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Buscando la Santidad 3 Parte La santidad de Dios y la nuestra

Posted by OSCAR ESQUIVEL en julio 8, 2009

La santidad de Dios y la nuestra

Introducción

El domingo pasado, una de las cosas que vimos, es que el llamamiento a la santidad no es algo reservado a unos pocos entregados, sino un mandamiento que todo cristiano ha recibido, y mencionábamos como prueba de ello:

1 Pedro 1:14-16

14 como hijos obedientes, no os conforméis a los deseos que antes teníais estando en vuestra ignorancia;15 sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir;16 porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo.

Luego quisimos desterrar de nuestra mente una serie de malentendidos, más o menos conscientes, que son estorbos en nuestro crecimiento en santidad, considerando en primer lugar, que nuestra falta de santidad no es sencillamente un fracaso personal, sino un desprecio de la autoridad de Dios que nos ha dado el mandamiento a ser santos.

En segundo lugar, meditamos acerca del hecho de que la santidad no la alcanzaremos sin asumir nuestra responsabilidad personal, con esfuerzo de nuestra parte. Esto quiere decir que Dios ha puesto por su gracia los medios para caminar en ella, pero los pasos de ese caminar los tenemos que dar nosotros.

Y por último, en tercer lugar, meditamos en algo que nos va a introducir al tema de hoy, el hecho de que no debemos hacer en nuestra mente distinción entre pecados grandes o pequeños, sino meditar más bien en el Dios grande, majestuoso y santo, que prohíbe todo y cualquier pecado. Porque al final el dilema que se nos presenta, dijimos, es el mismo al que se enfrentaron Adán y Eva en el jardín del Edén. Y este: ¿Merece nuestro Dios ser obedecido en todo? ¿O por el contrario tenemos derecho a cuestionar sus decisiones y desobedecer sus mandamientos si lo consideramos más conveniente?

Tenemos que introducir bien en nuestra mente esto: Dios es un legislador santo, y no hay algo a lo que él llame pecado, que nosotros tengamos derecho a llamar de otra forma, ni siquiera “debilidad” o “pequeña concesión”. Es su carácter santo y su voluntad los que determinan lo que es pecado, y no nuestra apreciación, conveniencia, o cultura y época.

Prestemos atención a las palabras de la Escritura: sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir. El modelo de nuestra santidad no son, por supuesto, el concepto que tiene la sociedad de lo que es una buena persona, ni siquiera la idea que tenemos en la iglesia de lo que es un buen cristiano, no es la vida que pueda llevar cualquier otra persona, sino Dios mismo. como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos. Ese es el modelo de nuestra santidad, el propio Dios.

Y si nos vamos a tomar en serio esto, se nos hace imprescindible responder a la pregunta ¿Cómo es la santidad de Dios? Si ella va a ser nuestro modelo, necesitamos saber cómo funciona, en qué consiste el hecho de que Dios sea santo. Es imposible decir todo lo que sería necesario en este corto espacio de tiempo sobre un tema tan amplio, sólo tocaremos la superficie, pero en esta mañana intentaremos acercarnos un poco a la santidad de Dios, y ver un par de implicaciones para nosotros.

¿Cómo es la santidad de Dios?

Sin recurrir a definiciones teológicas, una forma muy ilustrativa de descubrir en qué consiste la santidad en Dios, radica en contrastar su carácter con el carácter humano. Si la santidad absoluta consiste en una perfección moral absoluta, un alejamiento absoluto del pecado, podemos ver esa santidad manifestándose en el carácter divino al pensar en estas tres diferencias entre él y nosotros:

En primer lugar: la absoluta santidad de Dios se manifiesta a través de su omnisciencia, es decir, del hecho de que Dios conoce todas las cosas y las conoce perfectamente. Dios conoce siempre y perfectamente aquello que es lo correcto. Dios nunca duda, ni se pregunta acerca de lo que es moralmente bueno, sino que lo sabe perfectamente y sin error de ningún tipo. En contraste, nosotros, desde nuestro conocimiento limitado, muchas veces dudamos, y no sabemos que escoger, necesitamos una guía, algo que ilumine nuestro entendimiento para poder discernir.

