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Devocional UTG Luis Jimenez

Publicado por fielcristiano en febrero 17, 2014

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UTG DEVOCIONAL Jaime Mendoza

Publicado por fielcristiano en febrero 3, 2014

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DEVOCIONAL SEMANAL UTG LEIDY Y JAIME

Publicado por fielcristiano en enero 27, 2014

Desde Cordoba Colombia te traemos una palabra de Dios para tu Vida
Nuestros hermanos leidy esquivel y jaime mendoza traen una palabra que impactara tu vida Dios te bendiga Suscribete Y Comparte y dale me gusta

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YO COMPARTIRÉ TU LADO OSCURO

Publicado por fielcristiano en enero 3, 2009

YO COMPARTIRÉ
TU LADO OSCURO

La promesa de Dios en la escupida del soldado

Es digno de nuestra compasión. Cuando lo ves, no te ríes. No te mofas. No te vas, ni mueves la cabeza. Te acercas respetuosamente a él, lo llevas hasta el banco más cercano y lo ayudas a sentarse.
Te compadeces del hombre. Es tan tímido, tan cauteloso. Es un ciervo en las calles de Manhattan. Tarzán caminando por la jungla urbana. Es una ballena encallada en la playa, preguntándose cómo llegó allí y cómo hará para salir y volver a las aguas profundas.

Qué habría sido de la Bestia si la Bella no hubiera aparecido?

