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Archive for the ‘16 LECCIONES DE SANTIDAD’ Category

En La Cruz UTG Band

Posted by OSCAR ESQUIVEL en septiembre 19, 2014

Te invitamos a que escuches nuestra nueva canción esperamos les guste y puedan compartirla con sus amigos Dios les continué bendiciendo

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Devocional UTG Luis Jimenez

Posted by OSCAR ESQUIVEL en febrero 17, 2014

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UTG Devocional SEMANAL JAIME MENDOZA

Posted by OSCAR ESQUIVEL en febrero 10, 2014

Nuevamente Deste un toque de Su Gloria Te traemos una palabra de parte de Dios para tu vida Nuestro hermano Jaime Mendoza Comparte con nosotros un nuevo devocional sobre el perdón de Dios y su misericordia, esperamos sea de gran bendición para tu vida, no olvides compartirlo y darle me gusta Dios te bendiga grandemente por apoyar este proyecto.

 

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DEVOCIONAL SEMANAL UTG LEIDY Y JAIME

Posted by OSCAR ESQUIVEL en enero 27, 2014

Desde Cordoba Colombia te traemos una palabra de Dios para tu Vida
Nuestros hermanos leidy esquivel y jaime mendoza traen una palabra que impactara tu vida Dios te bendiga Suscribete Y Comparte y dale me gusta

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Un Tiempo Con Dios Devocional UTG Carlos Arteaga

Posted by OSCAR ESQUIVEL en enero 7, 2014

Hoy es un Nuevo día para disfrutar un tiempo con Dios
desde Un Toque de Su Gloria te traemos esta palabra de parte de Dios para ti
nuestro Lider invitado Carlos Arteaga Trae esta palabra que creemos sera de bendición.
no olvides suscribirte a nuestro canal y mirar los otros devocionales

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UTG Devocional Jaime Mendoza Diciembre 23

Posted by OSCAR ESQUIVEL en diciembre 23, 2013

Tiempo Con Dios es Un espacio en la web donde podrás tener a diario unos minutos para escuchar la palabra de Dios y aprender un poco mas sobre ella, Hoy nuestro Hermano Jaime mendoza Comparte algo Especial de parte de Dios para Ti.

 

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Un Tiempo Con DIos UTG Leii Esquivel

Posted by OSCAR ESQUIVEL en diciembre 9, 2013

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Un Tiempo Con Dios 02/12/2013 devocional

Posted by OSCAR ESQUIVEL en diciembre 2, 2013

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LA SANTIDAD NO ES UNA OPCIÓN leccion 3

Posted by OSCAR ESQUIVEL en abril 18, 2009

LA SANTIDAD NO ES UNA OPCIÓN


SEGUID LA PAZ CON TODOS, Y LA

SANTIDAD, SIN LA CUAL NADIE

VERA AL SEÑOR.

Hebreos 12:14

¿Qué es lo que significan exactamente las palabras “sin la cual (la santidad) nadie verá al Señor”? En último análisis, ¿depende en alguna medida nuestra salvación de que alcancemos algún nivel de santidad personal?

Sobre esta cuestión las Escrituras son claras en dos sentidos. Primero, los mejores creyentes jamás pueden por sí mismos merecer la salvación basados en su santidad personal. Nuestras acciones justas son como trapos de inmundicia a la luz de la santa ley de Dios (Isaías 64:6). Nuestras mejores obras están manchadas y contaminadas con la imperfección y el pecado. Como lo expresó uno de los santos hace algunos siglos: “Hasta nuestras lágrimas de arrepentimiento tienen que ser lavadas en la sangre del Cordero.”

Segundo, las Escrituras se refieren repetidamente a la obediencia y a la justicia de Cristo manifestadas a nuestro favor. “Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos(Romanos 5:19). “Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevamos a Dios” (1 Pedro 3:18). Estos pasajes nos enseñan lo referente a un doble aspecto de la obra de Cristo a nuestro favor. Se los menciona a menudo como su obediencia activa y su obediencia pasiva, respectivamente.