En segundo lugar: Los actos de Dios siempre son consecuentes con su carácter santo y su conocimiento de lo correcto, Dios nunca sabe que debe hacer una cosa pero hace la contraria, nunca traiciona su carácter, sino que es perfectamente confiable y coherente. En cambio, nosotros, a menudo somos inconsecuentes, sabemos lo bueno, pero no lo hacemos, reconocemos que deberíamos obrar de determinada manera, pero hacemos lo contrario, ni siquiera obramos conforme a lo que sabemos que somos nosotros mismos, sino que nos traicionamos y traicionamos lo bueno.

En tercer lugar: Una consecuencia de lo dicho anteriormente, es que Dios, sabiendo lo que es correcto y siendo perfectamente consistente con su carácter y conocimiento, siempre hace lo que es correcto, siempre escoge hacer aquello que es perfectamente adecuado, Dios siempre, sólo y perfectamente hace lo bueno. Sin embargo, nosotros, sabiendo o sin saber, consistentes o inconsistentes, lo cierto es que a menudo hacemos lo que no es correcto, hacemos lo malo.

Así es en palabras sencillas la santidad de Dios, siempre sabe lo que es bueno, siempre hace lo que es bueno y siempre es consecuente entre lo que sabe y lo que hace. Es un listón enorme. Quizá nos desanime. Pero en lugar de sentir desaliento ante el modelo de la tremenda santidad de Dios, debemos pensar que Su santidad, es un gran consuelo y seguridad para nosotros, y nos ayuda en nuestro caminar en busca de nuestra propia santidad. ¿Cómo es posible esto? ¿En que nos puede ayudar el hecho de que Dios sea tan perfectamente santo, en nuestra propia búsqueda de santidad?

Veamos algunas cosas:

En primer lugar, la santidad de Dios expresada en su conocimiento de lo correcto, la consistencia de su carácter y el hecho de que nunca hace lo que es incorrecto, nos lleva a tener la seguridad de algo muy importante: que Dios nunca es ni ha sido injusto con nosotros, ni nos ha tratado mal ni nos tratará jamás.

¿De qué forma nos ayuda este pensamiento a ser más santos? Sencillamente dándonos cuenta de que una de las fuentes más frecuentes de las que surge nuestro pecado, es la íntima convicción de que no estamos siendo tratados con justicia, de que no se nos está dando lo que merecemos, de que lo correcto para nosotros, lo bueno, lo que nos haría felices, no está en la voluntad de Dios, sino en algún otro lugar.

“Ah, Señor, pero mira qué mujer o marido tengo, si solamente pudiera estar con esta o este podría ser feliz, ella o él me trataría bien, me sentiría a gusto, me sentiría atraído. ¿Por qué se me niega la felicidad? Oh, Señor, si al menos tuviera un poco más de dinero, todo el mundo parece disfrutar de cosas que yo no tengo, es justo que me quede con esta cantidad ¿dónde pone que yo deba estar pasando necesidad mientras a los demás les sobra? Sólo esta vez Señor, me siento solo, estoy aburrido, me merezco un descanso, una gratificación, me merezco este pequeño placer, no aguanto más, me voy a volver loco si no lo hago.”

Ese, hermanos, fue también el corazón de la gran mentira del jardín Edén. La gran pregunta allí era si Dios era un Dios que merecía ser obedecido en todo, y la gran mentira fue la convicción sembrada por Satanás en nuestros padres, de que Dios no les estaba tratando justamente al negarles comer del árbol del conocimiento del bien y del mal. De esa duda, finalmente de esa convicción de que Dios les estaba negando injustamente algo bueno, nació el primer pecado. Piénsalo bien, porque tú has pensado lo mismo muchas veces, aunque quizá no lo hayas expresado con palabras, cada vez que tomaste algo de un árbol del que no te correspondía.

Por eso es esencial considerar la absoluta santidad de Dios, admitirla y admirarnos ante ella, aún en los momentos en que las cosas no parecen irnos bien, sabiendo que Dios siempre, siempre y consistentemente con su carácter santo, conoce, escoge y hace lo que es bueno. Por lo tanto nunca nos trata, ni nos tratará injustamente.