Tú conoces la historia. Hubo un tiempo cuando su rostro era hermoso y su palacio agradable. Pero eso era antes de la maldición, antes que las sombras cayeran sobre el castillo del príncipe, antes que las sombras cayeran sobre su corazón. Y cuando esto ocurrió, él se ocultó. Se recluyó en su castillo, con su hocico reluciente, sus colmillos encorvados y un talante horrible.
Pero todo eso cambió cuando llegó la joven. Me pregunto, ¿qué habría sido de la Bestia si la Bella no hubiera aparecido?
O, ¿qué habría pasado si ella no hubiera tenido la actitud que tuvo con él? ¿Quién habría podido reprocharla? Él era… ¡una bestia! Velludo. Le corría la baba. Rugía cuando quería decir algo. Su aspecto aterrorizaba. Y ella era una belleza. Adorable. Amable. Si en el mundo dos personas correspondieran fielmente a sus nombres, estas serían la Bella y la Bestia. ¿Quién habría podido criticarla si ella no le hubiera prestado atención? Pero ella lo hizo.
Y porque la Bella amó a la Bestia, esta llegó a ser más hermosa.
La historia nos resulta familiar, no porque sea un cuento de hadas sino porque nos recuerda a nosotros mismos. Dentro de cada uno de nosotros hay una bestia.
Pero no siempre fue así. Hubo un tiempo cuando el rostro de la humanidad era hermoso y el palacio agradable. Pero eso era antes de la maldición, antes que las sombras cayeran sobre el jardín de Adán, antes que las sombras cayeran sobre el corazón de Adán. Y a partir de la maldición, hemos sido diferentes. Bestiales. Feos. Despreciables. Cascarrabias. Hacemos las cosas que sabemos que no debemos hacer y después nos preguntamos por qué las hicimos.
La otra noche, seguramente la parte fea de mí mostró mi rostro de bestia. Me encontraba conduciendo mi vehículo por una carretera de dos carriles que estaban a punto de convertirse en uno solo. Una señora detrás de mí conducía su vehículo por el carril que continuaría. Yo estaba en el que desaparecería. Decidí que tenía que seguir delante de ella. Sin duda, mi agenda era mucho más importante que la de ella. Después de todo ¿no soy yo un hombre especial? ¿Un mensajero de amor? ¿Un embajador de paz?
Así es que aceleré.
¿Qué? Sí, ella lo hizo también. Cuando mi carril se terminó, ella estaba centímetros adelante. Refunfuñé, pero dejé que me adelantara. Mirando por sobre su hombro, ella me hizo una seña de adiós con su cara llena de risa. Grrrr.
Quise encender las luces de mi auto, pero me detuve; sin embargo, la parte siniestra de mí saltó para decirme: «¿Por qué no? ¿No has sido llamado a proyectar luz en los lugares oscuros? ¿A iluminar las sombras?»
Así es que puse las luces altas que chocaron violentamente contra su espejo retrovisor.
Ella se vengó disminuyendo la marcha. Ahora iba a la vuelta de la rueda. ¡Esta dama se las traía! No se habría apurado aunque hubiese sabido que toda la ciudad de San Antonio estaba atrasada. No pasaba de las quince millas por hora. Yo, ante esa situación, no estaba dispuesto a quitar las luces de su espejo retrovisor. Como dos burros taimados, ella se mantuvo avanzando lentamente y yo alumbrándola. Después de una serie de pensamientos que no me atrevo a expresar, el camino se amplió de nuevo de modo que empecé a tratar de pasarla. ¿Y sabes qué vino ahora? En una intersección, una luz roja nos dejó parados uno al lado del otro. Lo que ocurrió entonces contiene buenas y malas noticias. La buena es que me hizo un gesto con la mano. La mala es que mejor no trates de imaginarte en qué consistió su gesto.
Momentos después, comenzó el remordimiento. «¿Por qué habré hecho eso?» Yo soy, por naturaleza, un tipo tranquilo, pero esta vez y por quince minutos, me comporté como una bestia. Solo dos cosas me tranquilizan. Una, que no tengo la figura de un pez adherida a mi auto; y dos, que el apóstol tuvo problemas similares. «No hago lo que quiero, sino lo que no quiero, eso hago» ( Romanos 7.15 ). ¿Alguna vez se han aplicado estas palabras también a ti?
Si la respuesta es afirmativa, entonces estás en buena compañía. Pablo no es el único personaje de la Biblia que tuvo que trenzarse a golpes con la bestia que había dentro de él. Difícilmente se podría encontrar una página de la Escritura donde el animal no muestre los dientes. El rey Saúl atacando al joven David con una lanza. Siquem violando a Dina. Los hermanos de Dina (los hijos de Jacob) dando muerte a Siquem y sus amigos. Lot tratando de negociar con los hombres de Sodoma y luego huyendo apresuradamente de allí. Herodes asesinando a los niños de Belén. Otro de los Herodes dando muerte al primo de Jesús. Si a la Biblia se la conoce como el Libro de Dios, no es precisamente porque la gente que aparece en ella hayan sido unos santitos. A través de sus páginas la sangre corre tan libremente como la tinta a través de la pluma que las relata. Pero la maldad de la bestia nunca fue tan grande como el día que Cristo murió.
