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LA SEGUNDA VENIDA DE CRISTO

Posted by fielcristiano en septiembre 25, 2009

LA SEGUNDA VENIDA DE CRISTO
I. Definiciones
Las profecías no cumplidas de las Escrituras pertenecen a aquel ramo de la dogmática que se llama la escatología, o sea: las enseñanzas sobre «las últimas cosas». La segunda venida de Cristo en persona es doctrina fundamental, ya que Él mismo dijo con toda claridad: «Vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo», mientras que los ángeles, mensajeros celestiales del Señor, anunciaron a los apóstoles: «Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo» (Hch. 1:11). Frente a tales versículos, a los que se han de añadir las clarísimas enseñanzas de Pablo en 1.a Tesalonicenses 4:13–18, no comprendemos cómo puede haber creyentes que quisieran espiritualizar esta gran verdad, procurando hacer ver que la promesa de la venida se cumple en la muerte del creyente.
Al mismo tiempo, existe una diferencia obvia entre los hechos ya consumados de la redención y aquellos que se anuncian para un tiempo futuro. La profecía no se nos da para satisfacer una curiosidad vulgar ni admite, en sus detalles, un dogmatismo inflexible. Las claras profecías del Antiguo Testamento sobre la muerte del Mesías se cumplieron literalmente, pero no fueron entendidas por los apóstoles antes de la resurrección, a pesar de que el Señor mismo las había subrayado con repetidas enseñanzas sobre la necesidad de Su muerte. De igual modo, tiene que haber mucho que queda en la penumbra en cuanto a los acontecimientos que han de tener lugar en el futuro, y haremos bien en atenernos al doble propósito fundamental de la profecía: 1) el de orientar al creyente en medio de un mundo que va de mal en peor, y 2) el de animarle a velar y orar. La profecía no es precisamente un foco eléctrico para poner en evidencia todo cuanto ha de suceder en el porvenir (lo que nos haría más daño que bien), sino «un candil que alumbra en lugar oscuro» (2 P. 1:19, traducción literal), de utilidad para que no tropecemos y para que pongamos la mira en la gran consumación que se espera.
Ha habido, y todavía existen, muchas escuelas de interpretación de la profecía, aun tratándose de amados hermanos que no desean otra cosa sino exponer la verdad según la han comprendido tras laboriosos y sinceros estudios de la Palabra. Este hecho debe salvarnos de un excesivo dogmatismo, y nunca debiéramos considerar a un hermano como hereje por su modo de entender los escritos proféticos, si es que admite plenamente la verdad bíblica sobre la persona y la obra de Cristo. Adelantamos, pues, el esquema siguiente en un espíritu humilde, creyendo que es el que mejor se amolda a toda la verdad bíblica, pero sin dogmatismos y sin la pretensión de que sea la única manera de entender los escritos proféticos.
Como el tratamiento detallado de la profecía sin cumplir no cae de lleno dentro del marco de este curso, hemos de abreviar muchísimo el bosquejo de este complicadísimo tema.
II. Las indicaciones del Antiguo Testamento
Todos los escritos proféticos anuncian una época de gloria para Israel, tras un largo período de disciplina por sus pecados, con la inauguración del Reino milenial, que se asocia con la manifestación del Mesías, o, lo que es lo mismo, a la luz del Nuevo Testamento, de Dios mismo (Is. 2:1–4, 10; 11:1–11; 40:9–11, etc.). Daniel, estadista de un imperio gentil además de israelita piadoso, interpreta la visión de la gran imagen que señala a grandes rasgos la sucesión de los imperios gentiles desde la toma de Jerusalén por Nabucodonosor hasta la segunda venida de Cristo (Dn. 2:29–45). Más tarde recibe la notable profecía sobre su pueblo Israel de las «setenta semanas» de años, cuyo período comprende desde el edicto de restaurar Jerusalén hasta la muerte del Mesías (69 semanas), quedando una semana por cumplir, después del paréntesis de la Iglesia, y que es de asolamientos en cuanto a Israel. Esta semana se relaciona con la «consumación decretada» de los propósitos de Dios en orden al mundo e Israel (Dn. 9:24–27).