Pensad en algo, cuando nos quejamos de Dios, cuando anhelamos secreta abiertamente algo que Dios no nos quiere dar, o nos ha prohibido que tomemos para nosotros, lo que estamos haciendo es dudar de su santidad.

Piensa en alguna vez que lo hayas hecho, en alguna vez que hayas deseado algo a lo que Dios decía no, e incluso lo hayas tomado para ti. Puede ser un beneficio económico que no te correspondía, puede ser un placer sexual que no te correspondía, puede ser un mérito que no te correspondía, o librate de un prueba por la que debías pasar. Decidiste que tu vida iba a transcurrir por otro camino que el que Dios tenía pensado para ti en su voluntad, respetando sus mandamientos. ¿Qué es lo que le dijiste a Dios cuando decidiste no hacer su voluntad? Puede que no se lo dijeras con tu boca, pero tus hechos hablaron más fuerte que cualquier cosa que pudieses decir, incluso que tu alabanza en la iglesia, tus hechos dijeron: ¡Dios no es santo! Eso es lo que decimos todos cuando pecamos.

Pero es mil veces preferible negar la existencia de Dios, a decir de Dios que es injusto o malvado. Negar su existencia hace de Dios un no-Dios, un ser imaginario. Negar su santidad, acusarle de injusticia es transformalo en un ser aborrecible. Un pastor inglés del siglo XVII lo expresaba con estas palabras: “Es menos injurioso para Dios negar su existencia, que negar la pureza de su ser; lo primero hace que no sea Dios, lo segundo lo convierte en un Dios deformado, carente de amor y detestable… el que dice que Dios no es santo, dice algo mucho peor que el que dice que no hay Dios.

Dios es omnipotente, omnisciente, omnipresente etc. ¡pero sin santidad! Los arcángeles en el cielo cantan “Santo, santo, santo” porque ese es el atributo que mejor define la esencia de Dios. Te aseguro que no querríamos vivir en un universo controlado por un Dios omnipotente, que no fuese santo. Pero eso, tan terrible, es lo que estamos diciendo de hecho cuando dudamos de él y pecamos. Por eso Dios quiere santidad también en nosotros, quiere que seamos cómo él es.

Así que conocer la absoluta santidad de Dios, el modelo conforme al cual nosotros mismos hemos sido llamados a ser santos, en primer lugar contribuye e incentiva nuestra propia santidad, al hacernos confiar plenamente en su voluntad para nuestra vida.

Éxodo 15:11

11 ¿Quién como tú, oh Jehová, entre los dioses?

¿Quién como tú, magnífico en santidad?

En segundo lugar, conocer su absoluta santidad nos lleva a darnos cuenta del absoluto rechazo que él tiene que sentir hacia el pecado. El domingo pasado hablamos de la sensación de fracaso, de derrota personal que a veces sentimos frente a nuestros pecados, cuando en realidad, lo que debería importarnos es el quebrantamiento de la autoridad, del gobierno de Dios en nuestras vidas. Pero hay algo aún peor que fijarnos más en nuestro fracaso que en Dios: es llegar a coexistir pacíficamente con nuestro pecado. Porque hermanos, muchos de vosotros tenéis áreas en vuestra vida que son pecaminosas, en las que sabéis positivamente que no estáis haciendo la perfecta voluntad de Dios, sabéis que habéis bajado el listón, sabéis que os habéis desviado de la voluntad de Dios para vosotros y lo excusáis, habéis creado vuestros mecanismos mentales para aprender a vivir con ello durante años.

Pues bien, contemplar la magnífica santidad de Dios y contemplarla a menudo, debe sacudir tu conciencia hasta hacerte comprender que no compensas a Dios tu falta de obediencia en esa área de tu vida mediante tu asistencia al culto, o la alabanza o ni aún mediante la obediencia en otras cosas.