Los discípulos primero fueron rápidos para quedarse dormidos y luego fueron rápidos para irse.
Herodes quería montar un espectáculo.
Pilato quería quitárselo de encima.
¿Y los soldados? Querían sangre.
Así es que azotaron a Jesús. El azote legionario estaba formado por tiras de cuero con pequeñas bolas de plomo en sus puntas. Lo que se quería conseguir con eso era golpear al acusado hasta dejarlo medio muerto y luego parar. La ley permitía treinta y nueve azotes, pero casi nunca se llegaba a este número. Un centurión vigilaba la condición del preso. Cuando le soltaron las manos y se desplomó, no hay duda que Jesús estaba cerca de la muerte.
Los azotes fueron lo primero que hicieron los soldados.
La crucifixión fue lo tercero. (No, no me he saltado la segunda cosa. Volveremos a eso en un momento.) Aunque su espalda estaba completamente destrozada por los azotes, los soldados pusieron el travesaño de la cruz sobre los hombros de Jesús e iniciaron así la marcha hacia el Lugar de la Calavera donde lo ejecutaron.
No culpamos a los soldados por estas dos acciones. Después de todo, solo cumplían órdenes. Pero lo que cuesta entender es lo que hicieron mientras tanto. Esta es la descripción que hace Mateo:
Jesús fue golpeado con azotes y entregado a los soldados para que lo crucificaran. Los soldados del gobernador llevaron a Jesús al palacio del gobernador y allí se reunieron alrededor de él. Le quitaron la ropa y le pusieron una túnica roja. Usando ramas con espinas, hicieron una cruz, se la pusieron en la cabeza y le pusieron un palo en su mano derecha. Luego los soldados se inclinaron ante Jesús y se mofaron de él, diciendo: «¡Salve. Rey de los judíos!» Y lo escupieron. Luego le quitaron el palo y empezaron a golpearlo con él en la cabeza. Después que hubieron terminado de hacerlo, le sacaron la túnica y lo volvieron a vestir con su ropa. Y lo sacaron para crucificarlo ( Mateo 27.27–31 ).
La tarea de los soldados no era otra que llevar al nazareno al cerro y ejecutarlo. Pero ellos tenían otra idea. Antes de matarlo, querían divertirse un poco con él. Soldados robustos, armados y descansados formaron un círculo alrededor de un carpintero de Galilea desfalleciente y casi muerto, y se dedicaron a golpearlo.
Los azotes fueron ordenados, lo mismo que la crucifixión. ¿Pero quién podría encontrar placer en escupir a un hombre medio muerto?
Jamás un escupitajo puede herir el cuerpo. No puede. Se escupe para hacer daño en el alma, y ahí sí que es efectivo. ¿Qué era lo que los soldados estaban haciendo? ¿No se estaban elevando a expensas de otro? Se sentían grandes a través de empequeñecer a Cristo.
¿No has hecho eso tú también alguna vez? Quizás nunca hayas escupido a alguien, pero sí has hablado mal de él (o de ella). O quizás lo has calumniado. ¿Has alzado alguna vez tu mano impulsado por la ira, o quitado la vista con arrogancia? ¿Has alguna vez lanzado tus luces altas sobre el espejo retrovisor de alguien? ¿Has alguna vez hecho que alguien se sienta mal para tú sentirte bien?
Eso fue lo que los soldados hicieron a Jesús. Cuando tú y yo hacemos lo mismo, también se lo estamos haciendo a Jesús. «Te puedo asegurar que cuando lo hiciste a uno de los últimos de estos mis hermanos y hermanas, me lo estabas haciendo a mí» ( Mateo 25.40 ). Como tratamos a los demás, así tratamos a Jesús.
«No Max, no me gusta oírte decir esas cosas», protestas tú. Créeme, a mí tampoco me gusta decirlas, pero debemos enfrentar el hecho que hay algo bestial dentro de cada uno de nosotros. Alguien que nos hace hacer cosas que aun a nosotros nos sorprenden. ¿No te has sorprendido a ti mismo? ¿No te has visto reflejado en algo que has hecho y que te ha hecho preguntarte: «¿Qué hay dentro de mí?»
Para esa pregunta, la Biblia tiene una respuesta de seis letras: P-E-C-A-D-O. Hay algo malo -bestial- dentro de cada uno de nosotros. «Por naturaleza somos hijos de ira» ( Efesios 2.3 ). No es que no podamos hacer lo bueno. Lo hacemos. Lo que pasa es que no podemos dejar de hacer lo malo. En términos teológicos estamos «totalmente depravados». Aunque hechos a la imagen de Dios, hemos caído. Tenemos corrompido el corazón. El centro de nuestro ser es egoísta y perverso. David dijo: «Nací en pecado, sí, desde el momento en que mi madre me concibió» ( Salmo 51.5 ). ¿Podría alguien de nosotros decir menos que eso? Todos hemos nacido con una tendencia a pecar. La depravación es un estado universal. La Escritura lo dice claramente:
