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LA IGLESIA UNIVERSAL

Posted by OSCAR ESQUIVEL en septiembre 25, 2009

LA IGLESIA UNIVERSAL
I. Definición
La palabra griega ekklesia quiere decir «llamado fuera», y la aplicaban los griegos a cualquier asamblea para discusiones, como la de Efeso (Hch. 19:39). En la versión alejandrina del Antiguo Testamento denotaba la congregación de Israel como un pueblo «llamado fuera» de Egipto para servir a Dios (véase Hch. 7:38, donde se traduce en Reina-Valera por «congregación»). Después del gran anuncio del Señor que consideramos abajo («Edificaré mi iglesia»), adquirió un sentido especial, denominando este término al nuevo pueblo espiritual, redimido por la sangre de Cristo, que había de formarse como resultado de la obra de la Cruz, el triunfo de la resurrección y la venida del Espíritu Santo. La Iglesia no es una organización, obra de la habilidad y de la pericia de los hombres, sino un organismo, o sea: un «Cuerpo espiritual, en el que todos los creyentes en Cristo Jesús están unidos vitalmente los unos con los otros y todos con su «Cabeza», que es Cristo (Ef. 1:22).
II. El anuncio del Señor
Después de la «confesión» de Pedro acerca del Señor: «Tú eres el Cristo [el Mesías] el Hijo del Dios viviente» (que es la base de toda la obra divina a favor del hombre), fue posible que el Señor anunciara Su gran propósito de edificar Su Iglesia: no sobre Pedro, aún tan débil y fluctuante, pero compuesta de Pedro y de todas las demás «piedras» que llegasen a poner su confianza en el único Salvador (Mt. 16:16–18; Hch. 4:10–12; Ef. 2:20; 1 P. 2:4–10).
Los santos del Antiguo Testamento tendrán su lugar en el Reino de Dios, y, desde luego, se salvaron anticipadamente por la obra de la Cruz; pero ya que el Señor anuncia Su propósito como aún futuro, «edificaré», hemos de comprender que el principio de la Iglesia, en el sentido pleno de la palabra, tuvo lugar en el día de Pentecostés (Hch. 2).
III. La Iglesia en los Evangelios
Como ya se ha indicado, la plenitud de la verdad en cuanto a esta nueva y gloriosa obra de Dios, no pudo revelarse plenamente hasta después de la realización de la obra de la Cruz, pero, con todo, se hallan indicios de lo que había de ser en las palabras del mismo Señor, que adquirieron nuevo sentido después de Su resurrección de entre los muertos.
A. Es un santuario (Jn. 2:18–21). El místico «templo» o «santuario» que se había de levantar en tres días era, en primer término, el cuerpo de resurrección del Señor; pero, en vista de las revelaciones posteriores que fueron dadas a Pablo, podemos comprender que la frase encerraba un doble sentido, y que el «templo» de Su «Cuerpo» se refiere también a Su «Cuerpo místico», o sea, el conjunto de todos los fieles en Cristo, donde la gloria del Señor había de manifestarse en la nueva dispensación, de la forma en que se había manifestado anteriormente en el templo de Salomón.
B. Es un rabaño (Jn. 10:16). El versículo citado hace referencia a otras ovejas que el Buen Pastor había de tener en virtud de Su muerte, que no pertenecían al «redil» de Israel, y que, juntamente con los redimidos de este pueblo, habían de formar un «rebaño» que oiría la voz de un solo Pastor. Nótese la diferencia entre un «redil», que encierra las ovejas mediante un cerco, y un «rebaño», que es un conjunto de ovejas que sigue al Pastor. No estamos sujetos por la fuerza de la Ley, sino que seguimos al Señor por el amor que le tenemos. Esta dulce palabra «rebaño» sugiere los conceptos de protección, guía, cuidado y buenos pastos, que se reciben todos de la mano del Pastor.
C. Es una vida (Jn. 15:1–8). «Yo soy la vid verdadera … Yo soy la vid y vosotros los pámpanos», dijo el Señor a los discípulos en la víspera de la Pasión. En el Antiguo Testamento, Israel había sido la vid y la viña, pero no produjo sino uvas silvestres (Is. 5:1–7). Ahora el Señor se manifiesta, y Él llevará abundantemente el fruto que Dios requiere. Pero, en Su gracia y Su amor, asocia consigo a los «sarmientos», para que juntamente sean la «vid verdadera» que lleva fruto para Dios. Vemos la misma unión orgánica de todas las partes de un todo que se aprecia en el «cuerpo».
