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LA SANTIDAD NO ES UNA OPCIÓN leccion 3

Publicado por fielcristiano en abril 18, 2009

LA SANTIDAD NO ES UNA OPCIÓN


SEGUID LA PAZ CON TODOS, Y LA

SANTIDAD, SIN LA CUAL NADIE

VERA AL SEÑOR.

Hebreos 12:14

¿Qué es lo que significan exactamente las palabras “sin la cual (la santidad) nadie verá al Señor”? En último análisis, ¿depende en alguna medida nuestra salvación de que alcancemos algún nivel de santidad personal?

Sobre esta cuestión las Escrituras son claras en dos sentidos. Primero, los mejores creyentes jamás pueden por sí mismos merecer la salvación basados en su santidad personal. Nuestras acciones justas son como trapos de inmundicia a la luz de la santa ley de Dios (Isaías 64:6). Nuestras mejores obras están manchadas y contaminadas con la imperfección y el pecado. Como lo expresó uno de los santos hace algunos siglos: “Hasta nuestras lágrimas de arrepentimiento tienen que ser lavadas en la sangre del Cordero.”

Segundo, las Escrituras se refieren repetidamente a la obediencia y a la justicia de Cristo manifestadas a nuestro favor. “Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos(Romanos 5:19). “Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevamos a Dios” (1 Pedro 3:18). Estos pasajes nos enseñan lo referente a un doble aspecto de la obra de Cristo a nuestro favor. Se los menciona a menudo como su obediencia activa y su obediencia pasiva, respectivamente.

La obediencia activa se refiere a la vida sin pecado que vivió Cristo aquí en la tierra, a su obediencia perfecta y a su santidad absoluta. Esa vida perfecta se le acredita al que confía en él para su salvación. Su obediencia pasiva se refiere a su muerte en la cruz, mediante la cual pagó completamente la pena correspondiente a nuestros pecados, y así dio satisfacción a la ira de Dios hacia nosotros. En Hebreos 10:5-9 vemos que Cristo vino a cumplir la voluntad del Padre.

Luego el escritor agrega: “En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre” (Hebreos 10:10). De modo que vemos que nuestra santidad delante de Dios depende enteramente de la obra que Jesucristo hizo por nosotros, por la voluntad de Dios.

¿Se refiere Hebreos 12:14, por lo tanto, a esa santidad que tenemos en Cristo? No, porque en este punto el escritor está hablando de una santidad que tenemos que procurar alcanzar; tenemos que “procurar. . . la santidad”. Y sin esta santidad, dice el escritor, nadie verá al Señor.

Las Escrituras hablan tanto de una santidad que nosotros tenemos en Cristo ante Dios, como de una santidad que nosotros tenemos que buscar insistentemente. Estos dos aspectos de la santidad se complementan mutuamente, porque nuestra salvación es una salvación para ser santos: “Pues no nos ha llamado Dios a inmundicia, sino a santificación” (1 Tesalonicenses 4:7). A los corintios Pablo les escribió: “A la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos” (1 Corintios 1:2). La palabra traducida santificados significa “hechos santos”. Es decir, por Cristo somos hechos santos en cuanto a nuestra posición delante de Dios, pero somos llamados a ser santos en la vida diaria también.

De manera que el escritor de la Epístola a los Hebreos nos está advirtiendo que debemos tomar en serio la cuestión de la santidad personal y práctica. Cuando el Espíritu Santo entra a morar en nuestra vida en el momento de recibir la salvación, viene con el fin de hacernos santos en la práctica. Si no existe, por lo tanto, cuando menos un anhelo en nuestro corazón de vivir una vida santa agradando a Dios, tenemos que considerar seriamente si nuestra fe en Cristo es realmente genuina.

Cierto es que este deseo de santidad puede ser nada más que un chispazo al comienzo. Pero ese chispazo tiene que aumentar hasta convertirse en una llama — un deseo apasionado de vivir una vida enteramente agradable a Dios. La salvación genuina trae consigo un deseo de ser hechos santos. Cuando Dios nos salva por medio de Cristo, no sólo nos salva del castigo que corresponde al pecado, sino también de su dominio.

El obispo anglicano Ryle dijo: “Dudo realmente que nosotros tengamos alguna base para decir que posiblemente el hombre puede convertirse sin que al mismo tiempo se consagre a Dios. Desde luego que puede indudablemente experimentar mayor consagración, y así ocurrirá a medida que su gracia vaya aumentando proporcionalmente;

pero si no se consagró a Dios el mismo día en que se convirtió y nació de nuevo, entonces no entiendo lo que significa la conversión.”

El sentido de la salvación es justamente que seamos “santos y sin mancha delante de él” (Efesios 1:4). Seguir viviendo en el pecado cuando somos creyentes en Cristo es ir en contra de los propósitos mismos de Dios en cuanto a nuestra salvación. Uno de los escritores de hace tres siglos lo expresó de esta manera: “Qué clase tan extraña de salvación anhelan los que no se preocupan por la santidad. . . Quieren ser salvados por Cristo, y al mismo tiempo estar fuera de Cristo, viviendo en un estado carnal. . . Quieren que se les perdone los pecados, no a fin de poder caminar con Dios en amor de ahora en adelante, sino a fin de que puedan practicar su enemistad con él sin temor al castigo.”