Como ovejas nos hemos extraviado; cada uno se ha ido por su propio camino ( Isaías 53.6 ).
El corazón es engañoso sobre todas las cosas, y perverso. ¿Quién podría entenderlo? ( Jeremías 17.9 )
No hay justo ni aun uno… Todos han pecado y no han alcanzado la gloria de Dios ( Romanos 3.10 , 23 ).
Es posible que alguien no esté de acuerdo con palabras tan fuertes; quizás tal persona podría mirar a su alrededor y decir: «Comparado con fulano, yo soy una persona decente». Un cerdo podría decir lo mismo. Podría mirar a sus pares y declarar: «Estoy tan limpio como cualquiera de estos». Comparado con un ser humano, sin embargo, ese cerdo necesita ayuda. Comparados con Dios, nosotros los humanos necesitamos lo mismo. La medida para la santidad no se encuentra entre los cerdos de la tierra sino en el trono del cielo. Dios mismo es la medida.
Nosotros somos unas bestias. Como el ensayista francés Michel de Montaigne dijo: «No hay hombre tan bueno que, si sometiera todos sus pensamientos y actos a las leyes, no merezca ser colgado diez veces en su vida». 1 Nuestras obras son feas. Nuestros actos son rudos. No hacemos lo que queremos, no nos gusta lo que hacemos y, lo que es peor (sí hay aun algo peor), no podemos cambiar.
Tratamos de hacerlo, ah, sí que tratamos. Pero, «¿Podría un leopardo cambiar sus manchas? De la misma manera Jerusalén, tú no puedes cambiar y ser buena porque estás acostumbrada a hacer el mal» ( Jeremías 13.23 ). El apóstol coincide con el profeta: «La mente que es según la carne es hostil a Dios; no se somete a la ley de Dios porque no puede » ( Romanos 8.7 , énfasis mío).
¿Aun disientes? ¿Aun piensas que la afirmación es demasiado violenta? Si es así, acepta este reto. Durante las siguientes veinticuatro horas trata de vivir una vida sin pecado. No te estoy pidiendo una década de santidad, ni un año, ni siquiera un mes. Solo un día. ¿Te atreves a intentarlo? ¿Podrías vivir un día sin pecar?
¿No? ¿Y una hora? ¿Estarías en condiciones de prometer que por los siguientes sesenta minutos tendrás solo pensamientos y acciones puros?
¿Sigues indeciso? ¿Y cinco minutos? Cinco minutos libres de ansiedades, de irritación, de ausencia de orgullo. ¿Qué te parece cinco minutos?
¿No? Ni yo tampoco.
Esto quiere decir que tenemos un problema: Somos pecadores, y «el salario del pecado es la muerte» ( Romanos 6.23 ).
Tenemos un problema: No somos santos, y «nadie cuya vida no sea santa verá jamás al Señor» ( Hebreos 12.14 ).
Tenemos un problema: Somos malos, y «los malos recibirán castigo» ( Proverbios 10.16 ).
¿Qué podemos hacer?
Deja que los escupitajos de los soldados simbolicen la inmundicia en nuestros corazones. Y luego observa lo que hace Jesús con nuestra inmundicia. La lleva a la cruz.
A través del profeta, él dice: «Yo no escondí mi rostro de las burlas y los escupitajos» ( Isaías 50.6 ). Mezclada con su sangre y su sudor estaba la esencia de nuestro pecado.
Dios pudo haber hecho las cosas de otra manera. Según el plan de Dios, a Jesús se le ofreció vinagre para su garganta; entonces, ¿por qué no una toalla para su rostro? Simón cargó con la cruz de Jesús, pero no limpió las mejillas de Jesús. Los ángeles estaban a tiro de oración. ¿No podían ellos limpiar los escupitajos?
Podían, pero Jesús no les dio la orden para que lo hicieran. Por alguna razón, Aquel que escogió los clavos también escogió la saliva. Además de la lanza y la esponja del hombre, soportó el escupitajo del hombre. ¿Por qué? ¿Será que él pudo ver la belleza que había en la bestia?
Pero aquí termina la comparación con la Bella y la Bestia . En la fábula, la bella besa a la bestia. En la Biblia, la Bella hace mucho más. Se hace la bestia para que esta llegue a ser la bella. Jesús cambia lugar con nosotros. Nosotros, como Adán, estábamos bajo maldición, pero Jesús «cambió lugar con nosotros y se puso a sí mismo bajo esa maldición» ( Gálatas 3.13 ).
¿Qué habría ocurrido si la Bella no hubiese venido? ¿O que no se hubiera interesado en nosotros? Habríamos permanecido siendo bestias. Pero la Bella vino, y la Bella se preocupó de nosotros.
El que estaba sin pecado tomó la forma de un pecador para que nosotros, pecadores, pudiéramos tomar la forma de un santo.