IV. El día del nacimiento de la Iglesia
El nuevo organismo pertenece a la nueva creación, y no pudo producirse sino después de la muerte y de la resurrección del Señor, quien quitó el pecado y consumó la muerte en Su bendita persona. El Espíritu Santo, al descender conforme a la promesa del Padre y del Hijo, llenó los rendidos corazones de los redimidos y los unió en un solo lazo vital de vida y de poder (Ef. 4:4). Fue una obra única que no necesita repetirse. Después de aquel día, el creyente, sin distinción de raza o de categoría social, es bautizado en un solo cuerpo por el Espíritu al creer (1 Co. 12:13).
V. La Iglesia en Los Hechos de los Apóstoles
En un sentido muy real, este libro es la historia del nacimiento y del desarrollo de la Iglesia en sus primeras etapas. Por algún tiempo la iglesia local de Jerusalén coincidía, a los efectos prácticos, con la Iglesia universal, pero después de la persecución dirigida por Saulo empezó a extenderse para llegar a ser, después de haberse abierto la puerta de la fe a los gentiles (Hch. 10), una Iglesia compuesta de los salvos de todo pueblo, tribu y nación. Vemos bastante de la organización de la iglesia local (sencillísima por cierto), pero sobre todo Lucas nos hace ver a la Iglesia toda como portavoz del Evangelio: la Iglesia que dio su testimonio ante un mundo perverso con la eficiencia y el poder que suministraba el Espíritu Santo, quien se manifestaba pujante en medio del pueblo redimido.
VI. La Iglesia en la Epístola a los Efesios
La doctrina total sobre la Iglesia universal ha de buscarse en todas las epístolas y en el Apocalipsis, pero el «misterio» de este nuevo «Cuerpo» formado, sobre la base de la obra de la Cruz, por creyentes de entre los judíos y de los gentiles, se reveló de una forma especial al apóstol Pablo, el que fue llamado por el Señor resucitado y glorificado (Ef. 3:1–9). Entre todos sus escritos, es en la Epístola a los Efesios donde se desarrolla plenamente el tema de la Iglesia universal, de la manera en que lo referente a la iglesia local se halla principalmente en la Primera Epístola a los Corintios.
A. La Iglesia nace de un propósito eterno de Dios (Ef. 1:1–11; 3:10 y 11). Una cuidadosa lectura de los pasajes señalados nos hace ver que los creyentes fueron escogidos por Dios el Padre en relación con Cristo antes de la fundación del mundo, y que esta elección tiene que ver con el propósito de Dios de «reunir todas las cosas en Cristo en la dispensación del cumplimiento de los tiempos». Comparando las maravillosas palabras de Efesios 2:7 y 3:10 con el prólogo de la epístola, se echa de ver que la Iglesia tiene un lugar preeminente y especial en el plan total de Dios en orden a los hombres. Esto se ilustra en Apocalipsis 21, donde una simbólica representación de la Iglesia glorificada ocupa el centro de la nueva creación.
B. La constitución y la formación de la Iglesia (Ef. 2:4–22). La Iglesia está formada por todos los creyentes, ya que éstos han sido redimidos de una vida de sujeción al «príncipe de la potestad del aire» por la misericordia, el amor y la gracia de Dios manifestados en Cristo. En unión con el Señor resucitado, han sido elevados a una nueva esfera espiritual: «los lugares celestiales». Con Su muerte, el Señor cumplió la Ley y realizó los símbolos del régimen preparatorio, de tal forma que tanto los judíos como los gentiles hallan una nueva vida en Él, quien les une en un Cuerpo, siendo así «reconciliados» y libres de las enemistades anteriores. Esta constitución de la Iglesia se ilustra por medio de los símbolos que se detallan más abajo.