La santidad, por lo tanto, no es condición necesaria para la salvación — eso sería salvación por obras —, sino parte de la salvación que se recibe por la fe en Cristo.

El ángel le dijo a José: “Llamarás su nombre JESUS (que significa ‘Jehová es salvación’), porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1:21). Por lo tanto, podemos decir que nadie puede confiar en Cristo para una salvación genuina a menos que también confíe en él para su santificación. Esto no quiere decir que el deseo de santidad tiene que ser un deseo consciente en el momento en que la persona acude a Cristo, sino más bien que el Espíritu Santo que hace nacer en nosotros la fe salvadora, también hace surgir en nosotros el deseo de ser santos. Sencillamente no puede hacer lo uno sin hacer lo otro al mismo tiempo.

Pablo dijo: “Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente” (Tito 2:11,12).

La misma gracia que nos trae la salvación es la que nos enseña a renunciar a la vida de impiedad. No podemos recibir sólo la mitad de la gracia de Dios. Si la hemos experimentado en alguna medida, hemos de experimentar no solamente el perdón de los pecados sino también liberación del dominio del pecado. Esto es lo que quiere decir Santiago en ese pasaje difícil de entender sobre la fe y las obras (Santiago 2.14-16). Sencillamente nos está diciendo que una “fe” que no produce obras — una vida santa, en otras palabras — no es una fe viva sino una fe muerta, en nada mejor que la que poseen los demonios.

El carácter de Dios exige que haya santidad en la vida del creyente. Cuando nos busca para salvarnos, nos busca también para que tengamos comunión con él y con su hijo Jesucristo (1 Juan 1:3). Pero Dios es luz; en él no hay tinieblas en absoluto (1 Juan 1:5). ¿Cómo, entonces, podemos tener comunión con él si seguimos viviendo en tinieblas?

La santidad, en consecuencia, es indispensable para la comunión con Dios.

David preguntó: “Jehová, ¿quién habitará en tu tabernáculo? ¿Quién morará en tu monte santo?” (Salmo 15:1). Equivale a decir: “Señor, ¿quién puede vivir en comunión contigo?” La respuesta que se ofrece en los cuatro versículos posteriores puede sintetizarse así: “El que vive una vida santa.”

La oración constituye una parte vital de la comunión con Dios; mas el salmista dijo: “Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no me habría escuchado” (Salmo 66:18). Inclinarse a la iniquidad equivale a desear lo malo, amar el pecado en medida tal de no estar dispuesto a abandonarlo. Sabemos que está allí, pero procuramos justificarlo de algún modo, como el chico que dice: “Y bueno, él me pegó primero.” Cuando nos aferramos a algún pecado, no estamos buscando la santidad y no podemos tener comunión con Dios.

Dios no nos exige una vida perfecta, sin pecado, para que podamos tener comunión con él, pero sí exige que tomemos en serio el asunto de la santidad, que sintamos tristeza en el corazón cuando pecamos, en lugar de tratar de justificarlo, y que sinceramente procuremos alcanzar la santidad como un modo de vida.

La santidad es necesaria también para nuestro propio bienestar. Dice la Escritura: “El Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo” (Hebreos 12:6). Esta declaración presupone la necesidad de la disciplina en nosotros, por cuanto Dios no la administra en forma caprichosa. Nos disciplina porque necesitamos ser disciplinados.

Persistir en la desobediencia equivale a aumentar la necesidad de la disciplina. Algunos de los creyentes de Corinto persistían en desobedecer, hasta el punto en que Dios tuvo que quitarles la vida (1 Corintios 11:30).

David describió así la disciplina del Señor: “Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día. Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano; se volvió mi verdor en sequedades de verano” (Salmo 32:3,4).

Cuando Dios nos habla acerca de algún pecado, es preciso que prestemos atención y adoptemos medidas.

Si dejamos de encarar la cuestión, corremos el peligro de que su mano disciplinadora se cierna sobre nosotros. Como dijo Pedro: “Conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación” (1 Pedro 1:17). Dios toma en serio la cuestión de la santidad en la vida de su pueblo, y nos disciplina con el fin de lograrla.

La santidad es necesaria también para el efectivo servicio para Dios. Pablo le escribió a Timoteo: “Si alguno se limpia de (propósitos viles), será instrumento para honra, santificado, útil al Señor, y dispuesto para toda buena obra” (2 Timoteo 2:21). La santidad y la utilidad están vinculadas entre sí. No podemos brindarle a Dios nuestro servicio en un vaso impuro. El Espíritu Santo es la persona de la Trinidad que hace que nuestro servicio sea efectivo y que nos capacita para el servicio. Notemos bien que se le llama Espíritu Santo, o Espíritu de Santidad. Cuando damos rienda suelta a la naturaleza pecaminosa y vivimos en la impiedad, alejados de la santidad, contristamos al Espíritu de Dios (Efesios 4:30), y nuestro servicio será vano. Nos estamos refiriendo a ocasiones en que nuestra vida se caracteriza por la impiedad, y no a aquellas en que cedemos a la tentación pero inmediatamente pedimos a Dios que nos perdone y nos purifique.