El pecado oculto en la profundidad de los corazones
de los impíos los impulsará siempre a hacer lo malo.
Salmos 36.1

La vanidad está tan arraigada en el corazón del hombre que… los que escriben contra ella quieren tener la gloria
de haber escrito bien; y los que los leen, desean
tener la gloria de haberlos leído.
Blaise Pascal

El corazón es engañoso sobre todas las cosas e incurable.
¿Quién lo entenderá?
Jeremías 17.9

El pecado, entendido en el sentido cristiano, es el precio
que hay que pagar a través de toda la existencia.
Emil Brunner

Oh tendencia a hacer lo malo, ¿cómo te has arrastrado hasta cubrir la tierra con tu traición?
Eclesiástico 37.3

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¿HICISTE ESTO POR MÍ?

Publicado por fielcristiano en enero 3, 2009

1. ¿HICISTE ESTO POR MÍ?

El regalo de Dios es vida eterna en Cristo Jesús nuestro Señor.

Por Max lucado

Es digno de nuestra compasión. Cuando lo ves, no te ríes. No te mofas. No te vas, ni mueves la cabeza. Te acercas respetuosamente a él, lo llevas hasta el banco más cercano y lo ayudas a sentarse.
Te compadeces del hombre. Es tan tímido, tan cauteloso. Es un ciervo en las calles de Manhattan. Tarzán caminando por la jungla urbana. Es una ballena encallada en la playa, preguntándose cómo llegó allí y cómo hará para salir y volver a las aguas profundas.