C. La revelación del «misterio» (Ef. 3:1–12). Como hemos notado arriba, la revelación del «misterio» (es decir, una verdad que antes se ignoraba y que ahora se ha manifestado) de la unión de los creyentes judíos y gentiles en un solo Cuerpo espiritual, pertenece plenamente a la nueva dispensación, ya que Pablo declara: «Misterio que en otras generaciones no se dio a conocer a los hijos de los hombres, como ahora es revelado a sus santos apóstoles y profetas [del Nuevo Testamento] por el Espíritu» (Ef. 3:5). Pablo se destaca entre estos instrumentos de la «revelación» (Ef. 3:7–9) como fiel administrador de los misterios de Dios y como convenía a su vocación por el Señor resucitado; pero la doctrina es presentada por los apóstoles.
VII. Los símbolos de la Iglesia en la Epístola a los Efesios
La verdad en cuanto a la Iglesia se presenta y se ilustra por medio de cuatro metáforas, que desarrollan y definen más ampliamente las figuras que ya hemos notado en los Evangelios. Estas metáforas son: el edificio, el santuario, el cuerpo y la esposa.
A. El edificio (Ef. 2:19–22). En el pasaje de referencia, el apóstol acaba de declarar que todos los creyentes, sean judíos o gentiles, tienen entrada al Padre por el Hijo y en el poder del Espíritu para formar «un nuevo hogar». Entonces la metáfora sufre una modificación, y el «hogar» llega a ser un «edificio», del que los apóstoles y los profetas (del Nuevo Testamento) son las piedras del cimiento, hallando todo su apoyo en la «principal piedra del ángulo, Jesucristo mismo» (Ef. 2:20). El Señor no sólo es fundamento, sino también el armazón de este edificio espiritual: «en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo … en quien vosotros también [los creyentes gentiles de Efeso y todos los que les han seguido] sois juntamente edificados para la morada de Dios en el Espíritu» (Ef. 2:21 y 22). Esta figura del edificio aprovecha las profecías del Antiguo Testamento sobre la «piedra» como símbolo mesiánico (Sal. 118:22; Is. 28:16) y nos hace ver cómo los creyentes, sacados como Pedro de la cantera del mundo, pueden unirse sobre la base de la persona y la obra de Cristo, llegando a ser, a pesar de su diversidad como personas, una unidad esencial (Jn. 17:20–23), cumpliendo así los propósitos eternos de Dios. Pedro se vale de la misma figura en 1.a Pedro 2:4–10; pasaje que se puede considerar como la explicación y el comentario que el apóstol hace de la declaración del Señor: «Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.»
B. El santuario (Ef. 2:21). Es natural que un edificio llegue a ser también una morada, pero en este caso el que se digna residir en el edificio espiritual de la iglesia no es otro sino Dios mismo, de modo que viene a ser un «templo santo en el Señor». La palabra griega traducida por «templo» es naos, o sea, «un santuario»: el lugar santísimo del templo donde la gloria de Dios se manifestaba. Como hicimos notar al comentar Juan 2:18–21, la Iglesia sustituye el templo de Salomón como lugar y medio para la manifestación de la gloria de Dios en la tierra. ¡Solemne responsabilidad que recae sobre cada miembro de la Iglesia de ser fiel a su vocación!
C. El cuerpo (Ef. 1:23; 2:16; 4:4–16). ¡He aquí la figura más amplia y completa como designación de la Iglesia universal! Ya no son piedras que se traen y se colocan en un edificio, sino miembros llenos de vitalidad que conjuntamente forman un organismo del cual Cristo es la Cabeza y el Espíritu Santo es el agente que articula esa unidad viviente. La figura en Efesios 4:4–16 surge de la enseñanza que el apóstol da sobre la divina provisión hecha para la edificación de todos los creyentes por medio de los dones que el Señor ascendido concedió a la Iglesia, y podemos subrayar los siguientes conceptos:
1. El cuerpo es uno e indivisible. Los hombres no crearon esta unidad y no la pueden destruir. La exhortación es que la guardemos en sus manifestaciones por un trato amoroso y humilde con nuestros hermanos.
2. Hay una norma de perfección, que es «la medida de la estatura de la plenitud de Cristo»: meta del desarrollo y el crecimiento del cuerpo (Ef. 4:13).
3. Para este desarrollo cada «juntura», o sea, cada miembro, tiene el deber de suplir algo para el bien de la totalidad del cuerpo según el don que el Señor haya concedido a cada uno. Se destacan especialmente los grandes dones—apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y doctores—, pero se hace constar que «a cada uno de nosotros fue dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo» (Ef. 4:7 y 11). El que no contribuye al crecimiento y al bienestar del cuerpo por la humilde administración del don que ha recibido, perjudica todo el organismo.