La santidad es también necesaria para contar con la seguridad de la salvación — no en el momento de la salvación, sino en el curso de la vida. La fe verdadera siempre se hará evidente por sus frutos. “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es” (2 Corintios 5:17). La única prueba segura que tenemos de que estamos en Cristo, es una vida santa. Juan dijo que todo el que tiene en sí la esperanza de la vida eterna se purifica a sí mismo, así como Cristo es puro (1 Juan 3:3). Pablo dijo: “Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios” (Romanos 8:14). Si no sabemos lo que es la santidad, podemos jactarnos de que somos creyentes, pero no tenemos al Espíritu Santo en nosotros. Entonces, todo el que se profesa cristiano creyente debe hacerse la siguiente pregunta: “¿Hay evidencia de santidad práctica en mi vida? ¿Busco y deseo la santidad? ¿Me entristece no lograrla y procuro insistentemente la ayuda de Dios para lograrla?”No son los que profesan conocer a Cristo los que entrarán al cielo, sino aquellos cuya vida es santa. Ni siquiera aquellos que hacen “grandes obras para Cristo” entrarán al cielo, a menos que cumplan la voluntad de Dios. Jesús dijo: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad” (Mateo 7:21-23).

LECCIÓN 3 = PREGUNTAS

LA SANTIDAD NO ES UNA OPCIÓN

1. ¿Se puede perder la salvación si no alcanzamos algún nivel de santidad?

2. ¿Qué significa que “la obediencia y la justicia de Cristo es acreditada a

nuestro favor?

3. Describe la obediencia activa y pasiva de Cristo.

4. ¿Es nuestra salvación, una salvación para ser santos? Explica.

5. ¿Cuál es la diferencia entre ser santos posicionalmente en Cristo y el

llamado a ser santos?

6. ¿En que condición se encuentra una fe que no produce una vida santa?

¿Qué dice la epístola de Santiago acerca de una fe que no produce?

7. ¿Podemos tener comunión con Dios sin procurar la santidad?

Preguntas 8-10

8. ¿Qué hace Dios con nosotros cuando no queremos vivir una vida santa?

9. ¿Es necesaria la santidad para un servicio efectivo para Dios?

10. “SED SANTOS; PORQUE YO SOY SANTO.” ¿Tenemos opción en cuanto a

buscar la santidad?

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LA SANTIDAD DE CRISTO LECCIÓN 2

Publicado por fielcristiano en abril 3, 2009

AL QUE NO CONOCIO PECADO,

POR NOSOTROS (DIOS) LO HIZO

PECADO, PARA QUE NOSOTROS

FUESEMOS HECHOS JUSTICIA DE

DIOS EN EL.

2 Corintios 5:21

Antes de hablar sobre la santidad en nosotros mismos, conviene que consideremos la santidad de Cristo. Esto lo necesitamos primeramente a fin de que estemos firmemente afincados en la seguridad que tenemos en Cristo. Al ir estudiando más plenamente lo que significa el “Sed santos, porque yo soy santo”, podemos ver más claramente nuestra propia pecaminosidad. Veremos la maldad y el carácter engañoso de nuestro corazón, y en qué medida erramos el blanco de la perfecta santidad de Dios. Cuando así ocurre, el creyente verdadero procurará en su corazón huir en busca de refugio en Cristo. Por ello es importante que comprendamos lo que es la justicia de Cristo, y el hecho de que su justicia nos es acreditada a nosotros.

En numerosas ocasiones las Escrituras testifican que Jesús, durante los años que estuvo en esta tierra, vivió una vida perfectamente santa. Se afirma que fue “sin pecado” (Hebreos 4:15); que “no hizo pecado” (1 Pedro 2:22); y que “no conoció pecado” (2 Corintios 5:21). El apóstol Juan afirmó que “no hay pecado en él” (1 Juan 3:5). El Antiguo Testamento lo describe proféticamente como el “justo” (Isaías 53:11), y como el que ha “amado la justicia y aborrecido la maldad” (Salmo 45:7). Estas declaraciones, tomadas de seis escritores distintos de las Escrituras, demuestran que el carácter impecable de Jesucristo constituye parte de la doctrina universal de la Biblia.

Más convincente todavía, empero, es el testimonio que de sí mismo nos ofrece el propio Jesús. En una ocasión miró directamente a los fariseos y les preguntó: “¿Quién de vosotros me redarguye de pecado?” (Juan 8:46). Como lo ha observado alguien, lo importante y significativo no es el hecho de que no pudieran contestarle, sino el hecho de que se atreviera a hacerles la pregunta. Allí vemos a Jesús enfrentando directamente a quienes lo odiaban a muerte. Acababa de decirles que ellos pertenecían a su padre el diablo, y que querían llevar a cabo los deseos del diablo.

No cabe duda alguna que si había personas que tenían razón de querer señalarle alguna falla en su carácter, o algún descuido de su parte, serían ellos. Más todavía, Jesús hizo la pregunta en presencia de sus propios discípulos, los que vivían con él en forma continua y tenían amplias oportunidades para descubrir cualquier falta de consecuencia en su proceder. Y sin embargo, Jesús se atrevió a hacer la pregunta, porque sabía que no tenía respuesta. Era sin pecado.

Pero la santidad de Jesús era más que la ausencia de pecado simplemente. Formaba parte de su perfecta conformación a la voluntad de su padre. Jesús dijo que había bajado del cielo “no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió” (Juan 6:38). En otra oportunidad dijo:

“Mi comida es que haga la voluntad del que me envió” (Juan 4:34). Quizá el testimonio más sublime de su positiva santidad fuese el siguiente: “Yo hago siempre lo que le agrada (al Padre)” (Juan 8:29).