La obediencia activa se refiere a la vida sin pecado que vivió Cristo aquí en la tierra, a su obediencia perfecta y a su santidad absoluta. Esa vida perfecta se le acredita al que confía en él para su salvación. Su obediencia pasiva se refiere a su muerte en la cruz, mediante la cual pagó completamente la pena correspondiente a nuestros pecados, y así dio satisfacción a la ira de Dios hacia nosotros. En Hebreos 10:5-9 vemos que Cristo vino a cumplir la voluntad del Padre.

Luego el escritor agrega: “En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre” (Hebreos 10:10). De modo que vemos que nuestra santidad delante de Dios depende enteramente de la obra que Jesucristo hizo por nosotros, por la voluntad de Dios.

¿Se refiere Hebreos 12:14, por lo tanto, a esa santidad que tenemos en Cristo? No, porque en este punto el escritor está hablando de una santidad que tenemos que procurar alcanzar; tenemos que “procurar. . . la santidad”. Y sin esta santidad, dice el escritor, nadie verá al Señor.

Las Escrituras hablan tanto de una santidad que nosotros tenemos en Cristo ante Dios, como de una santidad que nosotros tenemos que buscar insistentemente. Estos dos aspectos de la santidad se complementan mutuamente, porque nuestra salvación es una salvación para ser santos: “Pues no nos ha llamado Dios a inmundicia, sino a santificación” (1 Tesalonicenses 4:7). A los corintios Pablo les escribió: “A la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos” (1 Corintios 1:2). La palabra traducida santificados significa “hechos santos”. Es decir, por Cristo somos hechos santos en cuanto a nuestra posición delante de Dios, pero somos llamados a ser santos en la vida diaria también.

De manera que el escritor de la Epístola a los Hebreos nos está advirtiendo que debemos tomar en serio la cuestión de la santidad personal y práctica. Cuando el Espíritu Santo entra a morar en nuestra vida en el momento de recibir la salvación, viene con el fin de hacernos santos en la práctica. Si no existe, por lo tanto, cuando menos un anhelo en nuestro corazón de vivir una vida santa agradando a Dios, tenemos que considerar seriamente si nuestra fe en Cristo es realmente genuina.

Cierto es que este deseo de santidad puede ser nada más que un chispazo al comienzo. Pero ese chispazo tiene que aumentar hasta convertirse en una llama — un deseo apasionado de vivir una vida enteramente agradable a Dios. La salvación genuina trae consigo un deseo de ser hechos santos. Cuando Dios nos salva por medio de Cristo, no sólo nos salva del castigo que corresponde al pecado, sino también de su dominio.

El obispo anglicano Ryle dijo: “Dudo realmente que nosotros tengamos alguna base para decir que posiblemente el hombre puede convertirse sin que al mismo tiempo se consagre a Dios. Desde luego que puede indudablemente experimentar mayor consagración, y así ocurrirá a medida que su gracia vaya aumentando proporcionalmente;

pero si no se consagró a Dios el mismo día en que se convirtió y nació de nuevo, entonces no entiendo lo que significa la conversión.”

El sentido de la salvación es justamente que seamos “santos y sin mancha delante de él” (Efesios 1:4). Seguir viviendo en el pecado cuando somos creyentes en Cristo es ir en contra de los propósitos mismos de Dios en cuanto a nuestra salvación. Uno de los escritores de hace tres siglos lo expresó de esta manera: “Qué clase tan extraña de salvación anhelan los que no se preocupan por la santidad. . . Quieren ser salvados por Cristo, y al mismo tiempo estar fuera de Cristo, viviendo en un estado carnal. . . Quieren que se les perdone los pecados, no a fin de poder caminar con Dios en amor de ahora en adelante, sino a fin de que puedan practicar su enemistad con él sin temor al castigo.”

La santidad, por lo tanto, no es condición necesaria para la salvación — eso sería salvación por obras —, sino parte de la salvación que se recibe por la fe en Cristo.