III. Las profecías del Señor Jesucristo
Cristo habla de Su venida y de la consumación desde dos puntos de vista:
A. En el monte de los Olivos pronuncia Su sermón profético, que recoge las profecías del Antiguo Testamento (con referencia especial a las de Daniel) y manifiesta que Él mismo ha de volver en gloria después de la destrucción de Jerusalén y tras un largo período de apostasía, de guerras y rumores de guerras, de cataclismos terrestres, y, por último, de señales astronómicas. Todo parece llegar a una crisis final de tribulación que no es arriesgado identificar con la última semana de Daniel. «Entonces aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el cielo; y entonces lamentarán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria» (Mt. 24; Mr. 13; Lc. 21:7–36; 2 Ts. 1:9 y 10; Ap. 1:7).
B. En el cenáculo consuela a los suyos con la promesa de Su venida personal: «Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis …» (Jn. 14:1–3). Aquí el Señor está preparando la mente y el corazón de los suyos para su vida y su testimonio una vez que el Maestro haya salido de entre ellos, de modo que representan en esta ocasión a la Iglesia, a la que se da la precisa promesa del «recogimiento» al Señor para estar siempre con él.
IV. Las indicaciones de las Epístolas
Hay un número considerable de referencias a la venida del Señor en las epístolas, casi todas ellas subrayando el aspecto más importante de la promesa: el efecto moral que ha de tener en la vida del creyente: «Todo aquel que tiene esta esperanza en El, se purifica a sí mismo, así como Él es puro» (1 Jn. 3:3). Por lo que afecta al «plan profético», hemos de acudir a 1.a Corintios 15:51–57 con 1.a Tesalonicenses 4:13 a 5:11 y 2.a Tesalonicenses 1:7–12, donde hallamos los dos aspectos de la venida que ya vimos en las enseñanzas del mismo Señor: 1) La promesa del «recogimiento» de la Iglesia, en el que los que «duermen» precederán a los que son «cambiados» para ir juntos al encuentro del Señor en el aire, y 2) la venida en gloria para el juicio del mundo impío, que no podrá realizarse antes de la manifestación del anticristo (Ap. 1:7; 1 Ts. 5:1–4 con 2 Ts. 2:1–4): atroz remedo del Cristo de Dios, cuya aparición será la culminación del «misterio de la iniquidad».
V. El Apocalipsis
Los tres primeros capítulos son de introducción, y las cartas a las siete iglesias indican las variadas condiciones del testimonio de la Iglesia hasta la venida de Cristo. Los capítulos 4 y 5 presentan simbólicamente la sublime escena referente al «Cordero de Dios» (es decir, Cristo en la virtud de la consumación de la obra de expiación) cuando toma el «libro» de los destinos últimos de las naciones y rompe el primer sello. Desde el capítulo 6 en adelante el rompimiento de los sellos, el sonido de las trompetas y el verter de los vasos reiteran los acontecimientos del tiempo de la consumación, o sea, la última semana de Daniel. Unos paréntesis detallan más el levantamiento y el curso del infame reinado del anticristo.
Como en el sermón profético y en 2.a Tesalonicenses, este período de angustia termina con la aparición en gloria de Cristo para la derrota de las naciones enemigas en la batalla de Armagedón. El período de los «mil años» corresponde al reino de paz y de bendición que tantas veces se detalla en las profecías del Antiguo Testamento. Este «milenio» ha de entenderse de tres maneras: 1) Como el cumplimiento de las muchas promesas a Israel por las que había de ser el centro de un reino universal de paz y de bendición en la tierra, 2) como la última prueba de la raza humana, puesto que, habiendo vivido bajo óptimas condiciones de gobierno y de prosperidad por mil años, con todo, cuando Satanás sea soltado para tentarles de nuevo, volverá a rebelarse una gran parte de los hombres, y 3) como una figura y anticipo de la nueva creación en el estado eterno, que explica el porqué muchas profecías del Antiguo Testamento describen este Reino como eternamente establecido, pues la visión profética pasa a la nueva tierra y los cielos nuevos, que habrán de reemplazar la antigua creación, tan profundamente manchada por el pecado. Este «nuevo orden» divino será la consumación de todos los propósitos de Dios en relación con la creación y con los hombres, y en él los redimidos alcanzarán aquella perfección espiritual, moral e intelectual que Cristo les procuró con Su muerte y resurrección. Dios morará en medio de los hombres, y al centro de la nueva creación se hallará la Iglesia glorificada que se simboliza por la «ciudad que Juan vio descender del Cielo» (Ap. 19 a 21).