Una declaración tan positiva tiene que incluir no solamente sus actos, sino también sus actitudes y sus motivaciones. Para nosotros es posible cumplir una acción buena por motivos malos, pero esto no agrada a Dios. La santidad es algo más que la realización de actos. Los motivos tienen que ser santos, es decir, tienen que surgir de un deseo de hacer algo, simplemente porque esa es la voluntad de Dios. Nuestros pensamientos tienen que ser santos, porque le son conocidos a Dios, incluso antes de que se formen en nuestra mente. Jesucristo cumplió cabalmente estos requisitos, y lo hizo por nosotros. Nació en este mundo sujeto a la ley de Dios a fin de que pudiese cumplirla por nosotros y para nuestro beneficio (Gálatas 4:4,5).

Cuando contemplamos bien seriamente la santidad de Dios, la reacción natural es la de exclamar juntamente con Isaías: “¡Ay de mí! Que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos” (Isaías 6:5).

Un análisis serio de la santidad de Dios — de su propia perfección moral y de su infinito aborrecimiento del pecado — nos hará ver con gran desaliento como en el caso de Isaías, nuestra propia falta de santidad. Su pureza moral sirve para magnificar nuestra impureza.

Por lo tanto, es importante que se nos dé la misma seguridad que se le dio a Isaías: “He aquí que. . . es quitada tu culpa, y limpio tu pecado” (Isaías 6:7). No es solamente en el momento de la salvación que necesitamos seguridad.

En realidad, cuanto más avanzamos en el camino de la santidad, tanto más necesitamos la certidumbre de que la justicia perfecta de Cristo nos es acreditada a nosotros. Esto es así, porque parte del crecimiento en la santidad es el hecho de que el Espíritu Santo nos hace conscientes de que necesitamos la santidad. Cuando nos damos cuenta de dicha necesidad, nos conviene tener presente la justicia de Cristo Jesús a nuestro favor, y el hecho de que “Al que no conoció pecado, por nosotros (Dios) lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Corintios 5:21).

La doctrina de nuestra aceptación por Dios en mérito a la justicia de Cristo, puede parecer tan elemental que le resulte extraño al lector que se le dé tanta importancia aquí. La razón es que es necesario que la consideremos debidamente, a fin de frustrar los ataques de Satanás. El Espíritu Santo nos hace más conscientes de nuestra falta de santidad, para estimularnos a que la anhelemos más profundamente y que procuremos alcanzarla más intensamente. Pero Satanás ha de procurar utilizar la obra del Espíritu Santo para desalentarnos.

Uno de los ataques de Satanás consiste en tratar de convencernos de que en realidad no somos creyentes genuinos, después de todo. Nos puede insinuar algo así: “El creyente verdadero no piensa las cosas malas que tú has estado pensando hoy.” Ahora bien, puede ser que seis meses atrás Satanás no nos habría atacado con una sugerencia de ese tipo, simplemente porque entonces la cuestión de nuestros pensamientos no nos molestaba. Pero ahora que el Espíritu Santo ha comenzado a revelarnos lo pecaminosos que son realmente nuestros pensamientos lujuriosos y nuestros resentimientos y manifestaciones de orgullo, es posible que comencemos a tener dudas en cuanto a nuestra salvación.

Hace ya algunos años, Dios me estaba sometiendo a ciertas profundas luchas interiores, con el fin de demostrarme algo de la pecaminosidad de mi corazón. En esa época yo dirigía un estudio bíblico semanal en la base militar, a una hora de distancia por automóvil del lugar donde vivía. Todos los lunes por la noche cuando me retiraba de ese grupo de estudio bíblico y emprendía el solitario camino de regreso a casa, Satanás comenzaba a atacarme: “¿Cómo puede considerarse creyente una persona que tiene las luchas que tienes tú?” me insinuaba. Comencé a hacerle la guerra echando mano a un viejo himno evangelístico que comienza así:

“Tal como soy, sin otra defensa que la de que tu sangre fue vertida por mi, y que tú mandas que acuda a ti;

Oh Cordero de Dios, acudo a ti.”

Solía cantar este himno desde el comienzo hasta el fin, y para cuando llegaba al final, ya estaba alabando a Dios por la salvación que me había dado gratuitamente mediante Cristo Jesús.

También, si busca diligentemente la santidad, tendrá que huir con frecuencia hacia la Roca de su salvación. Huimos hacia allá, no para volver a ser salvos, sino para confirmar a nuestro propio corazón que hemos sido salvados por su justicia únicamente. Comenzamos a identificarnos con Pablo cuando dijo: “Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero” (1 Timoteo 1:15). Es en este momento que la vida santa de Cristo, vivida a favor de nosotros, se nos hace importante.

Una segunda razón de que tengamos que considerar la santidad de Cristo, es que su vida tiene por objeto ser ejemplo de santidad para nosotros. Pedro nos ha dicho que Cristo nos dejó su ejemplo para que sigamos sus pisadas (1 Pedro 2:21). Pedro hablaba particularmente del sufrimiento de Cristo sin ánimo de desquite, pero en el versículo siguiente dijo también que Cristo no cometió pecado alguno. Pablo nos insta a ser imitadores de Dios (Efesios 5:1), y también dijo: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo” (1 Corintios 11:1).