20f

¿Quién es esta criatura desamparada? ¿Este huérfano de aspecto tan triste? Se trata de un -por favor, quítense el sombrero- hombre en el departamento de mujeres. Anda en busca de un regalo.
Es posible que sea Navidad. Puede tratarse de su cumpleaños o del aniversario de bodas. Cualquiera que sea el motivo, ha salido de su escondrijo. Dejando atrás las tiendas de artículos deportivos, los negocios de comida y los grandes televisores en el departamento de artículos electrónicos, se aventura en el mundo desconocido de ropa de mujer. No te costará ubicarlo. Es el que permanece inmóvil en el pasillo. Si no fuera por la mancha de sudor debajo de sus brazos, creerías que se trata de un maniquí.
Pero no lo es. Es un hombre en el mundo de una mujer. Nunca había visto tanta ropa interior. En Wal-Mart, donde compra la suya, todo está empacado y en sus respectivos estantes. Pero esto en una selva impenetrable. Su padre le había advertido sobre lugares como este. Aunque el letrero de la sección dice ¡quédese!, él sabe que no lo hará.
Empieza a caminar pero no sabe adónde ir. Claro, no todos los hombres han sido preparados para este momento como lo fui yo. Mi padre veía el desafío de comprar algo para las mujeres como un ritual de pasada, con pajarillos, y abejas y lacitos. Nos enseñó a mi hermano y a mí a sobrevivir cuando vamos de compra. Recuerdo el día cuando nos sentó y nos enseñó dos palabras. Para arreglártelas en un país extranjero necesitas conocer el idioma, y mi padre nos enseñó el idioma del departamento de mujeres.
«Llegará el día», nos dijo solemnemente, «cuando un vendedor se ofrecerá para ayudarles. Cuando ese día llegue, respiren hondo y digan la frase: « Es-tée Lau-der ». A partir de ahí, en cada ocasión en que había de recibir un regalo, mi mamá recibía tres regalos de los tres hombres de su vida: Estée Lauder, Estée Lauder, Estée Lauder.
Mi terror al departamento de mujeres desapareció. Pero entonces, conocí a Denalyn. A Denalyn no le gustaban los productos de Estée Lauder. Aunque le dije que la hacía oler maternalmente, no cambió su opinión. Desde entonces, he tenido que acomodarme a la situación.
Este año para su cumpleaños opté por comprarle un traje. Cuando la vendedora me preguntó por sus medidas, le dije que no las sabía. Y, sinceramente, no las sé. Sé que puedo pasar mi brazo alrededor de ella y que su mano cabe perfecta en la mía. ¿Pero su talla de vestidos? Nunca se lo he preguntado. Hay ciertas cosas que el hombre no pregunta.
La vendedora trató de ayudarme. «¿Es su esposa más o menos como yo?» Me enseñaron que con las mujeres tenía que ser un caballero, pero en este caso, no podía ser cortés si quería contestar la pregunta. Había solo una respuesta: «Es más delgada que usted». Me paré firme en el suelo, tratando de encontrar la respuesta. Después de todo, yo escribo libros. Seguro que podría encontrar las palabras adecuadas.
Decidí ser directo: «Es menos que usted».
O, más cortésmente: «Usted luce más como una mujer que ella». ¿Sería suficiente una pista? «Entiendo que la tienda está reduciéndose ».
Finalmente, tragué y dije la única cosa que sabía decir: «Estée Lauder»
Ella indicó en dirección del departamento de perfumes, pero yo sabía que mejor era no entrar allí. Le buscaría un bolso de mano. Quizás sería más fácil. ¿Qué podría tener de complicado seleccionar un artículo para llevar las tarjetas y el dinero? Yo he usado durante ocho años el mismo monedero. ¿Qué tan complicado puede ser comprar un bolso?
¡Oh, bruto que soy! Dile a un vendedor de una tienda de artículos de hombre que andas buscando una billetera y tu próxima jugada te encontrará parado frente a la cajera. La única decisión que has podido hacer ha sido si la prefieres negra o café. Dile a una vendedora en el departamento de damas que quieres un bolso, y te verás escoltado a un cuarto. Un cuarto lleno de estanterías. Estanterías llenas de bolsos. Bolsos con etiquetas con sus precios. Etiquetas pequeñas pero con precios tremendos… tan tremendos que pueden quitarle a cualquiera las ganas de comprar uno.
Me encontraba pensando en esto cuando la vendedora me hizo algunas preguntas. Preguntas para las cuales no tenía respuesta. «¿Qué clase de bolso le gustaría a su esposa?» Mi mirada al vacío le dijo que no tenía ni idea, así es que comenzó a presentarme una lista de opciones: «¿De mano? ¿De colgar del hombro? ¿De guantes? ¿Grande? ¿No tan grande? ¿Pequeño?»
Mareado ante tantas opciones, tuve que sentarme. Puse mi cabeza entre mis rodillas para no caerme. Pero ella no tenía para cuándo terminar. «¿Con monedero? ¿Un bolso tipo cartera? ¿De bolsillo? ¿Mochila?»
¿Mochila? El sonido de la palabra me resultó familiar. Satchel (mochila, en inglés) Paige había sido un lanzador en las grandes ligas de béisbol. Esta parecía la respuesta. Saqué pecho y dije, muy orgulloso: «¡Satchel! (¡Mochila!)»