VI. El momento de la venida
Hemos visto que se destacan claramente dos aspectos de la venida: el que se relaciona con la Iglesia, cuerpo y esposa de Cristo, y el que tiene que ver con Israel y con el mundo. Es lógico suponer que el «paréntesis» de la Iglesia se cierra con el recogimiento de la Iglesia según la descripción de 1.a Tesalonicenses 4 y 1.a Corintios 15, cuando la luz profética vuelve a enfocarse en Israel, ya restaurado a su tierra en incredulidad. En tal caso, la última semana de Daniel se ocupa de la tribulación de los judíos, la manifestación del anticristo (el remedo de Cristo que el diablo presenta al mundo del renovado Imperio romano) para ocupar el trono, y el surgir de la ciudad de «Babilonia», que es el sistema de falsa religión que sustituye a la Iglesia en el sistema diabólico. Esta breve semana abarca tanto la manifestación del imperio y de su impío rey con la última forma de «Babilonia», como también la destrucción de todos estos elementos satánicos por la manifestación en gloria del Señor de señores.
Hay muchos estudiantes de la profecía que creen que la Iglesia habrá de pasar por este período, y que la venida para recoger a los santos y para juzgar al mundo coinciden. No combatimos dogmáticamente esta interpretación, pero creemos que la esperanza inmediata de la venida de Cristo a por los suyos, con anterioridad a los acontecimientos de la última semana, se ajusta mejor a la totalidad de la enseñanza bíblica.
VII. El tribunal de Cristo
Los creyentes no tendrán que comparecer ante el augusto gran trono blanco que se describe en Apocalipsis 20:11–15, pues es el lugar de juicio de aquellos que mueren en su pecado por no haber aceptado a Cristo como su Salvador (Jn. 8:24), mientras que «ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús» (Ro. 8:1). Sin embargo, este hecho no excusa a los cristianos de tener que rendir cuentas a su Maestro en cuanto a su fidelidad en el curso de su vida de servicio aquí, pues todos nosotros somos mayordomos y administradores de todo cuanto hayamos recibido del Señor.
Este principio se destaca en muchos lugares de las Escrituras, pero se detalla especialmente en 2.a Corintios 5:9 y 10; Romanos 14:7–12; 1.a Corintios 3:10–15; 4:1–5. Cuando Pablo habla del «día de Cristo», o de «Jesucristo», tiene delante este momento de manifestación que determinará la posición, el servicio y la recompensa de los redimidos para toda la eternidad (Fil. 1:6; 2:15 y 16, etc.). Se ha de distinguir el «día del Señor», que es la frase novotestamentaria equivalente al «día de Jehová» del Antiguo Testamento y que se relaciona con el juicio del mundo y el establecimiento del Reino.
Si el programa que hemos adelantado es correcto, el tribunal de Cristo se celebrará entre el recogimiento de la Iglesia y la venida en gloria: el período que se denomina la parousía, o sea, la «presencia» del Señor con los suyos. Durante el mismo período tendrán lugar las bodas del Cordero, cuando la Iglesia, bajo la figura de esposa, será presentada a Cristo y unida a Él para toda la eternidad. Vemos por Apocalipsis 19:7–9, que este fausto acontecimiento precede la venida en gloria (Ap. 19:11–19).
VIII. Las señales de la venida de Cristo
Muchos creyentes se parecen a los discípulos que preguntaron: «Dinos, ¿cuándo será esto? ¿y qué señal habrá de tu venida y del fin del siglo?» (Mt. 24:7; Mr. 13:4; Lc. 21:7). Hemos de tener presente el peligro que antes señalamos: la curiosidad malsana en este asunto: El señor no reprendió a Sus discípulos, pero las «señales» del sermón proftico consisten principalmente en las características generales del período de Su ausencia de ellos, y queda terminantemente prohibido procurar fijar «el día y la hora» que el Padre reserva a su solo conocimiento (Mt. 24:36; Hch. 1:7).
Podemos creer que nos acercamos al fin de esta dispensación por las siguientes razones: 1) El aumento de la frecuencia, la extensión y el poder destructor de las guerras, que amenazan aniquilar la civilización actual. 2) La extensión universal de la predicación del Evangelio. 3) El retorno de los judíos en incredulidad a su tierra con la adquisición de su nacionalidad: una posición que no ha sido la suya desde el tiempo de los Macabeos. Sin duda, la preservación de la raza de Israel para este fin a través de los siglos y a pesar de determinados esfuerzos para exterminarla es un asombroso milagro histórico. La «higuera» que antes no llevó fruto brota otra vez, pues el cielo y la tierra pasarán, mas las palabras del Señor no pasarán. Sin duda, Israel llegará a posesionarse de Jerusalén y de toda Palestina, y será el centro de los acontecimientos tanto durante la última semana de Daniel (para su dolor) como durante el milenio (para su gloria y bien). 4) La tendencia a la federación europea, que puede ser el preludio de la formación del renovado «Imperio romano» … «¡Velad, pues, porque no sabéis en qué día ha de venir vuestro Señor!» (Mt. 24:42).