Se desprende evidentemente que la vida santa, sin pecado, de Jesucristo tiene como fin servirnos de ejemplo. Consideremos a continuación la siguiente declaración: “Yo hago siempre lo que le agrada (al Padre).”

¿Nos atreveríamos a tomar esas palabras como meta para nuestra vida personal?

¿Estamos realmente dispuestos a analizar minuciosamente todas nuestras actividades, todas nuestras metas y planes y todos nuestros actos impulsivos, a la luz de la siguiente afirmación: “Hago esto para agradar a Dios”?

Si nos hacemos esta última pregunta honestamente, comenzaremos a avergonzarnos en alguna medida. Sabemos muy bien que hacemos algunas cosas, buenas en sí mismas, para granjearnos la admiración de otros antes que para darle gloria a Dios. Otras cosas las hacemos estrictamente para nuestro propio placer, sin tomar en consideración la gloria de Dios para nada.

¿Cuál es mi reacción cuando alguien del barrio molesta a mi hijio/a?

Generalmente mi reacción inicial proviene de un espíritu de venganza, hasta que el Espíritu Santo me recuerda el ejemplo de Jesús.

¿Cuál es nuestra actitud ante los que no nos muestran ningún amor?

¿Los vemos como a personas por las cuales murió Cristo, o como a personas que nos hacen difícil la vida?

Recuerdo una entrevista comercial desagradable que tuve una vez con una persona, que luego se hizo creyente a raíz del testimonio de un tercero. Cuando me enteré de esto, me sentí sumamente mortificado al darme cuenta de que ni una sola vez había pensado en esa persona como en alguien por el cual Cristo había muerto en la cruz, sino sólo como en alguien con el cual había tenido una entrevista desagradable. Tenemos que aprender a seguir el ejemplo de Cristo, que fue movido a compasión por los pecadores, y que podía orar por ellos incluso cuando lo estaban clavando a la cruz en el Calvario.

En las palabras del teólogo escocés del siglo diecinueve, John Brown: “La santidad no consiste en especulaciones místicas, fervores fanáticos, ni durezas no impuestas; consiste en pensar como piensa Dios y en desear lo que desea Dios.” La santidad tampoco significa, como se cree con tanta frecuencia, la adhesión a una lista de cosas que se deben hacer y de cosas que no se deben hacer, mayormente de cosas que no se deben hacer. Cuando Cristo vino al mundo, dijo: “He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad” (Hebreos 10:7). Este es el ejemplo que tenemos que seguir. En todo lo que pensamos, en todo lo que hacemos, en todas las facetas de nuestro carácter, el principio rector que nos mueve y nos guía ha de ser el deseo de seguir a Cristo en el cumplimiento de la voluntad del Padre. Esta es la elevada senda que debemos seguir en la búsqueda de la santidad.


LECCIÓN 2 = PREGUNTAS

LA SANTIDAD DE CRISTO

1. ¿Qué podemos hacer para ver claramente nuestra pecaminosidad?

2. ¿Por qué es necesario comprender lo que es la justicia de Cristo y el hecho de que su justicia es acreditada a nosotros?

3. ¿Por qué odiaban los fariseos a Jesús?

4. ¿Qué testimonio dan Pedro, Juan y Pablo en sus epístolas acerca de la santidad de Cristo? Anota por lo menos 5 versículos.

5. ¿Quién es el que nos hace sentir la necesidad de la santidad? ¿Y de

que manera lo hace?

6. ¿Qué ataques usa Satanás para desanimarnos en nuestra búsqueda de la santidad?

7. Explica una razón de ¿Por qué debemos considerar la santidad de

Cristo?

8. ¿Qué implica esta declaración que hizo Jesús? “Yo hago siempre lo que le agrada (al Padre).” ¿Implica actos externos, actos internos o ambos? Explica.

9. ¿Quién es nuestro ejemplo a seguir en nuestra búsqueda de la santidad?

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LA SANTIDAD DE DIOS LECCIÓN 1

Publicado por fielcristiano en abril 3, 2009

LECCIÓN 1

COMO AQUEL QUE OS LLAMO ES

SANTO; SED TAMBIEN VOSOTROS

SANTOS EN TODA VUESTRA

MANERA DE VIVIR; PORQUE

ESCRITO ESTA: SED SANTOS; PORQUE YO SOY SANTO

1 Pedro 1:15,16

Dios ha llamado a todos los creyentes a una vida santa. No hay excepción alguna a este llamado. No es un llamado dirigido únicamente a los pastores, a los misioneros, y a unos cuantos maestros de Escuela Dominical que se han consagrado a esta tarea. Todos los creyentes en todas partes, sean ricos o pobres, cultos o incultos, influyentes o totalmente desconocidos, son llamados a ser santos. El plomero creyente y el banquero creyente, la ignorada ama de casa y el poderoso jefe de estado han sido todos por igual llamados a ser santos.