Pablo desarrolla la misma figura con mayor amplitud en 1.a Corintios 12, en relación con la iglesia local, pero mucho de lo que se dice allí se puede aplicar también a la Iglesia universal.
D. La esposa (Ef. 5:22–33). Entre Cristo y Su Iglesia, además de la unión vital que se simboliza por el cuerpo, existe amor mutuo y comunión, que hallan su expresión en la hermosa figura de la esposa y en el pasaje señalado se hace un extenso parangón entre las relaciones del marido y la mujer y las de Cristo y la Iglesia: «Mas yo digo esto respecto de Cristo y de la Iglesia» (Ef. 5:32). Hemos de comprender que la realidad de la Iglesia, y la de sus benditas relaciones con su Señor, es tan variada y tan rica en matices que no podía representarse por un solo símbolo, y de ahí nace la sucesión de figuras que estamos meditando. La figura de la «esposa» hace posible presentar el amor mutuo entre ambos, y la obra del «Esposo» a favor de la amada hasta el día de la presentación última (Ef. 5:25–27). Esta bendita consumación se halla descrita en Apocalipsis 19:7–9.
VIII. La ciudad del Apocalipsis
«La gran ciudad santa de Jerusalén que descendía del cielo» (Ap. 21:10) se identifica con «la desposada, la esposa del Cordero» (Ap. 21:9), y así aprendemos que es una magnífica descripción simbólica de la Iglesia glorificada, centro de la nueva creación. Todo en ella habla de luz, gloria y perfección; y el «santuario», que fue lugar de la manifestación de la gloria de Dios en la tierra, llega a ser ahora el foco de su resplandeciente luz en la edad eterna (Ap. 21:22 y 23). ¡Glorioso destino el de la Iglesia universal!
IX. El ministerio de la Iglesia
La Iglesia universal se manifiesta aquí en la tierra únicamente por medio de la congregación local, y no hay ningún indicio en las Escrituras de grandes organizaciones que agrupan un número considerable de iglesias locales sobre una base nacional o regional, ni mucho menos de denominaciones que se distinguen por ciertas prácticas o doctrinas que les sean peculiares. Existían en la edad apostólica y subapostólica fuertes lazos de comunión entre las iglesias de distintas regiones, pero sin que una iglesia pudiera mandar en otra, y sin que una jerarquía eclesiástica operase por medio de principios de subordinación carnal. La Iglesia local tiene su sencilla organización y disciplina, como veremos en el próximo estudio, pero es autónoma y responsable ante su Señor.
El tema del ministerio, por lo tanto, tiene que ver más bien con la Iglesia local, aunque ya hemos visto que el Señor ascendido derramó sus preciosos dones para el beneficio de todo el «cuerpo». La lista de Efesios 4:11 es breve, pero incluye los dones del carácter más universal y más permanente. Es verdad que los apóstoles no han tenido sucesores; sin embargo, les fue concedido cimentar de tal forma el fundamento de la Iglesia que su obra permanece hasta hoy especialmente en el canon del Nuevo Testamento que encierra «la fe que ha sido una vez dada a los santos» (Jud. 3). Los profetas daban mensajes directos en los primeros tiempos de la Iglesia, pero desde que se terminó el Nuevo Testamento el don es más bien el de declarar lo que el Espíritu Santo ya nos ha dado en la Palabra. Los evangelistas anuncian ampliamente el mensaje de vida y fundan iglesias que después han de ser cuidadas por los pastores y edificadas por los doctores o maestros. Se puede decir que estos últimos dones son los más importantes en nuestros tiempos.
PREGUNTAS
1. ¿Qué quiere decir la palabra griega ekklesia? ¿Qué sentido adquirió después de la declaración del Señor en Mateo 16:18? Ilustre su contestación con citas tanto del Antiguo Testamento como del Nuevo Testamento.
2. ¿Qué figuras emplea Pablo en la Epístola a los Efesios para ilustrar la naturaleza, la constitución y la función de la Iglesia? Añada un breve comentario en cada caso.

Trenchard, E. (1972). Bosquejos de docrina fundamental (118). Grand Rapids, Michigan: Editorial Portavoz.
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