Aparentemente, mi selección no fue de su agrado, porque empezó a lanzarme maldiciones en un idioma desconocido. Perdónenme por hacer referencia a esta vulgaridad, pero la señora estaba realmente disgustada. No entendí todo lo que dijo, pero sí me dio la impresión que creyó que estaba tratando con un loco. Cuando hizo referencia al precio puse mi mano sobre el bolsillo donde acostumbro llevar mi billetera y dije, en tono desafiante: «No. Este es mi dinero». Fue suficiente. Salí de allí a toda marcha. Pero cuando salía del cuarto, le di un poco de su propia medicina. «¡Estée Lauder!» le grité y corrí lo más rápido que pude.
¡Ah! Las cosas que tenemos que hacer para darle algún regalo a alguien que amamos.
Pero no importa. Lo volveríamos a hacer. Siempre lo hacemos de nuevo. Cada Navidad, cada cumpleaños. ¡Con cuánta frecuencia nos encontramos en un territorio que no es el nuestro! Adultos en tiendas que venden juguetes. Papás en tiendas para adolescentes. Esposas en los departamentos de caza y esposos en el departamento de bolsos.
Pero no solo entramos a lugares inusuales, sino que hacemos cosas inusuales. Armamos bicicletas a medianoche. Escondemos los nuevos neumáticos con aros de magnesio debajo de la escalera. Supe de un tipo que en un nuevo aniversario alquiló un cine para poder él y su esposa ver de otra vez el vídeo de su boda.
Sí. Lo haremos de nuevo. Habiendo prensado las uvas del servicio, bebemos el más dulce vino de la vida: el vino de dar. Vivimos el momento más hermoso cuando estamos dando. De hecho, nos parecemos más a Dios cuando damos.
¿Te has preguntado por qué Dios da tanto? Podríamos existir con mucho menos. Pudo habernos dejado en un mundo plano y gris; no habríamos sabido establecer la diferencia. Pero no lo hizo así:
Él hizo explotar naranjas en el amanecer
y limpió el cielo para que luciera azul.
Y si te gusta ver cómo se juntan los gansos,
Hay muchas posibilidades que eso lo puedas ver también.
¿Tuvo Él que hacer esponjosa la cola de la ardilla?
¿Se vio obligado a hacer que los pajarillos cantaran?
¿Y la forma divertida en que las gallinas corren
o la majestad del trueno que retumba?
¿Por qué dar a las flores aroma? ¿Por qué dar sabor a las comidas?
¿Podría ser
que Él quiere ver
todo eso reflejado en tu faz?
Si nosotros hacemos regalos para demostrar nuestro amor, ¿cuánto más no querría hacer Él? Si a nosotros -salpicados de flaquezas y orgullo- nos agrada dar regalos, ¿cuánto más Dios, puro y perfecto, disfrutará dándonos regalos a nosotros? Jesús preguntó: «Si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le piden?» ( Mateo 7.11 ).
Los regalos de Dios derraman luz en el corazón de Dios, el corazón bueno y generoso de Dios. Santiago, el hermano de Jesús, nos dice: «Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces» ( Santiago 1.17 ). Cada regalo revela el amor de Dios… pero ningún regalo revela su amor más que los regalos de la cruz. Estos venían, no envueltos en papel, sino en pasión. No estaban alrededor del arbolito, sino en una cruz. Sin cintas de colores, sino salpicados con sangre.
Los regalos de la cruz.
Mucho se ha dicho sobre el regalo de la cruz mismo, ¿pero, y los demás regalos? ¿Los clavos? ¿La corona de espinas? ¿El manto que se apropiaron los soldados? ¿Las ropas fúnebres? ¿Te has dado el tiempo de abrir estos regalos?
Tú sabes que no tenía ninguna obligación de dárnoslos. El único acto, lo único que se requería para nuestra salvación era el derramamiento de sangre, pero Él hizo mucho más que eso. Muchísimo más. Examina la escena de la cruz. ¿Qué encuentras?
Una esponja empapada en vinagre.
Un letrero.
Dos cruces a ambos lados de Cristo.
Los regalos divinos intentan activar ese momento, ese segundo cuando sus rostros se iluminan, sus ojos se abren, y Dios te va a oír susurrando: «¿Tú hiciste esto por mí?»
La diadema de dolor
Que conmovió tu dulce faz,
Tres clavos horadando carne y madera
Para mantenerte en ese lugar.
Yo entiendo la necesidad de la sangre.
Me abrazo a tu sacrificio.
¿Pero la esponja amarga, la lanza cortante,
La escupida en tu rostro?
¿Tenía que ocurrir eso en la cruz?
No hubo una muerte apacible
sino seis horas colgando entre la vida y la muerte,
todo estimulado por un beso de traición.
«Oh Padre», tú insistes,
corazón silencioso a lo que habría de ocurrir,
Siento preguntar, pero necesito saber:
«¿Tú hiciste esto por mí?»
¿Estaríamos dispuestos a hacer esta oración? ¿A tener tales pensamientos? ¿Será posible que el cerro de la cruz esté lleno de regalos de Dios? ¿Los examinamos? Desempacamos estos regalos de gracia quizás por primera vez. Y mientras los tocas y sientes la madera de la cruz y sigues las marcas dejadas por la corona y palpas las puntas de los clavos, te detienes y escuchas. Quizás lo oigas susurrándote:
«Sí. Yo hice esto por ti».

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