Este llamado a la vida santa se basa en el hecho de que Dios mismo es santo. Porque Dios es santo, exige que nosotros también seamos santos. Muchos cristianos tienen lo que podríamos llamar una “santidad cultural”. Se adaptan al carácter y al esquema de comportamiento de los creyentes que los rodean. Si la cultura cristiana que los rodea es más o menos santa, dichas personas son más o menos santas también. Pero Dios no nos ha llamado a ser como los que nos rodean. Nos ha llamado a ser como él mismo es. La santidad consiste en nada menos que la conformidad con el carácter de Dios.

Tal como se la usa en las Escrituras, la palabra santidad describe tanto la majestad de Dios como la pureza y la perfección moral de su naturaleza. La santidad es uno de los atributos divinos; es decir, la santidad constituye parte esencial de la naturaleza de Dios. Su santidad es tan necesaria como su existencia, o tan necesaria, por ejemplo, como su sabiduría o su omnisciencia. Así como no puede evitar de saber lo recto, tampoco puede evitar de hacer lo que es recto.

Nosotros mismos no siempre sabemos lo que es recto, lo que es justo y bueno. Hay veces que nos resulta penoso resolver cuestiones que tienen connotaciones morales.

“¿Qué es lo que corresponde hacer?” nos preguntamos. Dios, naturalmente, jamás se encuentra ante semejante dilema. Su conocimiento perfecto excluye cualquier incertidumbre sobre lo que está bien o lo que está mal.

Pero a veces, aun cuando sabemos lo que tenemos que hacer, nos sentimos reacios a obrar. La acción buena puede requerir sacrificio, o puede obrar como un golpe a nuestro orgullo (por ejemplo, cuando sabemos que debemos confesarle a alguien un pecado), o plantear algún otro obstáculo. Pero esto tampoco es aplicable en el caso de Dios. Dios jamás vacila. Siempre hace lo que es justo y bueno sin la menor vacilación. Le resulta imposible, dada su misma naturaleza, obrar de otro modo.

La santidad de Dios, por lo tanto, significa que está perfectamente libre de todo mal. Decimos que una prenda de vestir está limpia cuando está libre de manchas, o que el oro es puro cuando ha sido refinado y se le ha quitado toda la escoria. De este modo podemos pensar en la santidad de Dios como la ausencia total de maldad en él. Juan dijo: “Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él” (1 Juan 1:5). La luz y las tinieblas, cuando se las emplea de esta manera en las Escrituras, tienen significación moral. Juan nos está diciendo que Dios está completamente libre de todo mal moral, y que él mismo constituye la esencia de la pureza moral.

La santidad de Dios incluye también su perfecta conformidad con su propio carácter divino. Es decir, todos sus pensamientos y toda su acción son consecuentes con su santo carácter. Por contraste, consideremos nuestra propia vida. Con el tiempo, a medida que vamos madurando en la vida cristiana, vamos desarrollando un cierto grado de carácter cristiano. Mejoramos en aspectos tales como aprender a decir la verdad, como también en pureza y humildad. Pero no siempre obramos en forma consecuente con nuestro carácter. Decimos una mentira o nos dejamos llevar por una serie de pensamientos impuros. Luego nos sentimos afligidos con nosotros mismos por dichas acciones o pensamientos, porque son incompatibles con nuestro carácter. Esto es algo que nunca le ocurre a Dios. Dios obra invariablemente de conformidad con su carácter santo. Y es justamente a este nivel de santidad al que nos ha llamado Dios cuando dice: “Sed santos, porque yo soy santo.”

La santidad absoluta de Dios debe servimos de gran consuelo y seguridad. Si Dios es perfectamente santo, luego podemos confiar en que sus acciones para nosotros han de ser siempre perfectas y justas.

A menudo nos sentimos tentados a cuestionar las acciones de Dios, y a quejarnos de que nos trata injustamente. Pero esta es una mentira del diablo, la misma que utilizó en el caso de Eva. Esencialmente lo que le dijo fue: “Dios te está tratando injustamente” (Génesis 3:4,5). Pero es imposible, por la propia naturaleza de Dios, que El alguna vez obre injustamente. Dado que es santo, todas sus acciones son santas.

Tenemos que aceptar por fe el hecho de que Dios es santo, aun cuando las circunstancias adversas pudieran sugerir lo contrario. Quejarnos contra Dios es, en efecto, negar su santidad y afirmar que Dios es injusto.

En el siglo diecisiete Stephen Charnock escribió: “Es menos injurioso para Dios negar su existencia, que negar la pureza de su ser; lo primero hace que no sea Dios, lo segundo lo convierte en un Dios deformado, carente de amor y detestable. . . el que dice que Dios no es santo, dice algo mucho peor que el que dice que no hay Dios.”

Una de las formas en que hemos de alabar a Dios es reconociendo su santidad. Según la visión del cielo que tuvo Juan y que se describe en Apocalipsis 4, los cuatro seres vivientes que rodean el trono de Dios jamás cesan de exclamar: “Santo, santo, santo es el Señor Dios Todopoderoso, el que era, el que es, y el que ha de venir” (Apocalipsis 4:8). Los serafines en la visión que tuvo Isaías de la gloria de Dios también expresaron esta triple atribución de santidad a Dios (Isaías 6:3). Cuando Moisés elevó una plegaria de alabanza a Dios por la liberación de los israelitas frente al ejército de Faraón, también cantó a la santidad divina:

“¿Quién como tú, oh Jehová, entre los dioses?

¿Quién como tú, magnífico en santidad, Terrible en maravillosas

hazañas, hacedor de prodigios?”

