homilías sobre el evangelio de Juan. 72.5


© Iñaki Colera Bernal – Puedes utilizar este sermón para tu uso personal y reproducirlo, citando su procedencia y autor, siempre que no lo alteres ni busques ningún beneficio económico con ello. “…de gracia recibisteis, dad de gracia” Mateo 10:8b – Si el sermón te ha sido útil, me gustaría saberlo, envíame una nota a

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Una respuesta to “El amor en la iglesia”

  1. Epignosis said

    Doy gracias a Dios por este estudio el cual considero de muy especial valor y bien atinado para la situación actual de la mayoría de iglesias cristianas y de nuestros jóvenes. Tengo el deseo de compartirlo con los demás jóvenes de la iglesia a la que asisto, esperando por el Espíritu que cause en ellos el mismo efecto e impacto que ha causado en mi. Que Dios le bendiga mas y siga añadiendo gracia a su ministerio para edificación de Su pueblo. Amen.

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