Salmos 5:4-6

4 Porque tú no eres un Dios que se complace en la maldad; El malo no habitará junto a ti. 5 Los insensatos no estarán delante de tus ojos; Aborreces a todos los que hacen iniquidad. 6 Destruirás a los que hablan mentira;…

Dios aborrece ese pecado en ti, y si comprendes lo que representa la santidad perfecta de Dios, en seguida te vas a dar cuenta de que no existe ni la más mínima posibilidad de que justifiques ante él ni las más pequeña desviación respecto a su voluntad. Dios dice sed santos en toda vuestra manera de vivir.

A veces nos decimos a nosotros mismos: “bueno, no seré perfecto, pero no está tan mal, hago lo que razonablemente puedo, muchos hacen menos que yo, está bien, podría entregarme más a Dios, pero Dios no se importará con esto, al fin y al cabo ya hago más que muchos”. Pero el Señor dice:

Salmos 97:10

10 Los que amáis a Jehová, aborreced el mal;…

Otras veces pensamos que estamos en una situación en nuestras vidas en la que no tenemos más remedio que desviarnos hasta cierto punto de la voluntad de Dios, simplemente lo que nos pide Dios no es razonable, lo que sentimos que deberíamos hacer va más allá de nuestras energías, o tiempo, o valor.

El rey Saul supo lo que era esto cuando se enfrentó por primera vez con el ejército filisteo. Sólo tenía seis mil hombres y el ejército enemigo era más de seis veces mayor. Antes de entrar en batalla Saul tenía que esperar siete días hasta que llegara Samuel para ofrecer sacrificios a Dios, pero el plazo pasó, y los israelitas empezaron a desertar, Saul veía a su ejército temblar y empezar a pensar que estaba en una situación sin salida. Finalmente decidió no esperar más y ofrecer el mismo los holocaustos que debía ofrecer Samuel. Al parecer, enfrentado al miedo y la deserción de su ejército se encontraba en una situación en la que no le quedaba más remedio que desobedecer las órdenes de Dios. Pero aquel mismo día el profeta Samuel llegó y le dijo:

1 Samuel 13:13

13 …Locamente has hecho; no guardaste el mandamiento de Jehová tu Dios que él te había ordenado; pues ahora Jehová hubiera confirmado tu reino sobre Israel para siempre.

Aquel día Saul perdió el reino, y déjame decirte que nosotros no nos hemos encontrado jamás en una situación ni la mitad de apurada que Saul aquel día. Parecía no tener otra opción que pecar, pero lo cierto es que no hay alternativa posible a obedecer la voluntad de Dios para ti.

Nuestro Dios santo aborrece el pecado, aborrece nuestros pensamientos lujuriosos, aborrece nuestra pereza en servirle, aborrece nuestras envidias, nuestras mentiras, aborrece nuestros razonamientos falsos que nos autojustifican para no vivir vidas más consagradas a él. Aborrece que pensemos que, de alguna forma, nosotros seremos la excepción a la regla, nuestra iniquidad pasará desapercibida:

Salmos 36:1-2

1 La iniquidad del impío me dice al corazón:

No hay temor de Dios delante de sus ojos.

2 Se lisonjea, por tanto, en sus propios ojos,

De que su iniquidad no será hallada y aborrecida.

Pero Saul perdió el reino por no obedecer a Dios. David, un hombre conforme al corazón de Dios, pecó contra Urías y se le dijo:

2 Samuel 12:10

10 Por lo cual ahora no se apartará jamás de tu casa la espada, por cuanto me menospreciaste, y tomaste la mujer de Urías heteo para que fuese tu mujer.

A Moisés, por un solo acto de incredulidad, no se le permitió entrar en la tierra de Canaán, a pesar de sus muchos años de servicio y obediencia. Algunas veces jugamos con la tentación, abrigando en nuestro interior el pensamiento de que siempre podremos arrepentirnos y pedir perdón posteriormente, y todo volverá a ser igual con Dios. Sí, esto es cierto, Dios perdona, nos vuelve a dar comunión con Él, pero eso no significa que nos libre de todas las consecuencias de nuestro pecado, ni que deje de disciplinarlos, ni que no cumpla sus advertencias de castigo. Esta forma de pensar resulta sumamente peligrosa, porque Dios jamás pasa por alto nuestro pecado, su santidad se lo impide, Dios aborrece el pecado intensamente, dondequiera que lo encuentra, pero en aquellos que él ha llamado a ser santos, a vivir por lo tanto en la gloria con él, no lo tolerará, no lo dejará estar, hará lo necesario disciplinándonos y quebrantándonos, hasta que abramos los oídos, oigamos su reprensión y nos apartemos del pecado.