(Éxodo 15:11)

En las Escrituras con frecuencia se nombra a Dios como el Santo, o el Santo de Israel. La palabra santo, según Stephen Charnock, se usa con más frecuencia delante del nombre de Dios que todos los demás atributos. La santidad es la corona de Dios. Imaginemos por un momento que Dios poseyese omnipotencia (poder infinito), omnisciencia (conocimiento perfecto y completo), y omnipresencia (facultad de estar presente en todas partes), pero sin santidad absoluta. Un ser de esa naturaleza no podría ser descrito como Dios. La santidad es la perfección de todos los demás atributos divinos: su poder es poder santo, su misericordia es misericordia santa, su sabiduría es sabiduría santa. Es su santidad, más que ningún otro atributo, lo que lo hace digno de nuestra alabanza.

Pero Dios exige más que el reconocimiento de su santidad. Nos dice: “Sed santos, porque yo soy santo.” Con toda justicia Dios les exige santidad perfecta a todas las criaturas dotadas de carácter moral. No podría ser de otro modo. Dios no podría ignorar, y menos aprobar, ninguna acción mala. No puede ni por un momento rebajar el nivel de la santidad perfecta. Más bien nos tiene que decir, como en efecto lo dice: “Sed…santos en toda vuestra manera de vivir.” El profeta Habacuc declaró: “Muy limpio eres de ojos para ver el mal, ni puedes ver el agravio (la iniquidad — VP)” (Habacuc 1:13). En razón de que Dios es santo, no puede justificar ni pasar por alto ningún pecado nuestro, por pequeño que éste sea.

A veces tratamos de justificar ante Dios alguna acción que nuestra propia conciencia pone en tela de juicio. Pero si realmente comprendemos lo que representa la santidad perfecta de Dios, tanto en sí mismo como en lo que nos exige a nosotros, veremos en seguida que jamás podremos justificar ante él la más mínima desviación con respecto a su perfecta voluntad. Dios no acepta una excusa como la siguiente: “Y bueno. . . así soy yo”, como tampoco la afirmación algo más optimista: “Pues, es un aspecto de la vida en el que todavía estoy aprendiendo.”

Decididamente, no: la santidad de Dios no admite la más mínima falla o defecto en nuestro carácter personal. Haríamos bien los creyentes, aun cuando somos justificados únicamente en mérito a la justicia de Cristo, en considerar atentamente las palabras del escritor de la Epístola a los Hebreos: “Procuren. . . llevar una vida santa; pues sin la santidad, nadie podrá ver al Señor” (Hebreos 12:14, VP).

Siendo así que Dios es santo; El no puede nunca tentarnos a pecar. “Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie” (Santiago 1:13). Probablemente a nadie se le va a ocurrir pensar que Dios se ocupe activamente en hacernos pecar; pero podemos estimar que nos ha colocado en una situación en la que no tenemos elección alguna.

El rey Saúl sintió algo parecido cuando encaró su primera campaña grande contra los filisteos (1 Samuel 13). Antes de entrar en batalla, Saúl debía esperar durante siete días a que llegara Samuel, el profeta, a ofrecer un holocausto e implorar el favor del Señor. Saúl esperó a Samuel los siete días.

Cuando no apareció, se comenzó a preocupar y resolvió ofrecer él mismo el holocausto. Le pareció que no había alternativa. El pueblo que estaba con Saúl tenía miedo y había comenzado a desertar; los filisteos se preparaban para la batalla; Samuel ya tenía que haber llegado. ¡Había que hacer algo! Dios lo había colocado en una situación en la que no podía elegir otra cosa, al parecer, sino desobedecer las expresas instrucciones divinas. Mas por haber desobedecido la expresa voluntad de Dios, Saúl perdió el reino (1 Samuel 13:13, 14).

¿Y nosotros? ¿Pensamos a veces que no nos queda otro remedio que ocultar la verdad en parte, o realizar algún acto ligeramente deshonesto?

Cuando razonamos así, en realidad estamos diciendo que Dios nos está tentando a pecar, que nos ha colocado en una posición o situación en la que no tenemos alternativa alguna.

Las personas que tienen que estar sujetas a la autoridad de otros, a veces son particularmente vulnerables a esta tentación. Los que cumplen funciones como capataces o supervisores, a menudo presionan a los que están a sus órdenes a que cometan actos deshonestos o reñidos con la ética. Siendo oficial principiante en la marina, tuve que enfrentar una situación así yo mismo. A cambio de unos cuantos kilos de café entregados a ciertas personas, nuestro barco podía obtener “gratis” toda clase de elementos valiosos que hacían falta a bordo. “Después de todo”, se decía, “pertenecen a la marina en cualquier caso.” Al fin tuve que ponerme firme ante mi superior, haciendo peligrar mi carrera naval, y explicarle que yo no podía tomar parte en esas actividades.

Por cuanto Dios es santo, aborrece el pecado. La palabra aborrecer es tan fuerte que no nos gusta usarla. Reprendemos a los chicos cuando nos dicen que odian a alguien. Más cuando se trata de la actitud de Dios hacia el pecado, sólo una palabra fuerte como ésta trasmite adecuadamente el concepto correspondiente.

