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LA SANTIDAD DE CRISTO LECCIÓN 2

Posted by OSCAR ESQUIVEL en abril 3, 2009

AL QUE NO CONOCIO PECADO,

POR NOSOTROS (DIOS) LO HIZO

PECADO, PARA QUE NOSOTROS

FUESEMOS HECHOS JUSTICIA DE

DIOS EN EL.

2 Corintios 5:21

Antes de hablar sobre la santidad en nosotros mismos, conviene que consideremos la santidad de Cristo. Esto lo necesitamos primeramente a fin de que estemos firmemente afincados en la seguridad que tenemos en Cristo. Al ir estudiando más plenamente lo que significa el “Sed santos, porque yo soy santo”, podemos ver más claramente nuestra propia pecaminosidad. Veremos la maldad y el carácter engañoso de nuestro corazón, y en qué medida erramos el blanco de la perfecta santidad de Dios. Cuando así ocurre, el creyente verdadero procurará en su corazón huir en busca de refugio en Cristo. Por ello es importante que comprendamos lo que es la justicia de Cristo, y el hecho de que su justicia nos es acreditada a nosotros.

En numerosas ocasiones las Escrituras testifican que Jesús, durante los años que estuvo en esta tierra, vivió una vida perfectamente santa. Se afirma que fue “sin pecado” (Hebreos 4:15); que “no hizo pecado” (1 Pedro 2:22); y que “no conoció pecado” (2 Corintios 5:21). El apóstol Juan afirmó que “no hay pecado en él” (1 Juan 3:5). El Antiguo Testamento lo describe proféticamente como el “justo” (Isaías 53:11), y como el que ha “amado la justicia y aborrecido la maldad” (Salmo 45:7). Estas declaraciones, tomadas de seis escritores distintos de las Escrituras, demuestran que el carácter impecable de Jesucristo constituye parte de la doctrina universal de la Biblia.

Más convincente todavía, empero, es el testimonio que de sí mismo nos ofrece el propio Jesús. En una ocasión miró directamente a los fariseos y les preguntó: “¿Quién de vosotros me redarguye de pecado?” (Juan 8:46). Como lo ha observado alguien, lo importante y significativo no es el hecho de que no pudieran contestarle, sino el hecho de que se atreviera a hacerles la pregunta. Allí vemos a Jesús enfrentando directamente a quienes lo odiaban a muerte. Acababa de decirles que ellos pertenecían a su padre el diablo, y que querían llevar a cabo los deseos del diablo.

No cabe duda alguna que si había personas que tenían razón de querer señalarle alguna falla en su carácter, o algún descuido de su parte, serían ellos. Más todavía, Jesús hizo la pregunta en presencia de sus propios discípulos, los que vivían con él en forma continua y tenían amplias oportunidades para descubrir cualquier falta de consecuencia en su proceder. Y sin embargo, Jesús se atrevió a hacer la pregunta, porque sabía que no tenía respuesta. Era sin pecado.

Pero la santidad de Jesús era más que la ausencia de pecado simplemente. Formaba parte de su perfecta conformación a la voluntad de su padre. Jesús dijo que había bajado del cielo “no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió” (Juan 6:38). En otra oportunidad dijo:

“Mi comida es que haga la voluntad del que me envió” (Juan 4:34). Quizá el testimonio más sublime de su positiva santidad fuese el siguiente: “Yo hago siempre lo que le agrada (al Padre)” (Juan 8:29).

Una declaración tan positiva tiene que incluir no solamente sus actos, sino también sus actitudes y sus motivaciones. Para nosotros es posible cumplir una acción buena por motivos malos, pero esto no agrada a Dios. La santidad es algo más que la realización de actos. Los motivos tienen que ser santos, es decir, tienen que surgir de un deseo de hacer algo, simplemente porque esa es la voluntad de Dios. Nuestros pensamientos tienen que ser santos, porque le son conocidos a Dios, incluso antes de que se formen en nuestra mente. Jesucristo cumplió cabalmente estos requisitos, y lo hizo por nosotros. Nació en este mundo sujeto a la ley de Dios a fin de que pudiese cumplirla por nosotros y para nuestro beneficio (Gálatas 4:4,5).

Cuando contemplamos bien seriamente la santidad de Dios, la reacción natural es la de exclamar juntamente con Isaías: “¡Ay de mí! Que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos” (Isaías 6:5).

Un análisis serio de la santidad de Dios — de su propia perfección moral y de su infinito aborrecimiento del pecado — nos hará ver con gran desaliento como en el caso de Isaías, nuestra propia falta de santidad. Su pureza moral sirve para magnificar nuestra impureza.