El ángel le dijo a José: “Llamarás su nombre JESUS (que significa ‘Jehová es salvación’), porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1:21). Por lo tanto, podemos decir que nadie puede confiar en Cristo para una salvación genuina a menos que también confíe en él para su santificación. Esto no quiere decir que el deseo de santidad tiene que ser un deseo consciente en el momento en que la persona acude a Cristo, sino más bien que el Espíritu Santo que hace nacer en nosotros la fe salvadora, también hace surgir en nosotros el deseo de ser santos. Sencillamente no puede hacer lo uno sin hacer lo otro al mismo tiempo.

Pablo dijo: “Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente” (Tito 2:11,12).

La misma gracia que nos trae la salvación es la que nos enseña a renunciar a la vida de impiedad. No podemos recibir sólo la mitad de la gracia de Dios. Si la hemos experimentado en alguna medida, hemos de experimentar no solamente el perdón de los pecados sino también liberación del dominio del pecado. Esto es lo que quiere decir Santiago en ese pasaje difícil de entender sobre la fe y las obras (Santiago 2.14-16). Sencillamente nos está diciendo que una “fe” que no produce obras — una vida santa, en otras palabras — no es una fe viva sino una fe muerta, en nada mejor que la que poseen los demonios.

El carácter de Dios exige que haya santidad en la vida del creyente. Cuando nos busca para salvarnos, nos busca también para que tengamos comunión con él y con su hijo Jesucristo (1 Juan 1:3). Pero Dios es luz; en él no hay tinieblas en absoluto (1 Juan 1:5). ¿Cómo, entonces, podemos tener comunión con él si seguimos viviendo en tinieblas?

La santidad, en consecuencia, es indispensable para la comunión con Dios.

David preguntó: “Jehová, ¿quién habitará en tu tabernáculo? ¿Quién morará en tu monte santo?” (Salmo 15:1). Equivale a decir: “Señor, ¿quién puede vivir en comunión contigo?” La respuesta que se ofrece en los cuatro versículos posteriores puede sintetizarse así: “El que vive una vida santa.”

La oración constituye una parte vital de la comunión con Dios; mas el salmista dijo: “Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no me habría escuchado” (Salmo 66:18). Inclinarse a la iniquidad equivale a desear lo malo, amar el pecado en medida tal de no estar dispuesto a abandonarlo. Sabemos que está allí, pero procuramos justificarlo de algún modo, como el chico que dice: “Y bueno, él me pegó primero.” Cuando nos aferramos a algún pecado, no estamos buscando la santidad y no podemos tener comunión con Dios.

Dios no nos exige una vida perfecta, sin pecado, para que podamos tener comunión con él, pero sí exige que tomemos en serio el asunto de la santidad, que sintamos tristeza en el corazón cuando pecamos, en lugar de tratar de justificarlo, y que sinceramente procuremos alcanzar la santidad como un modo de vida.

La santidad es necesaria también para nuestro propio bienestar. Dice la Escritura: “El Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo” (Hebreos 12:6). Esta declaración presupone la necesidad de la disciplina en nosotros, por cuanto Dios no la administra en forma caprichosa. Nos disciplina porque necesitamos ser disciplinados.

Persistir en la desobediencia equivale a aumentar la necesidad de la disciplina. Algunos de los creyentes de Corinto persistían en desobedecer, hasta el punto en que Dios tuvo que quitarles la vida (1 Corintios 11:30).

David describió así la disciplina del Señor: “Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día. Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano; se volvió mi verdor en sequedades de verano” (Salmo 32:3,4).

Cuando Dios nos habla acerca de algún pecado, es preciso que prestemos atención y adoptemos medidas.

Si dejamos de encarar la cuestión, corremos el peligro de que su mano disciplinadora se cierna sobre nosotros. Como dijo Pedro: “Conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación” (1 Pedro 1:17). Dios toma en serio la cuestión de la santidad en la vida de su pueblo, y nos disciplina con el fin de lograrla.