Refiriéndose a diversos pecados de Israel, Dios dice: “Porque todas estas son cosas que aborrezco” (Zacarías 8:17). El odio o aborrecimiento es una emoción legítima cuando se refiere al pecado. De hecho, cuanto más santos nos volvemos, tanto más aborrecemos el pecado.

David dijo: “De tus mandamientos he adquirido inteligencia; por tanto, he aborrecido todo camino de mentira” (Salmo 119:104). Ahora bien, si esto es cierto en cuanto a un hombre, cuánto más referente a Dios. Al ir adquiriendo mayor santidad, va aumentando nuestro aborrecimiento hacia el pecado; y Dios, que es infinitamente santo, siente un aborrecimiento infinito hacia el pecado.

Con frecuencia decimos que “Dios odia el pecado pero ama al pecador”. Esta es una bendita verdad, pero con harta frecuencia recitamos rápidamente la primera parte, para llegar a la segunda.

No podemos eludir el hecho de que Dios aborrece nuestros pecados. Podemos tomar livianamente la cuestión de nuestros pecados, o justificarlos, pero Dios los aborrece.

Por consiguiente, cada vez que pecamos, hacemos algo que Dios aborrece. Aborrece nuestros pensamientos lujuriosos, nuestro orgullo y nuestros celos, nuestros desplantes temperamentales, y el razonamiento falso de que el fin justifica los medios. Tiene que hacerse carne en nosotros el hecho de que Dios aborrece todas estas cosas. Nos acostumbramos tanto a nuestros pecados, que a veces caemos en un estado de coexistencia pacífica con ellos; pero Dios no deja de aborrecerlos jamás.

Tenemos que cultivar en nuestro propio corazón ese mismo aborrecimiento hacia el pecado que tiene Dios. El aborrecimiento al pecado como tal, no simplemente como algo que nos molesta o nos vence, sino como algo que desagrada a Dios, ésta es la base misma de toda santidad verdadera.

Tenemos que cultivar la actitud de José, que cuando fue tentado dijo: “¿Cómo, pues, haría yo este grande mal, y pecaría contra Dios?” (Génesis 39:9). Dios aborrece el pecado dondequiera que lo encuentre, tanto en el santo como en el pecador por igual. Dios no aborrece el pecado en unas personas, para ignorarlo en otras. Juzga las obras de cada cual imparcialmente (1 Pedro 1:17).

Más todavía, los ejemplos bíblicos indican que es posible que Dios juzgue los pecados de los santos con más severidad que los del mundo. David fue un varón conforme al corazón de Dios (Hechos 13:22), y no obstante, después de su pecado contra Urías, le fue dicho: “Por lo cual ahora no se apartará jamás de tu casa la espada” (2 Samuel 12:10).

Moisés, por un solo acto de incredulidad, fue excluido de la tierra de Canaán, a pesar de sus muchos años de servicio fiel. Jonás, por su desobediencia, fue arrojado a la horrible prisión en el vientre de un pez gigante, donde estuvo tres días y tres noches, a fin de que aprendiera a no huir del mandato divino.

Debido al carácter engañoso de nuestro corazón, algunas veces jugamos con la tentación, abrigando la idea de que siempre es posible confesar y pedir perdón posteriormente. Este modo de pensar resulta sumamente peligroso. Dios juzga sin parcialidad. Jamás pasa por alto ningún pecado nuestro.

Jamás toma la decisión de no molestarse, aunque se trate solamente de un pecado pequeño. No — Dios aborrece intensamente el pecado, dondequiera y cuando quiera que lo encuentre.

La contemplación frecuente de la santidad de Dios y de su consiguiente aborrecimiento del pecado, constituye un arma poderosa contra la tendencia a jugar con el pecado. Se nos insta a vivir la vida en la tierra como peregrinos, con reverencia y temor (1 Pedro 1:17). Desde luego que el amor de Dios para con nosotros, manifestado por Jesucristo, debe constituir la motivación principal para buscar la santidad. Pero una motivación urgida por el aborrecimiento de Dios hacia el pecado y el juicio consiguiente sobre el mismo, no es menos bíblica.

La santidad de Dios constituye un nivel sumamente elevado; un nivel de perfección. No obstante ello, ese es el nivel que nos pide. No puede hacer otra cosa. Si bien es cierto que Dios nos acepta únicamente en mérito a la obra de Cristo, el nivel que Dios nos exige en el desarrollo del carácter, de las actitudes, de las acciones y de las manifestaciones de afecto, es éste: “Sed santos, porque yo soy santo.” Si queremos crecer en santidad, tenemos que tomar en serio esta admonición.

LECCIÓN 1= PREGUNTAS

LA SANTIDAD DE DIOS

1. ¿Para quien es el llamado de la santidad?

2. ¿Define la “santidad cultural”?

3. ¿Qué significa “la santidad de Dios” según la lección?

4. ¿Qué significa “quejarse contra Dios” según la lección?

5. ¿Cuál es la base de la santidad verdadera?

6. En cuanto más nos acercamos al Dios santo: ¿Cómo nos hace sentir?

7. ¿Qué arma podemos usar para no jugar con el pecado?

8. Si queremos crecer en santidad: ¿Qué debemos hacer?

9. Alabamos a Dios cuando reconocemos su santidad. Recuenta una experiencia tuya.

Publicado en 16 LECCIONES DE SANTIDAD | 6 Comentarios »

 
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