Por lo tanto, es importante que se nos dé la misma seguridad que se le dio a Isaías: “He aquí que. . . es quitada tu culpa, y limpio tu pecado” (Isaías 6:7). No es solamente en el momento de la salvación que necesitamos seguridad.

En realidad, cuanto más avanzamos en el camino de la santidad, tanto más necesitamos la certidumbre de que la justicia perfecta de Cristo nos es acreditada a nosotros. Esto es así, porque parte del crecimiento en la santidad es el hecho de que el Espíritu Santo nos hace conscientes de que necesitamos la santidad. Cuando nos damos cuenta de dicha necesidad, nos conviene tener presente la justicia de Cristo Jesús a nuestro favor, y el hecho de que “Al que no conoció pecado, por nosotros (Dios) lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Corintios 5:21).

La doctrina de nuestra aceptación por Dios en mérito a la justicia de Cristo, puede parecer tan elemental que le resulte extraño al lector que se le dé tanta importancia aquí. La razón es que es necesario que la consideremos debidamente, a fin de frustrar los ataques de Satanás. El Espíritu Santo nos hace más conscientes de nuestra falta de santidad, para estimularnos a que la anhelemos más profundamente y que procuremos alcanzarla más intensamente. Pero Satanás ha de procurar utilizar la obra del Espíritu Santo para desalentarnos.

Uno de los ataques de Satanás consiste en tratar de convencernos de que en realidad no somos creyentes genuinos, después de todo. Nos puede insinuar algo así: “El creyente verdadero no piensa las cosas malas que tú has estado pensando hoy.” Ahora bien, puede ser que seis meses atrás Satanás no nos habría atacado con una sugerencia de ese tipo, simplemente porque entonces la cuestión de nuestros pensamientos no nos molestaba. Pero ahora que el Espíritu Santo ha comenzado a revelarnos lo pecaminosos que son realmente nuestros pensamientos lujuriosos y nuestros resentimientos y manifestaciones de orgullo, es posible que comencemos a tener dudas en cuanto a nuestra salvación.

Hace ya algunos años, Dios me estaba sometiendo a ciertas profundas luchas interiores, con el fin de demostrarme algo de la pecaminosidad de mi corazón. En esa época yo dirigía un estudio bíblico semanal en la base militar, a una hora de distancia por automóvil del lugar donde vivía. Todos los lunes por la noche cuando me retiraba de ese grupo de estudio bíblico y emprendía el solitario camino de regreso a casa, Satanás comenzaba a atacarme: “¿Cómo puede considerarse creyente una persona que tiene las luchas que tienes tú?” me insinuaba. Comencé a hacerle la guerra echando mano a un viejo himno evangelístico que comienza así:

“Tal como soy, sin otra defensa que la de que tu sangre fue vertida por mi, y que tú mandas que acuda a ti;

Oh Cordero de Dios, acudo a ti.”

Solía cantar este himno desde el comienzo hasta el fin, y para cuando llegaba al final, ya estaba alabando a Dios por la salvación que me había dado gratuitamente mediante Cristo Jesús.

También, si busca diligentemente la santidad, tendrá que huir con frecuencia hacia la Roca de su salvación. Huimos hacia allá, no para volver a ser salvos, sino para confirmar a nuestro propio corazón que hemos sido salvados por su justicia únicamente. Comenzamos a identificarnos con Pablo cuando dijo: “Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero” (1 Timoteo 1:15). Es en este momento que la vida santa de Cristo, vivida a favor de nosotros, se nos hace importante.

Una segunda razón de que tengamos que considerar la santidad de Cristo, es que su vida tiene por objeto ser ejemplo de santidad para nosotros. Pedro nos ha dicho que Cristo nos dejó su ejemplo para que sigamos sus pisadas (1 Pedro 2:21). Pedro hablaba particularmente del sufrimiento de Cristo sin ánimo de desquite, pero en el versículo siguiente dijo también que Cristo no cometió pecado alguno. Pablo nos insta a ser imitadores de Dios (Efesios 5:1), y también dijo: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo” (1 Corintios 11:1).

Se desprende evidentemente que la vida santa, sin pecado, de Jesucristo tiene como fin servirnos de ejemplo. Consideremos a continuación la siguiente declaración: “Yo hago siempre lo que le agrada (al Padre).”

¿Nos atreveríamos a tomar esas palabras como meta para nuestra vida personal?