IX. El orden probable de los acontecimientos
A. El retorno de los judíos a Palestina, que se está realizando en nuestros días, les dará por fin la posesión de toda Palestina y Jerusalén, lo que pondrá fin a «los tiempos de los gentiles».
B. En cualquier momento antes o después de la consumación de este proceso el Señor podrá venir en el aire para recoger a los suyos de la tierra, completando así Su Iglesia.
C. Se inaugurará la última semana de Daniel, durante la cual el Imperio de Roma federado surgirá y se pondrá bajo el poder del anticristo. Este se aclamará como el salvador de los hombres en la gran crisis mundial que atravesamos, y por fin se hará adorar como dios. Los asuntos religiosos serán dirigidos por el falso profeta, quien guiará los asuntos de «Babilonia», el remedio diabólico de la Jerusalén celestial. Al principio, la «bestia» favorecerá a la nación de Israel y hará un pacto con ella, pero, a la mitad del período, romperá su pacto e iniciará una gran persecución que será el «tiempo del dolor de Judá», o sea, la «gran tribulación». Habrá fieles que confiesen a Jesús (quizás intimamente ligados con el «resto fiel» de Israel) y muchos padecerán martirio. Desde el Trono, Dios visitará el mundo rebelde e impío con grandes y graves desastres que quedan simbolizados por los sellos, trompetas y vasos del Apocalipsis.
D. En el cielo, el Señor se manifestará a los suyos en la parousia y se celebrarán el tribunal del Cristo y las bodas del Cordero.
E. El Señor aparecerá al mundo a la cabeza de los suyos y de las huestes celestiales. Las naciones estarán congregadas alrededor de Jerusalén en un esfuerzo último de dominar a Israel (Zac. 14:3 y 4), pero tendrán que vérselas con el Señor en la batalla de Armagedón, siendo derrotadas y aniquiladas por la gloria del Cordero.
F. La bestia y el falso profeta serán lanzados directamente al lago de fuego, mientras que Satanás será preso en el abismo durante el milenio.
G. Cristo reinará sobre la tierra, asociando consigo en el gobierno a los fieles que perecieron en la gran tribulación (Jer. 30:7; Dn. 12:1; Mt. 24:21; Ap. 7:14). Se cumplirán las múltiples profecías de los libros proféticos, pues castigados los rebeldes de Israel, y conservado milagrosamente el «resto fiel» de esta nación, toda ella se convertirá al Señor, y Palestina será el glorioso centro del Reino terrenal.
Es de suponer que la Iglesia, entidad siempre espiritual, gobernará en los «lugares celestiales».
H. Al final del milenio, Satanás será soltado para la última prueba de los hombres, y levantará a Gog y Magog tras sí. Su derrota será rápida, y, echado el diablo en el lago de fuego (Ap. 21:10), se limpiará todo el universo de todos los elementos perversos en el gran trono blanco, y sólo los redimidos pasarán a habitar el cielo nuevo y la tierra nueva (es decir, el universo reconstruido según principios nuevos por la mano creadora de Dios para ser la morada apta de los justos (2 P. 3:4–13).
I. La Iglesia glorificada será el centro de la manifestación de la luz divina en el nuevo universo (Ef. 2:7; Ap. 21:9; 22:5).
X. El destino humano
Se puede decir que el tema del destino humano es el que nos toca más de cerca en la escatología. ¿Qué hemos de ser nosotros? ¿Qué hará Dios con el hombre? El futuro se enlaza con el pasado, y hemos de tener en cuenta que el propósito original de Dios al crear al hombre era «a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza, y enseñoree …» (Gn. 1:26). Sólo el hombre, entre todas las criaturas aquí abajo, pudo tener comunión con Dios, por tener personalidad, cualidades morales y libre albedrío. Pareció que todo el plan de Dios quedaba frustrado cuando el hombre, cabeza de la creación, se valió de su libre albedrío para rebelarse contra su Creador, pero el consejo de la trinidad no puede quedar sin efecto por la intervención del diablo y la caída del hombre.