La santidad es necesaria también para el efectivo servicio para Dios. Pablo le escribió a Timoteo: “Si alguno se limpia de (propósitos viles), será instrumento para honra, santificado, útil al Señor, y dispuesto para toda buena obra” (2 Timoteo 2:21). La santidad y la utilidad están vinculadas entre sí. No podemos brindarle a Dios nuestro servicio en un vaso impuro. El Espíritu Santo es la persona de la Trinidad que hace que nuestro servicio sea efectivo y que nos capacita para el servicio. Notemos bien que se le llama Espíritu Santo, o Espíritu de Santidad. Cuando damos rienda suelta a la naturaleza pecaminosa y vivimos en la impiedad, alejados de la santidad, contristamos al Espíritu de Dios (Efesios 4:30), y nuestro servicio será vano. Nos estamos refiriendo a ocasiones en que nuestra vida se caracteriza por la impiedad, y no a aquellas en que cedemos a la tentación pero inmediatamente pedimos a Dios que nos perdone y nos purifique.

La santidad es también necesaria para contar con la seguridad de la salvación — no en el momento de la salvación, sino en el curso de la vida. La fe verdadera siempre se hará evidente por sus frutos. “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es” (2 Corintios 5:17). La única prueba segura que tenemos de que estamos en Cristo, es una vida santa. Juan dijo que todo el que tiene en sí la esperanza de la vida eterna se purifica a sí mismo, así como Cristo es puro (1 Juan 3:3). Pablo dijo: “Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios” (Romanos 8:14). Si no sabemos lo que es la santidad, podemos jactarnos de que somos creyentes, pero no tenemos al Espíritu Santo en nosotros. Entonces, todo el que se profesa cristiano creyente debe hacerse la siguiente pregunta: “¿Hay evidencia de santidad práctica en mi vida? ¿Busco y deseo la santidad? ¿Me entristece no lograrla y procuro insistentemente la ayuda de Dios para lograrla?”No son los que profesan conocer a Cristo los que entrarán al cielo, sino aquellos cuya vida es santa. Ni siquiera aquellos que hacen “grandes obras para Cristo” entrarán al cielo, a menos que cumplan la voluntad de Dios. Jesús dijo: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad” (Mateo 7:21-23).

LECCIÓN 3 = PREGUNTAS

LA SANTIDAD NO ES UNA OPCIÓN

1. ¿Se puede perder la salvación si no alcanzamos algún nivel de santidad?

2. ¿Qué significa que “la obediencia y la justicia de Cristo es acreditada a

nuestro favor?

3. Describe la obediencia activa y pasiva de Cristo.

4. ¿Es nuestra salvación, una salvación para ser santos? Explica.

5. ¿Cuál es la diferencia entre ser santos posicionalmente en Cristo y el

llamado a ser santos?

6. ¿En que condición se encuentra una fe que no produce una vida santa?

¿Qué dice la epístola de Santiago acerca de una fe que no produce?

7. ¿Podemos tener comunión con Dios sin procurar la santidad?

Preguntas 8-10

8. ¿Qué hace Dios con nosotros cuando no queremos vivir una vida santa?

9. ¿Es necesaria la santidad para un servicio efectivo para Dios?

10. “SED SANTOS; PORQUE YO SOY SANTO.” ¿Tenemos opción en cuanto a

buscar la santidad?

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LA SANTIDAD DE CRISTO LECCIÓN 2

Posted by OSCAR ESQUIVEL en abril 3, 2009

AL QUE NO CONOCIO PECADO,

POR NOSOTROS (DIOS) LO HIZO

PECADO, PARA QUE NOSOTROS

FUESEMOS HECHOS JUSTICIA DE

DIOS EN EL.