¿Estamos realmente dispuestos a analizar minuciosamente todas nuestras actividades, todas nuestras metas y planes y todos nuestros actos impulsivos, a la luz de la siguiente afirmación: “Hago esto para agradar a Dios”?

Si nos hacemos esta última pregunta honestamente, comenzaremos a avergonzarnos en alguna medida. Sabemos muy bien que hacemos algunas cosas, buenas en sí mismas, para granjearnos la admiración de otros antes que para darle gloria a Dios. Otras cosas las hacemos estrictamente para nuestro propio placer, sin tomar en consideración la gloria de Dios para nada.

¿Cuál es mi reacción cuando alguien del barrio molesta a mi hijio/a?

Generalmente mi reacción inicial proviene de un espíritu de venganza, hasta que el Espíritu Santo me recuerda el ejemplo de Jesús.

¿Cuál es nuestra actitud ante los que no nos muestran ningún amor?

¿Los vemos como a personas por las cuales murió Cristo, o como a personas que nos hacen difícil la vida?

Recuerdo una entrevista comercial desagradable que tuve una vez con una persona, que luego se hizo creyente a raíz del testimonio de un tercero. Cuando me enteré de esto, me sentí sumamente mortificado al darme cuenta de que ni una sola vez había pensado en esa persona como en alguien por el cual Cristo había muerto en la cruz, sino sólo como en alguien con el cual había tenido una entrevista desagradable. Tenemos que aprender a seguir el ejemplo de Cristo, que fue movido a compasión por los pecadores, y que podía orar por ellos incluso cuando lo estaban clavando a la cruz en el Calvario.

En las palabras del teólogo escocés del siglo diecinueve, John Brown: “La santidad no consiste en especulaciones místicas, fervores fanáticos, ni durezas no impuestas; consiste en pensar como piensa Dios y en desear lo que desea Dios.” La santidad tampoco significa, como se cree con tanta frecuencia, la adhesión a una lista de cosas que se deben hacer y de cosas que no se deben hacer, mayormente de cosas que no se deben hacer. Cuando Cristo vino al mundo, dijo: “He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad” (Hebreos 10:7). Este es el ejemplo que tenemos que seguir. En todo lo que pensamos, en todo lo que hacemos, en todas las facetas de nuestro carácter, el principio rector que nos mueve y nos guía ha de ser el deseo de seguir a Cristo en el cumplimiento de la voluntad del Padre. Esta es la elevada senda que debemos seguir en la búsqueda de la santidad.


LECCIÓN 2 = PREGUNTAS

LA SANTIDAD DE CRISTO

1. ¿Qué podemos hacer para ver claramente nuestra pecaminosidad?

2. ¿Por qué es necesario comprender lo que es la justicia de Cristo y el hecho de que su justicia es acreditada a nosotros?

3. ¿Por qué odiaban los fariseos a Jesús?

4. ¿Qué testimonio dan Pedro, Juan y Pablo en sus epístolas acerca de la santidad de Cristo? Anota por lo menos 5 versículos.

5. ¿Quién es el que nos hace sentir la necesidad de la santidad? ¿Y de

que manera lo hace?

6. ¿Qué ataques usa Satanás para desanimarnos en nuestra búsqueda de la santidad?

7. Explica una razón de ¿Por qué debemos considerar la santidad de

Cristo?

8. ¿Qué implica esta declaración que hizo Jesús? “Yo hago siempre lo que le agrada (al Padre).” ¿Implica actos externos, actos internos o ambos? Explica.

9. ¿Quién es nuestro ejemplo a seguir en nuestra búsqueda de la santidad?

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4 comentarios to “LA SANTIDAD DE CRISTO LECCIÓN 2”

  1. catalina bermudez said

    hola excelente predicacion tiene una tematica muy bibliocentrica la cual sirve muchisimo para la vida diaria en la cual se presenta diferentes situaciones que como jovenes debemos de enfrentar…. la santidad es algo que sabemos que es necesario para ver a Dios, pero tambien es algo que olvidamos frecuentemente…. en esta leccion encontre la que necesitaba espero que dia tras dia lo lleve a la practica que es lo mas importante… me gusto muchisimo….

  2. catalina bermudez said

    super chevere y edificante…

  3. Un abrazo para cada uno de ustedes , mil gracias por estas enseñanzas sobre la Santidad. que nuestro Dios todopoderoso les continue bendiciendo.
    Pastor Pedro Pablo

  4. maxi said

    muy bueno negro todo bien apoyo la santidad a full men

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