Por el glorioso misterio de la encarnación vino al mundo un hombre celestial en quien Dios pudo deleitarse, y quien pudo, como «Hijo del Hombre», cumplir los altos destinos de la humanidad (Sal. 8 con He. 2:6–9; véase capítulo 6). Al llevar en Su persona la responsabilidad legal y moral del hombre ante Dios en la obra de la expiación, el Dios-Hombre hizo posible que el pecador fuese reconciliado con Dios por medio del arrepentimiento y de la fe, y que, «recreado» en Cristo, fuese «renovado conforme a la imagen del que lo creó» (Col. 3:10).
Así que el pensamiento primordial de Dios para con el hombre se realiza en todo aquel que se une a Cristo por la fe: «Porque a los que antes conoció, también predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo» (Ro. 8:29). La resurrección de los creyentes en la venida del Señor nos dará el «cuerpo espiritual», de nueva constitución, que será el vehículo perfecto del espíritu redimido y recreado en Cristo: «Y así como hemos traído la imagen del terrenal [Adán] traeremos también la imagen del celestial [Cristo]» (1 Co. 15:42–54; Ro. 8:30; Fil. 3:20 y 21; Col. 3:4; 1 Jn. 3:2).
Muchas descripciones del cielo insinúan ideas erróneas o, por lo menos, inadecuadas en cuanto a la vida del hombre en el estado eterno, pues no se hace distinción entre las figuras que representan la Iglesia glorificada y la gran realidad espiritual que nos espera. Hemos de tener en cuenta que la personalidad del hombre llegará a su perfección a la semejanza del Hombre perfecto, sin mengua de su carácter distintivo. Disfrutará de una perfecta visión de Dios en Cristo, mientras que el nombre de Dios estará en su frente, o sea, la voluntad de Dios gobernará la vida en su totalidad.
No será una vida pasiva, ocupada solamente en alabanzas vocales, sino que «sus siervos le servirán» (Ap. 22:3 y 4). Todavía habrá servicio que cumplir, pero sin cansancio y sin limitaciones, dentro de la voluntad de Dios y la condición del hombre glorificado. El servicio encomendado a cada cual dependerá de la fidelidad con que administramos «lo poco» que hemos recibido en esta vida (Mt. 25:21; Lc. 19:16 y 17, etc.). Si tan hermoso es el mundo en parte y tan sublimes momentos tiene la vida humana aquí, a pesar de los estragos que resultan del pecado, ¿qué no será la vida de los redimidos allí en perfecta unión con Cristo en la nueva creación? «Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman» (1 Co. 2:9).
Hemos hablado del glorioso destino de los redimidos, pero inevitablemente existirá la terrible contrapartida en cuanto a los rebeldes: «El que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego» (Ap. 20:15). Cuando Dios ofreció la vida a un mundo que había «muerto» por causa de su pecado, la ofreció en el Hijo. El que rechaza la vida eterna en Cristo queda sin vida, o sea, el estado de muerte espiritual y de separación de Dios se prolonga eternamente. La severidad de la sentencia de cada uno será «según sus obras», con referencia especial a las oportunidades que el pecador haya rechazado.
PREGUNTAS
1. ¿Cuál es el doble propósito fundamental de la profecía?
2. Según el «sermón profético», ¿cuál será el estado del mundo antes del tiempo del fin?
3. ¿Qué entiende usted por el «milenio»? Señálense los acontecimientos que, al parecer de muchos, van a inaugurar y clausurar este período.

Trenchard, E. (1972). Bosquejos de docrina fundamental (143). Grand Rapids, Michigan: Editorial Portavoz.
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2 comentarios to “LA SEGUNDA VENIDA DE CRISTO”

  1. omar said

    esta super interesante dicho sermon..si solamente los jovenes se interesaran en esto y no en locuras mundanas..grasias y q El Se?or les bendiga.

  2. Emenegildo Velasquez said

    Guaoooo, que hermoso sermon. Cuando lo estaba leyendo me imaginaba cada escena. Esto va ser maravilloso, espectacular lo que el Señor tiene para nosotros. Estos son los temas que se tienen que dar en estos ultimos años. Le felicito y siga adelante enseñando a la grey de Dios para que estemos preparados a ese gran evento. Dios me lo bendiga mucho amado hermano.

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