2 Corintios 5:21

Antes de hablar sobre la santidad en nosotros mismos, conviene que consideremos la santidad de Cristo. Esto lo necesitamos primeramente a fin de que estemos firmemente afincados en la seguridad que tenemos en Cristo. Al ir estudiando más plenamente lo que significa el “Sed santos, porque yo soy santo”, podemos ver más claramente nuestra propia pecaminosidad. Veremos la maldad y el carácter engañoso de nuestro corazón, y en qué medida erramos el blanco de la perfecta santidad de Dios. Cuando así ocurre, el creyente verdadero procurará en su corazón huir en busca de refugio en Cristo. Por ello es importante que comprendamos lo que es la justicia de Cristo, y el hecho de que su justicia nos es acreditada a nosotros.

En numerosas ocasiones las Escrituras testifican que Jesús, durante los años que estuvo en esta tierra, vivió una vida perfectamente santa. Se afirma que fue “sin pecado” (Hebreos 4:15); que “no hizo pecado” (1 Pedro 2:22); y que “no conoció pecado” (2 Corintios 5:21). El apóstol Juan afirmó que “no hay pecado en él” (1 Juan 3:5). El Antiguo Testamento lo describe proféticamente como el “justo” (Isaías 53:11), y como el que ha “amado la justicia y aborrecido la maldad” (Salmo 45:7). Estas declaraciones, tomadas de seis escritores distintos de las Escrituras, demuestran que el carácter impecable de Jesucristo constituye parte de la doctrina universal de la Biblia.

Más convincente todavía, empero, es el testimonio que de sí mismo nos ofrece el propio Jesús. En una ocasión miró directamente a los fariseos y les preguntó: “¿Quién de vosotros me redarguye de pecado?” (Juan 8:46). Como lo ha observado alguien, lo importante y significativo no es el hecho de que no pudieran contestarle, sino el hecho de que se atreviera a hacerles la pregunta. Allí vemos a Jesús enfrentando directamente a quienes lo odiaban a muerte. Acababa de decirles que ellos pertenecían a su padre el diablo, y que querían llevar a cabo los deseos del diablo.

No cabe duda alguna que si había personas que tenían razón de querer señalarle alguna falla en su carácter, o algún descuido de su parte, serían ellos. Más todavía, Jesús hizo la pregunta en presencia de sus propios discípulos, los que vivían con él en forma continua y tenían amplias oportunidades para descubrir cualquier falta de consecuencia en su proceder. Y sin embargo, Jesús se atrevió a hacer la pregunta, porque sabía que no tenía respuesta. Era sin pecado.

Pero la santidad de Jesús era más que la ausencia de pecado simplemente. Formaba parte de su perfecta conformación a la voluntad de su padre. Jesús dijo que había bajado del cielo “no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió” (Juan 6:38). En otra oportunidad dijo:

“Mi comida es que haga la voluntad del que me envió” (Juan 4:34). Quizá el testimonio más sublime de su positiva santidad fuese el siguiente: “Yo hago siempre lo que le agrada (al Padre)” (Juan 8:29).

Una declaración tan positiva tiene que incluir no solamente sus actos, sino también sus actitudes y sus motivaciones. Para nosotros es posible cumplir una acción buena por motivos malos, pero esto no agrada a Dios. La santidad es algo más que la realización de actos. Los motivos tienen que ser santos, es decir, tienen que surgir de un deseo de hacer algo, simplemente porque esa es la voluntad de Dios. Nuestros pensamientos tienen que ser santos, porque le son conocidos a Dios, incluso antes de que se formen en nuestra mente. Jesucristo cumplió cabalmente estos requisitos, y lo hizo por nosotros. Nació en este mundo sujeto a la ley de Dios a fin de que pudiese cumplirla por nosotros y para nuestro beneficio (Gálatas 4:4,5).

Cuando contemplamos bien seriamente la santidad de Dios, la reacción natural es la de exclamar juntamente con Isaías: “¡Ay de mí! Que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos” (Isaías 6:5).

Un análisis serio de la santidad de Dios — de su propia perfección moral y de su infinito aborrecimiento del pecado — nos hará ver con gran desaliento como en el caso de Isaías, nuestra propia falta de santidad. Su pureza moral sirve para magnificar nuestra impureza.