Conclusión

En definitiva, hermanos, Dios no es como nosotros, él es absolutamente santo, y su santidad, en primer lugar nos asegura que podemos confiar en él, y en las circunstancias que él permite en nuestra vida. Buscar para nosotros algo distinto, escoger para nuestra vida otra cosa que no la voluntad de Dios, es peor que negarle, es decirle que no es santo.

En segundo lugar, —aunque nuestra motivación principal a la santidad es, desde luego, el amor de Dios, su obra en nosotros, el agradecimiento que sentimos, la esperanza firme y cierta de la vida eterna, de las promesas del mundo venidero, del nuevo cuerpo que nos espera en unos nuevos cielos y una nueva tierra, del hecho de saber que mucho mayor gozo, paz, felicidad en cumplir la voluntad de Dios que en cualquier cosa que pueda ofrecer el pecado— no es menos bíblico motivarnos a la santidad meditando en el profundo aborrecimiento que le causa a Dios nuestro pecado. De una profundidad proporcional a su propia santidad, es decir, Siendo infinitamente santo, nuestro pecado le causa un aborrecimiento infinito.

Examinemos entonces nuestras vidas y veamos en qué áreas de nuestra vida nos hemos acostumbrado a vivir con el pecado. Qué cosas son aquellas que estamos haciendo o dejando de hacer, aunque sabemos que no se ajustan a la voluntad de Dios. Cuáles son las excusas que estamos utilizando para seguir desobedeciendo, para decirnos a nosotros mismos que no tenemos otro remedio, o tiempo, o fuerzas, o posibilidad.

¿Acaso pensamos que Dios se conformará en coexistir pacíficamente con nuestra falta de obediencia, como si no le importara el pecado? ¿Hemos olvidado pensar en qué consiste su santidad? ¿Pensáis que podéis seguir año tras año escuchando en las Escrituras a Jesús llamaros a una vida santa, de autonegación, de renuncia, de tomar vuestra cruz, por amor al reino de Dios y por alcanzar un gozo muy superior, y no hacer nada, y no entregarle vuestras vidas, y seguir reservándoos para vosotros áreas de vuestro tiempo, áreas de comodidad, áreas de alejamiento de su voluntad sin que pase nada? Pensáis que vuestras vidas son todo lo que Dios querría de vosotros, pensáis que esta iglesia es todo lo que Dios quiere que sea una iglesia, y pensáis que Dios se conformará con algo menos de lo que es perfectamente bueno y santo. No sin dejar de ser santo él mismo. No os engañeis. La santidad de Dios no va a dejar de aborrecer el pecado en nosotros sólo porque nosotros nos hayamos acostumbrado a él.

Debemos tomarnos en serio el estándar de la santidad de Dios si queremos ser auténticos discípulos de Cristo. Recordad, los que resguardan su vida en vez de entregarla a Dios, la desperdician. Los que pierden su vida por causa del reino, en realidad encuentran una vida mucho más plena, gozosa y satisfactoria, con pruebas, y esfuerzo y sacrificio, en obediencia, pero con una paz de espíritu y un gozo inefable que sólo tienen aquellos que andan en íntima comunión con un Dios santo.

Oremos.

Lectura de despedida:

1 Juan 2:4-6

4 El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él;5 pero el que guarda su palabra, en éste verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado; por esto sabemos que estamos en él.6 El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo.

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© Iñaki Colera Bernal – Puedes utilizar este sermón para tu uso personal y reproducirlo, citando su procedencia y autor, siempre que no lo alteres ni busques ningún beneficio económico con ello. “…de gracia recibisteis, dad de gracia” Mateo 10:8b – Si el sermón te ha sido útil, me gustaría saberlo, envíame una nota a

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