Por lo tanto, es importante que se nos dé la misma seguridad que se le dio a Isaías: “He aquí que. . . es quitada tu culpa, y limpio tu pecado” (Isaías 6:7). No es solamente en el momento de la salvación que necesitamos seguridad.

En realidad, cuanto más avanzamos en el camino de la santidad, tanto más necesitamos la certidumbre de que la justicia perfecta de Cristo nos es acreditada a nosotros. Esto es así, porque parte del crecimiento en la santidad es el hecho de que el Espíritu Santo nos hace conscientes de que necesitamos la santidad. Cuando nos damos cuenta de dicha necesidad, nos conviene tener presente la justicia de Cristo Jesús a nuestro favor, y el hecho de que “Al que no conoció pecado, por nosotros (Dios) lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Corintios 5:21).

La doctrina de nuestra aceptación por Dios en mérito a la justicia de Cristo, puede parecer tan elemental que le resulte extraño al lector que se le dé tanta importancia aquí. La razón es que es necesario que la consideremos debidamente, a fin de frustrar los ataques de Satanás. El Espíritu Santo nos hace más conscientes de nuestra falta de santidad, para estimularnos a que la anhelemos más profundamente y que procuremos alcanzarla más intensamente. Pero Satanás ha de procurar utilizar la obra del Espíritu Santo para desalentarnos.

Uno de los ataques de Satanás consiste en tratar de convencernos de que en realidad no somos creyentes genuinos, después de todo. Nos puede insinuar algo así: “El creyente verdadero no piensa las cosas malas que tú has estado pensando hoy.” Ahora bien, puede ser que seis meses atrás Satanás no nos habría atacado con una sugerencia de ese tipo, simplemente porque entonces la cuestión de nuestros pensamientos no nos molestaba. Pero ahora que el Espíritu Santo ha comenzado a revelarnos lo pecaminosos que son realmente nuestros pensamientos lujuriosos y nuestros resentimientos y manifestaciones de orgullo, es posible que comencemos a tener dudas en cuanto a nuestra salvación.

Hace ya algunos años, Dios me estaba sometiendo a ciertas profundas luchas interiores, con el fin de demostrarme algo de la pecaminosidad de mi corazón. En esa época yo dirigía un estudio bíblico semanal en la base militar, a una hora de distancia por automóvil del lugar donde vivía. Todos los lunes por la noche cuando me retiraba de ese grupo de estudio bíblico y emprendía el solitario camino de regreso a casa, Satanás comenzaba a atacarme: “¿Cómo puede considerarse creyente una persona que tiene las luchas que tienes tú?” me insinuaba. Comencé a hacerle la guerra echando mano a un viejo himno evangelístico que comienza así:

“Tal como soy, sin otra defensa que la de que tu sangre fue vertida por mi, y que tú mandas que acuda a ti;

Oh Cordero de Dios, acudo a ti.”

Solía cantar este himno desde el comienzo hasta el fin, y para cuando llegaba al final, ya estaba alabando a Dios por la salvación que me había dado gratuitamente mediante Cristo Jesús.

También, si busca diligentemente la santidad, tendrá que huir con frecuencia hacia la Roca de su salvación. Huimos hacia allá, no para volver a ser salvos, sino para confirmar a nuestro propio corazón que hemos sido salvados por su justicia únicamente. Comenzamos a identificarnos con Pablo cuando dijo: “Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero” (1 Timoteo 1:15). Es en este momento que la vida santa de Cristo, vivida a favor de nosotros, se nos hace importante.

Una segunda razón de que tengamos que considerar la santidad de Cristo, es que su vida tiene por objeto ser ejemplo de santidad para nosotros. Pedro nos ha dicho que Cristo nos dejó su ejemplo para que sigamos sus pisadas (1 Pedro 2:21). Pedro hablaba particularmente del sufrimiento de Cristo sin ánimo de desquite, pero en el versículo siguiente dijo también que Cristo no cometió pecado alguno. Pablo nos insta a ser imitadores de Dios (Efesios 5:1), y también dijo: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo” (1 Corintios 11:1).

Se desprende evidentemente que la vida santa, sin pecado, de Jesucristo tiene como fin servirnos de ejemplo. Consideremos a continuación la siguiente declaración: “Yo hago siempre lo que le agrada (al Padre).”

¿Nos atreveríamos a tomar esas palabras como meta para nuestra vida personal?

¿Estamos realmente dispuestos a analizar minuciosamente todas nuestras actividades, todas nuestras metas y planes y todos nuestros actos impulsivos, a la luz de la siguiente afirmación: “Hago esto para agradar a Dios”?

Si nos hacemos esta última pregunta honestamente, comenzaremos a avergonzarnos en alguna medida. Sabemos muy bien que hacemos algunas cosas, buenas en sí mismas, para granjearnos la admiración de otros antes que para darle gloria a Dios. Otras cosas las hacemos estrictamente para nuestro propio placer, sin tomar en consideración la gloria de Dios para nada.

¿Cuál es mi reacción cuando alguien del barrio molesta a mi hijio/a?

Generalmente mi reacción inicial proviene de un espíritu de venganza, hasta que el Espíritu Santo me recuerda el ejemplo de Jesús.

¿Cuál es nuestra actitud ante los que no nos muestran ningún amor?

¿Los vemos como a personas por las cuales murió Cristo, o como a personas que nos hacen difícil la vida?

Recuerdo una entrevista comercial desagradable que tuve una vez con una persona, que luego se hizo creyente a raíz del testimonio de un tercero. Cuando me enteré de esto, me sentí sumamente mortificado al darme cuenta de que ni una sola vez había pensado en esa persona como en alguien por el cual Cristo había muerto en la cruz, sino sólo como en alguien con el cual había tenido una entrevista desagradable. Tenemos que aprender a seguir el ejemplo de Cristo, que fue movido a compasión por los pecadores, y que podía orar por ellos incluso cuando lo estaban clavando a la cruz en el Calvario.

En las palabras del teólogo escocés del siglo diecinueve, John Brown: “La santidad no consiste en especulaciones místicas, fervores fanáticos, ni durezas no impuestas; consiste en pensar como piensa Dios y en desear lo que desea Dios.” La santidad tampoco significa, como se cree con tanta frecuencia, la adhesión a una lista de cosas que se deben hacer y de cosas que no se deben hacer, mayormente de cosas que no se deben hacer. Cuando Cristo vino al mundo, dijo: “He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad” (Hebreos 10:7). Este es el ejemplo que tenemos que seguir. En todo lo que pensamos, en todo lo que hacemos, en todas las facetas de nuestro carácter, el principio rector que nos mueve y nos guía ha de ser el deseo de seguir a Cristo en el cumplimiento de la voluntad del Padre. Esta es la elevada senda que debemos seguir en la búsqueda de la santidad.


LECCIÓN 2 = PREGUNTAS

LA SANTIDAD DE CRISTO

1. ¿Qué podemos hacer para ver claramente nuestra pecaminosidad?

2. ¿Por qué es necesario comprender lo que es la justicia de Cristo y el hecho de que su justicia es acreditada a nosotros?

3. ¿Por qué odiaban los fariseos a Jesús?

4. ¿Qué testimonio dan Pedro, Juan y Pablo en sus epístolas acerca de la santidad de Cristo? Anota por lo menos 5 versículos.

5. ¿Quién es el que nos hace sentir la necesidad de la santidad? ¿Y de

que manera lo hace?

6. ¿Qué ataques usa Satanás para desanimarnos en nuestra búsqueda de la santidad?

7. Explica una razón de ¿Por qué debemos considerar la santidad de

Cristo?

8. ¿Qué implica esta declaración que hizo Jesús? “Yo hago siempre lo que le agrada (al Padre).” ¿Implica actos externos, actos internos o ambos? Explica.

9. ¿Quién es nuestro ejemplo a seguir en nuestra búsqueda de la santidad?

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